Las jornadas de ayer y antes de ayer han estado dedicadas a personajes marginales de la trama a los que tan sólo se les acusa de integración en organización terrorista. Se trata de Fuad el Morabit, Almallah Dabas, Otmanel Gnaoui, Rachid Aglif, Abdelilah el Fadual el Akil, Saed el Harrak, Mohammed Larbi ben Sellam y Hamid Ahmidan. El único de este grupo que falta por declarar es Mohamed Bouharrat cuyo turno ha sido saltado por hallarse su letrada de baja. Si ésta se hubiera recuperado para entonces, la sesión del lunes por la mañana se abrirá con su declaración.
Estos dos días de juicio han sido bastante anodinos por varias razones: los acusados se han limitado a negar todos los cargos sin aportar datos verdaderamente significativos ni incurrir en contradicciones que pudieran arrojar luz sobre lo sucedido. Aunque existen pruebas contra ellos (una huella dactilar en un Corán hallado en el piso de Leganés, el testamento de Kounjaa, uno de los suicidas de Leganés, encontrado entre los enseres de Saed el Harrak, llamadas telefónicas con los suicidas, trabajos en la finca de Morata, trabajo de escolta a la caravana que trajo los explosivos desde Asturias, posesión de vídeos religiosos y de incitación a la yihad, etc.), ninguna parece suficientemente concluyente.
Con independencia de que se les consiga probar o no la integración en organización terrorista, sus declaraciones y contradicciones tienen, a la espera del momento en que empiecen a practicarse pruebas, poco interés par el fin primordial de esta serie de seguimiento del juicio del 11-M que está realizando GEES: ver si el juicio permite determinar quién ordenó aquel ataque.
Sin embargo, interesa destacar algunas impresiones que puede sacar el observador atento. Con independencia de lo que dijeran durante la instrucción, todos transmiten la impresión de estar mintiendo. Esto no les convierte automáticamente en culpables, pero incrementa la importancia de las pruebas. La mayoría de ellos, apenas parecen capaces de poder cumplir instrucciones muy sencillas, y parece difícil que pudieran hacerlo bajo presión. No obstante, hay excepciones. El Morabit es un tipo de una inteligencia superior a todos los que hasta ahora se han sentado en el banquillo, incluido el Egipcio. Esto no quiere decir que fuera el cerebro de la banda ni nada parecido, pero hay que destacar que es el único que ha aparentado tener la inteligencia suficiente para organizar un atentado de estas características. Almallah Dabas parece también un tipo de cierta capacidad, pero la sensación que produce es la de ser una persona más inclinada a aprovechar las oportunidades que cualquier situación, legal o ilegal, pueda ofrecerle de hacer negocio, que la de ser un fanático religioso. Finalmente, Mohamed Larbi es el único que da la impresión de tener los redaños suficientes para actuar con relativa frialdad en situaciones límite. Naturalmente, todo esto son impresiones y carecen de valor en un juicio. Sin embargo, debe destacarse porque muchos de los ciudadanos que lo siguen tienen la sensación de que estos tipos no pueden haber sido capaces de hacer un atentado como el del 11-M. Es una impresión razonable, a la vista de cómo se han desarrollado hasta ahora los interrogatorios, pero deben tenerse en cuenta los matices apuntados.
Por último, debe recordarse que, como
desde aquí se anunció, el día 20, el Tribunal Supremo desestimó el recurso interpuesto contra el nombramiento de Gómez Bermúdez como Presidente de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional poniendo fin al acoso que ha sufrido la elección que de él hizo el Consejo General del Poder Judicial. Por lo que llevamos de juicio, no puede decirse otra cosa que no sea que tal elección fue sumamente acertada.
Este es el magro balance de estas dos últimas larguísimas jornadas que ponen fin al juicio por esta semana. Durante la que viene, empezarán a declarar los acusados integrantes de la llamada trama asturiana, la que suministró los explosivos. Estas sesiones prometen ser mucho más interesantes.