(Publicado en Expansión, 8 de marzo de 2007)
El socialismo real, esto es, el existente entre nosotros, es una traición al socialismo ideal, es decir, el que solo vive en la mente de algunos fieles. Rodríguez Zapatero no es una excepción.
La última oportunidad para comprobarlo se ha orquestado tras la cumbre con nuestro vecino del Sur donde, a cambio de haber sido finalmente recibido por el monarca después de sucesivos e infructuosos intentos por parte de la Moncloa y nuestra diplomacia al fiel servicio de ésta, el presidente español ha renegado de las exigencias de la ONU, así como de la postura tradicional de su partido y la izquierda española en general de apoyo a la causa del pueblo saharaui.
Zapatero ha comprado –o se ha vendido, los historiadores dirán- el plan de Rabat de anexión encubierta del Sáhara traicionando cuanto gobierno español de la democracia ha sostenido en estos años.
La izquierda, dicha siempre internacionalista, ha encontrado en Rodríguez Zapatero su peculiar anticristo, alguien que de lo internacional está dispuesto siempre a desprenderse, alguien que por nacionalista prefiere los microestados. La izquierda siempre ha sido estatista en su peor sentido, primar el poder del estado sobre todas las cosas y personas. El socialismo de Rodríguez Zapatero vacía de contenidos al Estado español, hasta volverlo anoréxico como hoy lo tenemos. Y alimenta estados enanos, ridículos, del todo inapropiados para lidiar con los retos de un mundo global aunque suficientes para servir de acicate al folclore local. La izquierda clásica nunca ha sido humanista, puesto que primaba al grupo (o la clase) sobre el individuo, la acción colectiva a la libertad individual.
Pues bien, este socialismo zapateril desdibuja el bien común y justifica el oprobio de la excarcelación de De Juana Chaos con una cuestión de humanidad.
Lo que no ha perdido el socialismo real son los peores trazos de su tradición. A saber, una concepción de la política como una guerra donde cualquier crítica u oposición se ve como el enemigo a batir y a eliminar; los instintos totalitarios cuando la población a la que dicen deberse no sirve a sus intereses directos y sobre la que se decide y a la que se escamotea; las intrigas intervencionistas, de lo judicial a lo económico (Endesa de por medio); la demagogia y la obsesión por controlar los medios de comunicación y hacer valer su verdad.
La izquierda que denunciaba el pensamiento único ha engendrado unos personajes que sólo aspiran a imponer su pensamiento, reescribiendo la Historia y haciendo pasar sus obsesiones particulares como memoria histórica. Y lo quieren hacer de tal forma, excluyendo, silenciando, denigrando, que, en realidad, al final, lo que queda es un pensamiento único, solo que su pensamiento único. Con todo, lo malo no es que el gobierno de Rodríguez Zapatero dañe la imagen que del socialismo guardan muchos socialistas, es que daña a todos, socialistas o no.
Como siempre, el socialismo real es, al final, gobernar contra el pueblo. De eso tampoco se ha escapado Rodríguez Zapatero.