Grupo de Estudios Estratégicos RSS
Portada > Colaboraciones > ¿Es Irak la ruina de Estados Unidos en realidad?





Buscar artículos publicados por el GEES
Buscar BuscarEspanol - Ingles
¿Es Irak la ruina de Estados Unidos en realidad?
Colaboraciones nº 1552   |  13 de Marzo de 2007
 

(Publicado en The Australian Financial Review, 21 de enero de 2007)

Escribir sobre la decadencia de Occidente – y especialmente de Estados Unidos – ha sido juego de salón desde el tiempo de los fatalistas Oswald Spengler y Arnold Toynbee hasta el pesimismo de Paul Kennedy sobre los años 80. Ahora la más reciente serie de epitafios se centra en la experiencia anglo-americana en Irak que pronto acabará, según se vaticina, en derrota y será una pérdida global de prestigio americano en detrimento de Occidente en general. 
 
Los extremistas en Oriente Próximo –Hamás, Hizbolá y sus patrocinadores iraníes y sirios – supuestamente se sienten facultados mientras los vecinos islamistas iraquíes sujetan al Gulliver americano. La democracia, según nos sermonean izquierdistas, realistas y aislacionistas por igual, no funcionará en el mundo musulmán. Más bien, las elecciones sólo dan un barniz de legitimidad a terroristas y yihadistas de “un voto/una vez” como los chiítas iraquíes y Hamás.
 
Mientras tanto, China sigue adelante alegremente, amontonando dólares americanos al mismo tiempo que va pescando contratos petroleros en Oriente Próximo. Otros petrócratas – sea Vladimir Putin o Hugo Chávez – gamberrean con toda impunidad. Y parecen ganarse el pase libre de manos de un Estados Unidos distraído que no tiene una política energética distinta a la de endeudarse profusamente para alimentar sus Hummer y Chevy Tahoe.
 
Corea del Norte e Irán bien podrían convertirse en potencias nucleares. Con Estados Unidos enredado en Oriente Próximo, cualquiera de los dos podría usar sus aterradoras armas contra Japón o Israel, o quizá forzar a que las naciones decentes de la zona se conviertan en nucleares para salvaguardar la disuasión regional. De cualquiera de las formas, Estados Unidos ya no tiene los recursos o la voluntad de poner de vuelta en la botella a tales genios atómicos.
 
Las fuerzas militares americanas están más allá de sus límites y se dice que están exhaustas después de fracasar en detener la sangría resurgente no sólo en Irak sino también en Afganistán. Un debilitado George W. Bush se acerca a los demócratas en casa y a los europeos en el exterior pero es en vano. Ambos parecen estar diciendo que sus estridentes llamamientos de antes a favor del bipartidismo y del multilateralismo eran pertinentes solamente con un presidente fuerte, no con un pato cojo.
 
Y sin embargo, la mayor parte de todo este poco prometedor panorama es impulsado por los medios de comunicación y refleja poca similaridad con la realidad. Aunque es cierto que las élites visibles de Occidente, o sea Hollywood y las universidades, han proclamado que Irak es otro Vietnam y precursor de una necesaria caída global por venir, pocos en el Pentágono, Wall Street o Silicon Valley parecen estar muy preocupados: La modernización militar y disponibilidad, las acciones en bolsa por los cielos y las nuevas tecnologías parecen ajenos a la lucha en Irak. El pueblo americano está tan en contra de la guerra como alguna vez estuvo a favor cuando se derribó la estatua de Saddam Hussein. Pero su actual incomodidad es mayormente porque siente cada vez más que los sectarios y fanáticos en Irak simplemente no merecen que se derrame una sola gota más de sangre americana, y no porque Estados Unidos no pueda ganar si aplicase al máximo todo su poder armado.
 
Sin embargo, Irak, que acaba de juzgar, sentenciar y ejecutar a Saddam Hussein, difícilmente es una batalla perdida. Si sumamos todas las bajas americanas en Afganistán e Irak desde el 11-S, hemos perdido unos 50 soldados al mes, menos del 1% de las bajas durante la Segunda Guerra Mundial.
 
Discutimos sobre si Irak está en una guerra civil, pero no hay una oposición unificada con una agenda cohesionadora que comande fuerzas para derrocar a un gobierno electo. Ya nadie va gritando “¡Sangre por petróleo, no!” ni va hablando de las conspiraciones de Halliburton, sólo hay asombro ante la terquedad de George Bush de quedarse hasta que se estabilice un gobierno viable.
 
Hace 5 años, pocos sabían o a pocos les importaba la adquisición nuclear en marcha de Irán. Hoy está condenado al ostracismo y su desquiciado presidente va camino de convertir esta teocracia en paria internacional. Sí hay la violencia de siempre en Cisjordania pero ahora Hamás y al Fatah se pelean entre ellos tanto como Israel. Pakistán ya no vende tecnología nuclear y Libia ha abandonado sus armas de destrucción masiva. En las cafeterías árabes ahora se habla de la ingenuidad americana y no de su maquiavelismo, mientras ha surgido una cierta claridad moral que responsabiliza a la gente misma de Oriente Próximo de aguantar o callarse y mejor olvidarse de sus cansadas soflamas por la previa ausencia de apoyo occidental a sus aspiraciones democráticas.
 
Las matanzas de chiítas y sunníes en Irak, el genocidio de Darfur, la guerra entre Somalia y Etiopía, todo eso nos recuerda que el tribalismo, la intolerancia religiosa y la autocracia – y no Estados Unidos – son la fuente de esa espantosa violencia y un fenómeno mayormente natural del lugar. Dejar que suceda – tal como hicimos cuando Saddam masacraba decenas de miles, Hafez Assad arrasó  Hama, o un millón murió en la frontera iraní-iraquí – nos hace acreedores al cargo de indiferencia criminal tanto como nuestra actual intervención para que nazca la democracia nos asegura el oprobio como ingenuos o imperialistas.
 
En el resto, nada ha cambiado mucho. La economía americana está en transformación pero en auge y sigue siendo 3 veces más grande que la de nuestro más cercano competidor, Japón. El mes pasado, los ingresos de la renta federal alcanzaron su nivel más alto mientras que las tasas de interés, de paro e inflación alcanzaron su más bajo nivel histórico. La globalización continúa imparable – sinónimo de occidentalización y en particular de americanización. China tendrá pronto su duro rendezvous con el ecologismo, el sindicalismo, el malestar de los que viven a las afueras de las ciudades y la mayoría de los otros trastornos por los que Occidente pasó hace tiempo ya desde los comienzos de la industrialización en el siglo XIX.
 
Sin embargo, lo que sí está cambiando no es la influencia y el poder de Estados Unidos sino la percepción provocada por la propia insatisfacción de Estados Unidos debido a su incapacidad de establecer una democracia de forma rápida en el corazón del antiguo califato después de una victoria en 3 semanas sobre Saddam Hussein. Nuestras proezas tecnológicas y vertiginosa riqueza han dejado al público occidental con expectativas de resultados instantáneos. En tiempos de guerra – después de Panamá, Bosnia y Kosovo – eso significa victoria sin bajas; en tiempos de paz, la absurda noción de que si no ejecutamos todo a la perfección, nuestra intención no es buena.
 
Europa – con su pregonada constitución en peligro, crecimiento económico estancado, minorías sin asimilar, parálisis demográfica y ejércitos endebles – anda con pies de plomo. La idea de que los americanos puedan pensar que Europa está en problemas alegra a muchos. Pero en privado temen aún más que Estados Unidos haga justamente lo que los intelectuales del continente sueñan: que Estados Unidos se retire del escenario mundial. Eso significaría que los europeos pacifistas tendrían que confiar en sus principios utópicos para intentar dialogar con una Rusia energéticamente rica, un Irán nuclear y regímenes radicales islamistas o autocráticos a lo largo del Mediterráneo y en el muy vecino Oriente Próximo.
 
Por tanto, hay verdadero peligro si se da un mal resultado en Irak. Pero no es que Estados Unidos deba hacer las maletas como admisión de sus nuevas limitaciones. Más bien el caos diario y la crítica que lo acompaña han cansado a los americanos hasta el punto de que la idea de dejar solo al mundo y aislarnos  parece algo tan atractivo y libre de remordimientos como nunca antes.


 

 
 
Victor Davis Hanson es historiador militar y ensayista político. Actualmente es miembro permanente de la Hoover Institution tras haber impartido clases en la California State University desde 1984 al frente de su propio programa de cultura clásica. Entre otros medios, sus artículos aparecen en The Washington Post, The Washington Times, Frontpage Magazine, National Review Online, Time o JWR.
 
 
Ó 2007, Victor Davis Hanson
Ó 2007, Traducido por Miryam Lindberg


© 2003-2008 GEES - Grupo de Estudios Estratégicos
Aviso legal | Mapa Web | Lista de correo | Contactar