(Publicado en ABC, 2 de marzo de 2007)
Una cosa es reconocer el papel que los vecinos de Irak juegan en los problemas de ese país y otra muy diferente sentarse con ellos para intentar solucionarlos. Entre otra serie de cosas porque precisamente algunos de esos vecinos, como Siria y muy particularmente Irán, son la causa de gran parte de la violencia terrorista y sectaria que azota a los iraquíes.
Si Irán acude a la conferencia regional de Bagdad y los Estados Unidos se sientan con sus representantes, Condoleezza Rice estará cometiendo un gravísimo error. Cierto, como se argumenta desde el Departamento de Estado, se hablará con los iraníes en un marco multilateral y sólo para conseguir una contribución positiva de ellos. No habrá más diplomacia que esa. Pero no es toda la verdad.
En primer lugar, los iraníes, diplomáticamente hablando, no son de fiar. No se trata ya de sus engaños nucleares, sino de las mentiras que han ido sembrando sobre su papel en Afganistán, cada día más claro y negativo. Por no traer a colación su reiterada falta de respeto a la legalidad internacional, desde el asalto a la embajada americana en 1979, o la condena a muerte del escritor británico Salman Rushdie. Han prometido una y otra vez ayudar en Afganistán para, de hecho, hacer todo lo contrario. Lo que digan ahora en Bagdad poco va a modificar su comportamiento hacia Irak donde, para sembrar el caos, han estado armando tanto a sunnís como a shiís.
Es más, aceptando hablar con Irán Estados Unidos está legitimando de hecho al régimen de los ayatolas justo en un momento en el que habría que avanzar en dirección contraria, en su aislamiento internacional. Si Ahmadinejad envía a sus representantes a Bagdad, se creerá fortalecido en todos los ámbitos y verá a América como una nación desesperada y rendida a sus designios. Si no acude, será por su orgullo victorioso. No se debía invitar a la mesa negociadora a quien crea problemas. Y menos sentarse junto a él. Eso sólo puede traer más complicaciones.