(Publicado en La Razón, 27 de febrero de 2007)
El calentamiento global lleva viniendo desde hace más de un par de décadas, aunque en aquellos comienzos el coco era todavía el invierno nuclear. Unas veces nos lo fían demasiado largo y otras nos lo ponen a la vuelta de la esquina. En la primera categoría, el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de Naciones Unidas. En la segunda, Albert Gore y su terrorífico documental «Una verdad incómoda», científico para los creyentes, de ciencia ficción para los agnósticos.
Con todo, el nuevo informe de Naciones Unidas, del que sólo tenemos un anticipo al parecer considerablemente sensacionalista, como es de rigor con el tema, rebaja predicciones alarmistas de trabajos anteriores. Prevé una subida del nivel de los mares para el 2100 entre 20 y 43 cm. El ex vicepresidente americano trata de aterrorizarnos con una predicción de 6 m, 30 veces el tope mínimo del Panel, que es más probable que el máximo y aún podría ser rebajado.
Estos sustos parecen ser cíclicos. Van y vienen pero siempre hay alguno rondando. Parecen desempeñar algunas de las funciones sociales de los viejos milenarismos. Hace unos años era la «lluvia ácida» que estaba pelando nuestros bosques. Luego el «agujero de ozono» sobre la Antártida. Hay otros muchos pero el calentamiento global los supera a todos en deslumbramiento científico para profanos y ha arrumbado a los precedentes.
Para quien no es un hombre de ciencia y contempla la refriega de los sabios desde la barrera de la divulgación que los más prestigiosos contendientes llevan a cabo, las cosas están más o menos así: parece claro que la tierra se calienta muy lentamente desde hace más de un siglo, pero no de manera uniforme en el tiempo y no tenemos ni idea si el proceso será o no reversible, aunque en términos geológicos no hay mal que un millón de años dure, lo cual es de poco consuelo. Ese calentamiento ha sido entre 0,7 y 1 grado centígrado a lo largo de todo el siglo XX, entre 1 y 1,4 desde 1850. El clima evoluciona siempre, como el universo entero y todas sus partes, y sin acción humana ha habido muchas épocas mucho más frías. Unos años fresquitos en los setenta del pasado siglo dieron pábulo a una pequeña histeria sobre una «nueva edad de los hielos».
Probablemente la acción humana tiene algo que ver con ese calentamiento, sobre todo por la quema de combustibles fósiles que producen gases con efecto invernadero. Los expertos discuten apasionadamente sobre la magnitud de ese papel y el alcance de esa probabilidad. En todo caso el principal factor del cambio climático es la actividad solar, también en continua variación, y es muy posible que siga siendo el responsable número uno del suave calentamiento que padecemos/disfrutamos.
Sobre los hechos climáticos y la interpretación de sus causas no sólo hay debate sino también manipulación por toneladas. El asunto se ha ideologizado de tal forma que las izquierdas han tendido a convertirlo en uno de los dogmas de su doctrina, la cual ha colonizado igualmente a una mayoría en la derecha. Repugna que tan preciosa verdad sea discutida y ya se defiende con métodos intimidatorios, comparando, por ejemplo, el escepticismo climático con la negación del holocausto, como si el vaya Ud. a saber fuera lo mismo que el palmario rechazo del reciente y abrumador pasado. No son pocos los investigadores para quienes la difusión de la doctrina y el afianzamiento de las creencias son más importantes que la fijación de los hechos y la demostración de las teorías. Uno de los más eminentes decía en publicación erudita que sus colegas deberían buscar el equilibrio correcto entre «ser efectivos y ser honestos». Efectivos asustando, claro está. Es fácil imaginarse de qué lado escora este funámbulo atmosférico. El volumen que ha desarrollado el asunto es tal que ha puesto en juego enormes intereses. Para los científicos, cuantiosas ayudas a la investigación. Para muchas industrias y un amplio surtido de negocios varios, cifras multimillonarias en subvenciones para el descontaminador que mejor descontaminare. En la vida política se trata de poderosos mitos, tabúes y vetos que a unos benefician y a otros paralizan.
Lo que está fuera de toda duda es que las medidas que podrían tener una incidencia apreciable en las emisiones de gases sospechosos tendrían que ser de tal envergadura que no podría evitarse que sus consecuencias económicas fueran absolutamente catastróficas y que por tanto ninguna sociedad las asumirá y ninguna autoridad las promoverá. Hay otras razones mucho más urgentes para llevarlas a cabo de manera más selectiva y con mejores resultados parciales, como la incidencia de la polución sobre la salud de los moradores de las ciudades. Pero Kioto es irrelevante. El coste es descomunal y las consecuencias insignificantes. No es de extrañar que nadie lo aplique, hipocresías aparte. Cumplido al pie de la letra reduciría el calentamiento global en 0’07 grados en medio siglo. La única solución sería volver al nivel de población y tecnología anterior a la revolución industrial y sus consecuencias demográficas: a mediados del siglo XVIII y con unos 500 millones de habitantes.
Así las cosas parece que respecto a causas, efectos y remedios lo prudente es ni creer ni dejar de hacerlo. Puesto que lo más probable es que quién sabe, no lo dude: ¡dude!