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La izquierda española, el pluralismo y la cristofobia
Análisis nº 172   |  22 de Febrero de 2007
 
¿Difunde menos odio Carles Francino que César Vidal? ¿Son más democráticos los comentarios de Uxúe Barkos o Santiago Carrillo en la Cadena SER que los de Luis Herrero en COPE? ¿Bajo qué criterio? En nombre de sus ideologías, nacionalistas y neobolcheviques acusan a “la radio de los obispos” de sembrar odio, y a base de repetir el dogma mediático, amenazan con extender la metástasis a la derecha y a la propia Iglesia. Pero ni una ni otra pueden hacer nada para remediar la crispación; es su mera presencia la que molesta.
 
Joseph Weiler y las ocho dimensiones de la cristofobia
 
A Joseph Weiler, profesor titular de la cátedra de la Unión Europea Jean Monnet en la Universidad de Nueva York, debemos la identificación de los factores de lo que se viene a llamar cristofobia europea de nuestro tiempo. Recogidas en el libro “Política sin Dios. Europa y América, el cubo y la Catedral”, de George Weigel, las tesis de Weiler constituyen las conocidas Ocho dimensiones de la cristofobia.
 
El primer componente de la nueva cristofobia identificado por Weiler remite al Holocausto, al nacionalsocialismo y a la condena de la Iglesia católica por connivencia con el genocidio. Así lo hacía el historiador Jonah Goldhagen, desde las páginas de El País (8-6-2006) cuando exigía a Benedicto XVI la necesidad de reconocer su papel en la propagación del antisemitismo y la persecución de los judíos; que muchos católicos, empujados por ese antisemitismo de la Iglesia, intervinieron en la persecución y matanza de los judíos. El historiador americano, celebrado con entusiasmo en las páginas de El Mundo y El País, escribía en 2002 en The New Republic; la responsabilidad principal en la producción de este odio tan generalizado en Occidente en todas las épocas le corresponde al cristianismo. Más específicamente, a la Iglesia católica”.
 
El segundo componente, de acuerdo a Weiler, es la “mentalidad de 1968” instalada hoy en medios de comunicación, universidades y parlamentos, y que supone el rechazo a cualquier autoridad política, moral e intelectual. Hoy, casi cuarenta años después, en una Europa que rechaza la autoridad y la tradición, no hay espacio para el cristianismo, que tiene en ambas dimensiones una función esencial. Tampoco para el esfuerzo y el recogimiento intelectual; En la escuela, más fútbol y menos religión (Rodríguez Zapatero) es la consigna de la España y de la Europa del siglo XXI. La Educación para la ciudadanía es, de hecho, la negación de cualquier  tradición y autoridad no surgida de los herederos descafeinados de Marx, Sastre o  Marcase.
 
El tercer elemento señalado por Weiler remite a los propios pecados de la izquierda. En 1989, medio mundo se libró del yugo totalitario soviético; en occidente, derecha e izquierda iniciaron una orgía democrática de la que sólo despertó el 11-S. Lo cierto es que el cataclismo del paraíso socialista fue debido en buena medida a la inspiración cristiana; Solidaridad fue el sindicato revolucionario con el que la izquierda siempre ha soñado; pero seguía a la cruz en vez de a la hoz y el martillo. El cristianismo fue el culpable de que el mito socialista se rompiera en mil pedazos; la revolución de 1989 presentó a los cristianos en el lado de la libertad, y a la izquierda europea justificando lo injustificable. Un pecado ideológico imperdonable, cuando en la España de hoy, el progresismo habla de la generosidad de la izquierda y los crímenes de la Iglesia.

En cuarto lugar, Weiler habla del impacto de la quiebra del papel de los partidos cristianodemócratas tras la II Guerra Mundial. Con los partidos abiertamente cristianos en retroceso continuo, sería cuestión de tiempo que la inspiración cristiana del proyecto europeo fuese negada por la izquierda y se atenuara en la derecha hasta convertirse en una herencia molesta y desagradable; la aceptación entusiasta por parte del Partido Popular de un Tratado Constitucional Europeo que dejaba deliberadamente el cristianismo fuera de sus reivindicaciones históricas dio la razón a Weiler.
 
En quinto lugar, Weiler identifica una causa estrictamente ideológica; la reducción de todas las categorías políticas, culturales y sociales al binomio derecha-izquierda. Identificación estrictamente revolucionaria, que encasilló a la Iglesia en el campo de la derecha; fundamentalista, antidemocrática, antiilustrada. A partir de entonces, la Iglesia no podría escapar a los imperativos de la política, situada además desde el lado equivocado. Del diagnóstico de Weiler se desprende además una consecuencia de capital importancia en la España actual; la Iglesia será politizada una y otra vez aunque ella no lo pretenda, porque el progresismo ya la ha convertido en uno de sus enemigos.
 
En sexto lugar, afirma Weiler, la nueva cristofobia parte de la figura de Juan Pablo II; el laicismo como dogma no podría perdonar que se le convirtiera en referente moral e intelectual europeo del siglo XXI. La defensa que Woytila hizo de la democracia parlamentaria como único régimen medianamente decente le hizo chocar con la teología de la liberación y con los intelectuales que, desde Europa, brindaban con champán mientras en Iberoamérica millones de personas padecían la miseria en nombre del socialismo real.
 
Juan Pablo II rompió el discurso de la izquierda aburguesada y aún aristocrática; exigió democracia donde no la había, exigió libertad de culto para todos y se acercó a todas las religiones con un espíritu de diálogo que algunos creen aún patrimonio suyo. A los ojos de la progresía reinante, Juan Pablo II cometió un pecado imperdonable; se convirtió en una figura netamente moderna, partidario de dos realidades netamente humanas y secuestradas por la Ideología; la libertad y la razón humanas. Incluso arrebató una parte del pacifismo al belicismo pacifista del progresismo, que convirtió Irak en casus belli contra la derecha.
 
En séptimo lugar, Weiler señala el dogma ilustrado de la identificación moderna entre ilustración, racionalidad y democracia en oposición a cristianismo, irracionalidad y teocracia; el cristianismo queda presentado así como una reliquia del pasado, herencia de tiempos oscuros, antiguos y salvajes; históricamente, democracia y cristianismo quedaban así eternamente enfrentados.
 
En octavo lugar, Weiler señala un hecho de apariencia banal pero de una enorme importancia; ante el asombro del laicismo, los hijos de los sesentayochistas se acercan al cristianismo alejándose de sus padres. El rebrote religioso de parte de la juventud europea trastoca los planes de los ingenieros de almas, aquellos que se han investido a sí mismos de la facultad de decir qué está bien y qué mal. Los ingenieros de almas, españoles y europeos, observan entre asombrados e indignados cómo los hijos de Europa observan con agrado a dos pontífices, Juan Pablo II y Benedicto XVI, convertidos en misioneros con la sola luz de la razón y el diálogo; ante ellos, islamistas y progresistas oponen dogmas ideológicos y fundamentalistas.
 
Cristofobia en España
 
Ocho son los hechos que muestran, para Weiler, la cristofobia europea: Se acusa a la Iglesia de cómplice del genocidio; se rechaza cualquier atisbo de autoridad extrapolítica; no se perdona al cristianismo su papel en el derrumbe del muro; el componente cristiano en los partidos políticos ha desaparecido; la Iglesia ha sido encasillada como extrema derecha; y se persigue con saña la memoria de Juan Pablo II y Benedicto XVI ante el éxito de sus iniciativas. Weiler está escribiendo sobre Europa; el catedrático clamó durante tiempo contra la redacción del Tratado Constitucional europeo y su olvido de la tradición cristiana; ¿existe una lectura española de la teoría de Weiler? ¿existe una lectura propiamente española de la cristofobia?
Desde que el progresismo español desbancó y arrinconó a la socialdemocracia, la cristofobia parece campar a sus anchas en platós de televisión, estudios de radio y redacciones de periódicos. Desde 2004, los medios del Frente de la Paz revisan la memoria histórica y acusan a la Iglesia de connivencia con horribles crímenes franquistas. La historia de la Guerra Civil es la de la connivencia fascista-católica contra la libertad democrática: El pueblo español estaba harto del oscurantismo, del clericalismo y del catolicismo obligatorio, de la persecución de los heterodoxos, del tribalismo, de los mitos, del terror y de las supersticiones como orientación de la vida (Peces Barba, El País, 25-04-2006).
 
Peces Barba clama indignado contra la pretensión cristiana de una verdad independiente del poder político, y propone sepultar los dogmas divinos por los dogmas políticos…que él mismo ha creado de acuerdo a su propia concepción del bien y del mal. La expulsión de la Iglesia al mundo de lo irracional es común en nuestros medios. El Mundo (11 de septiembre de 2006), titulaba con despreocupación; Benedicto XVI, azote del «racionalismo». En el mismo periódico, el fabulista convertido en analista, Antonio Gala, daba una muestra de su habitual rigor intelectual;  ¿A qué se dedican en general los administradores del misterio? A vender agua a la vera de un río. Cuando los caminantes descubren el río, se acabó su negocio... Y eso es todo (El Mundo, 6-11-06)
 
También se abomina en España contra el espíritu cristiano militante de los países del Este; la dimisión del arzobispo de Varsovia por haber trabajado con las autoridades comunistas se interpreta como un pecado de la propia Iglesia católica. Pecados ocultos en la catedral de Varsovia, celebraba más que informaba el diario El País el 14 de enero; en 2007, los medios de comunicación españoles más que informar, celebraban con algarabía el escándalo del arzobispo polaco, y lo hacían todos ellos con una característica común, la desinformación; ¿el malo era el arzobispo, el comunismo o la Iglesia Católica? ¿quién debía avergonzarse del affaire?
 
En los tiempos en los que AlQaeda asesina en Europa por el hecho de ser cristiana y el laicismo dogmático busca aniquilar la esencia cristiana española, el Partido Popular se planteó también renegar del cristianismo; en septiembre de 2004, algunos dirigentes propusieron eliminar de los estatutos del partido la mención al “humanismo cristiano” para sustituirlo por expresiones más centristas; ¿qué pensar del futuro español cuando la izquierda ataca directamente al cristianismo y la derecha se plantea ponerse de medio lado? Los dirigentes del Partido Popular que quisieron eliminar la herencia cristiana del gran partido de centroderecha se encontraron con unos compromisarios implacables, que lanzaron un mensaje demasiado claro: el partido de la derecha española reconocerá al cristianismo o dejará de ser referente de millones de votantes españoles.
 
¿Cómo olvidar el trato que la izquierda española dispensó a Juan Pablo II y que ahora otorga a Benedicto XVI? Considerados ambos conservadores, ultraconservadores, radicales, guardianes de la fe, despiertan los odios progresistas, y cuando no cabe más remedio, muecas y silencio desaprobador. En su nombramiento, las opiniones de la inteligentzia no podían ir por otro lado, recogía Félix Gallardo en El Confidencial Digital: El Espíritu Santo se ha equivocado (Llamazares); Benedicto XVI será aplastado (Antonio Gala); Aunque quiera, le va a ser difícil quitarse de encima la imagen de inquisidor (Miret Magdalena); Ha sido una gran desilusión (Hans Küng); Se ha perdido una ocasión de rejuvenecimiento en la Iglesia (Iñaki Anasagasti); Una gran desgracia para la Iglesia Católica afirman en Tele 5; este Papa debería haber escrito en “La Codorniz (Francisco Umbral).
 
Y es aquí donde el sexto y octavo puntos de Weiler se unen en uno; Juan Pablo II reunió más jóvenes que cualquier cantante de moda, cualquier manifestación política, y por supuesto más que cualquiera de los partidos políticos. Ante los ojos atónitos del progresismo, Juan Pablo II, y ahora Benedicto XVI, suscitan un apoyo sin precedentes entre los jóvenes españoles; en vano tratan de identificar a esta juventud con un grupo manipulado de beatos opusianos. Publicitadas y aderezadas con verbenas y botellón, las fiestas pro-gays publicitadas por intelectuales, periodistas y políticos, palidecen ante cualquier visita papal. ¿Cómo no entender el odio indisimulado ante los dos últimos papas?¿cómo no constatar la frustración de quienes proponen sus propios dogmas mientras parte de la juventud se vuelve hacia el racionalismo cristiano de Benedicto XVI?
 
El discurso de Ratisbona indignó en el mundo a dos grandes grupos; en Oriente a los fundamentalistas que sitúan la palabra de Dios frente a la razón humana; y en Occidente a quienes hacen exactamente lo mismo, y en nombre del laicismo niegan al cristiano la capacidad de argumentar, razonar y convencer.
 
La COPE, el pluralismo y la cristofobia española
 
Pero hay algo más, naturalmente. Lo novedoso de los últimos tiempos en España es, sin duda, la politización forzosa de la Iglesia católica, es decir, la identificación de la Iglesia con la derecha radical y antidemocrática; La jerarquía de la Iglesia se halla instalada en la extrema derecha, titulaba El País el 28 de enero de 2007 su entrevista a un historiador catalán. La demonización de los obispos españoles, su identificación con lo extremos una constante en periódicos y televisiones. ¿Por qué?
 
El progresismo es una Ideología; interpreta el día a día de la política, la cultura y la sociedad desde el punto de vista histórico. La historia es el paso de la oscuridad a la luz, del autoritarismo a la democracia, del mito a la razón. En los discursos de Rodríguez Zapatero, cualquier tiempo pasado fue peor, y cualquier tiempo pasado será mejor que el anterior. Sobra recordar a estas alturas lo que Weiler anunciaba; la Iglesia española es una fuerza moral molesta que retrasa el curso de la historia, como cualquiera que se oponga a los designios progresistas.
En esta clave, la derecha, para el progresista, no está condenada a perecer ni a desaparecer; bastará con que asista entre indignada y maniatada al advenimiento de la democracia prometida. El papel que el progresismo otorga a la derecha no es ni el de la socialdemocracia ni el del comunismo; la primera exige un pacto de fondo con el liberalismo conservador, el segundo exige su aniquilación inmediata. El progresismo parece quedarse a medio camino entre ambas. La derecha no estará condenada, a condición de quedar siempre en el marasmo de la oposición; puede retardar pero no interrumpir el advenimiento de la verdadera democracia. La izquierda española hoy identifica las fuerzas oscuras de la historia, los empresarios, los obispos, las víctimas del terrorismo.
 
Así las cosas, las sonrisas tranquilizadoras del progresismo prometen dejar en paz a la Iglesia… a cambio de que esta renuncie a todo papel social, a todo protagonismo público, a toda pretensión de decir a sus fieles qué está bien y qué mal. Como la derecha, los curas podrán poner el grito en el cielo, podrán patalear en las sacristías, podrán elevar las quejas correspondientes para que sean objeto de la correspondiente mofa en Caiga quien Caiga o Buenafuente. Pero no podrán participar en una vida política que les ha quedado vedada. Lo cierto es que, haga lo que haga la Iglesia española, haga lo que haga la Conferencia Episcopal, su papel está ya politizado y destinado a asistir inquieta a la discusión sobre su futuro. Cualquier intento por escapar de su papel de observador molesto pero pasivo le ubicará, necesariamente, en la extrema derecha.
 
Los dirigentes del Frente de la Paz llevan tiempo denunciando a la extrema derecha; Rodríguez Zapatero, José Blanco, Fernández de la Vega y las innumerables columnas y editoriales de su galaxia mediática recuerdan el carácter extremo de la derecha. Pero la ciencia política ha definido con bastante exactitud el autoritarismo, el fascismo, el franquismo o el nacionalsocialismo. ¿Qué causa la histeria progresista hacia la derecha? ¿dónde encuentra el progresista el carácter extremo de la Iglesia?
 
En el hecho de que en los últimos tiempos, un fenómeno curioso rompe los esquemas progresistas; la derecha llamada a asistir como espectadora a la llegada de una nueva democracia, no sólo no se deja, sino que se revuelve, denuncia y desmonta los mitos progresistas. De repente, una oleada de liberalismo y de conservadurismo se levanta intelectualmente contra el papel que el progresismo ha otorgado a la derecha. No proponen nada que la derecha no haya propuesto y llevado a efecto antes, pero se diferencia en su actitud activa y belicosa. Esa parece ser la característica de la derecha neoconservadora española.
 
¿Y la Iglesia? Dejarse atacar, poner la otra mejilla hasta que ambas sangren es la oferta del Frente de la Paz. Pero cuando la Iglesia osa defender la familia, la fe, el bien común, el humanismo cristiano, es considerada automáticamente extrema derecha. Lo contrario será la crispación.  ¿Crispa Jiménez Losantos? Es la pregunta que se hace el espectador que ve la televisión en prime-time, en TVE, Antena 3, Cuatro, Tele 5 o la Sexta, donde en programas de debate, de humor, de entrevistas o informativos, el periodista turolense ocupa minutos y minutos de programación hostil; la caza televisiva del crispador se extiende por todos los horarios. Sólo Aznar genera un tonelaje de burlas superior, lo que nos da a estas alturas ya una idea de por dónde van las cosas.
 
¿Qué significa crispación para el progresismo militante? Crispar es irritar, exasperar. ¿Crispa menos la Cadena SER que la Cadena COPE? Sin duda, afirma Luís del Olmo, poniendo como garantía sus años de experiencia en la profesión, mientras se convierte en invitado de honor de la primera y llama talibán al presentador estrella de la segunda. Pero las palabras de Luís del Olmo irritan y exasperan a los oyentes de la COPE tanto como Libertad Digital irrita y exaspera a los lectores de elpais.es, de la misma manera que los análisis de GEES irritan profundamente en el Real Instituto Elcano. El progresista, quizá el socialdemócrata se sentirá crispado cuando escuche la COPE, de la misma manera que el liberal y el conservador se crispan igualmente cuando escuchan a Gemma Nierga o Luis del Olmo. Esencia del pluralismo. Y sin embargo, la tonadilla de la crispación de la radio de los obispos se repite una y otra vez, suena en cada radio, en cada televisión del Frente de la Paz.
 
La legitimidad moral de que la izquierda se ha dotado amenaza también con extenderse a la derecha, que evita hacerse las preguntas de rigor: ¿Difunde menos odio Carles Francino que César Vidal? ¿Son más democráticos los comentarios de Uxúe Barkos o Santiago Carrillo en la Cadena SER que los de Luis Herrero en COPE? ¿Bajo qué criterio? En nombre de sus ideologías, nacionalistas y neobolcheviques acusan a la radio de los obispos de sembrar odio, y a base de repetir el dogma mediático, amenazan con extender la metástasis a la derecha y a la propia Iglesia, forzando su arrepentimiento. A estas alturas, parece evidente que en España existe un movimiento cristófobo que es, a la vez, antipluralista, que busca eliminar al oponente en vez de vencerle dialécticamente.
 
Lo cierto es que no es lo que dice la radio de la Iglesia lo que indigna a los progresistas españoles; ni uno sólo de los comentarios surgidos de la Cadena COPE se aleja del liberalismo y del conservadurismo clásico, ninguno se acerca al franquismo más que los de Punto Radio. Los editoriales a las siete de la mañana o a las ocho de la tarde se limitan a opiniones compartibles o no, pero viejas y conocidas; no se negocia con terroristas, se respeta a las víctimas, se defiende la nación y la constitución, la familia y la dignidad del ser humano desde su concepción. Sus periodistas parecen tener muchos defectos, pero no el de la consecuencia; todos ellos llevan años defendiendo las mismas ideas desde otros medios de comunicación, a los que escapar con sólo cambiar el dial o apretar el mando a distancia. Entonces, ¿por qué crispan ahora?
 
Desde marzo de 2004, los suspicaces advierten de la destrucción de la transición; contra ello, la COPE se ha convertido en el símbolo de una actitud activa de la Iglesia y de parte de la derecha española; lo que el progresista no soporta no es lo que Jiménez Losantos diga, sino el hecho de que alguien lo diga y se lo diga. No molesta lo que dice la radio de los obispos, sino que la radio de los obispos defienda públicamente sus ideas y ataque las ideas de aquellos que quieren meterla debajo de la mesa eternamente. Ideas todas ellas elementales, pero que encierran un peligro: hostigada desde la galaxia mediática gubernamental, la tentación de ceder a las pretensiones progresistas y sacudirse el estigma de la crispación anida tanto en la derecha como en la Iglesia; ¿cómo no querer librarse de la acusación de crispación que les acompaña desde marzo de 2004?
 
El problema no es, naturalmente, Jiménez Losantos, sino el sinsentido que a la izquierda progresista española le supone una derecha sin complejos, dispuesta a batirse en los medios por la defensa de los principios liberales y conservadores, y una Iglesia convencida de su papel social y religioso. Dejar de crispar exige abandonar toda esperanza y asistir a regañadientes al advenimiento de la nueva democracia, la de Peces Barba, Zerolo y Carod-Rovira. Y con la Cadena COPE limitada a sostener campañas de Cáritas y a retransmitir la misa del Gallo mientras los dogmas progresistas ordenan no creer para obedecer, y lo hacen sobre un número cada vez mayor de personas.
 
La cristofobia en España tiene como finalidad primaria eliminar cualquier obstáculo a la llegada de los nuevos tiempos; las fuerzas oscuras del pasado, con la Iglesia a la cabeza, deberán guardar silencio y no abrir la boca más allá de las sacristías. Dejar que, poco a poco, los dogmas laicistas laminen sus valores. Deberá asistir en silencio a su propia aniquilación, porque todo lo demás será considerado crispación. El progresismo no soporta que se le discutan en la arena pública los dogmas que ha proclamado; quien lo haga será denominado antidemocrático, y quien lo haga en voz alta será considerado crispador. El pluralismo tiene sentido sólo para ver quién golpea con más fuerza al cristianismo. Más allá de eso, para el Frente de la Paz, la Cadena COPE crispa por el mero hecho de no limitarse exclusivamente a retransmitir misas y defenderse de las acusaciones de pederastia que calculadamente, van cayendo sobre la Iglesia Católica. Porque es a esto a lo que el progresismo quiere reducir a la Iglesia Española. A la agonía y la muerte cívica y social. Y esto es sin duda, lo peor de la cristofobia española. Porque se quiere ejecutar aquí y ahora.

 
 
Óscar Elía Mañú es Analista  del GEES en el Área de Pensamiento Político.


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