“En el juego político, el vencido es aquél que se deja imponer la actitud del otro, y que juzga sus propias acciones con los ojos de su adversario" (Karel Kosik). En este mes de febrero, el ex presidente americano hubiera cumplido 96 años, o como él solía decir, hubiera celebrado el 66º aniversario de su 30 cumpleaños. Es difícil encontrar una figura política que, durante su tiempo en el poder haya sufrido tantas críticas de los medios dominantes. Y sin embargo, la personalidad de Reagan logró elevarse por encima de ello. Si quiere saber cómo, siga leyendo.
En algún sentido, Reagan llevó las ideas conservadoras y liberales no sólo a su máximo apogeo -viendo con alegría como, a un año de su abandono del poder, caía el Muro de Berlín- sino que hizo una formulación muy colorida de lo que significaban. Formulación llena de humor, sentido común y exenta de toda afectación. No en vano, para muchos era “el gran comunicador”.
No obstante, en el presente, a pesar de la presencia de su legado, tanto en la historia como en las convicciones de una parte sustancial de la sociedad americana, no es fácil identificar a sus seguidores entre los servidores públicos.
Quizá se recuerde aquel libro del XIX, de un autor alemán, cuyos capítulos acababan todos con una frase: “Por tanto, hay que volver a Kant”. Este libro, fenómeno del neokantismo, se titulaba “Kant und die epigonen”. ¿Dónde están hoy los epígonos de Reagan? Con ánimo de figura literaria, podría decirse: ¿dónde están los epígonos de este epónimo? Para los jóvenes a quienes la educación socialista ha privado del estudio de lenguas clásicas, incluida el español, se aporta esta nota: Epígono: seguidor; Epónimo: persona representativa de una época o movimiento. En fin, que dada la facilidad de palabra de Reagan, su optimismo sin tacha y su humor arrollador, no sería descabellado que alguien quisiera seguir sus pasos aunque sólo fuera por la forma.
Y si a ese interesado en el atractivo de Reagan -quien a pesar de los radicalismos que en él veían sus críticos, lograba el apoyo de muchos Demócratas, le interesase un poco más la figura- quizá acabara entendiendo que esa forma, le guiaba un fondo de seriedad y eficacia que le llevó a culminar algunas de las hazañas políticas y por la libertad más importantes del siglo XX.
En tan sólo dos de sus numerosísimos discursos elocuentes, si se quiere resumir mucho, se puede encontrar con claridad su pensamiento. En “Un tiempo para elegir”, rebautizado posteriormente como “The Speech”; y en el que pronunció como despedida, quizá más que en el “derribe usted este muro, Sr. Gorbachov” o en el del “Imperio del Mal” (
www.reaganfoundation.org). Algunas referencias a ambos discursos valen para casi cualquier programa que se quiera hacer hoy día. Tanto para la potencia americana, como para cualquier nación que tenga un sentido de su propia dignidad y de su voluntad de lograr un futuro en prosperidad. Ahí van.
El primer discurso es de 1964, y ya que estamos en tiempos de apocalipsis ecológicas quizá alguien tenga el valor de recordar con qué problemas reales se encontraba entonces el mundo, y no sólo el occidental. Eran unas palabras en apoyo del senador Barry Goldwater, a la sazón candidato a la presidencia. El caso es que algunas cosas tardan mucho tiempo en cambiar, y en ese momento Reagan citaba ya a un refugiado cubano diciendo “Qué suerte tuve al tener un lugar al que escapar”.
Todo el texto está relacionado con esta posibilidad de mantener a los Estados Unidos como un símbolo de la libertad, como un país que pueda recibir a aquéllos que siguen ese anhelo inigualablemente expresado en las palabras introductorias de la declaración de independencia: “… que todos los hombres son iguales y que han sido dotados por su Creador con ciertos derechos inalienables entre los cuales están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.Y entonces dice que no le parece bien que haya que distinguir entre izquierda y derecha, sino que una separación más apropiada procede de la que existe entre el sueño antiguo del hombre por la libertad, y el más oscuro totalitarismo.
Después ataca la tentación que entonces todavía corroía a América, de la planificación estatal como solución final a todos los males materiales del hombre, y recuerda los costes crecientes del burocratismo y los programas denominados de bienestar, cuyo gasto destruía su propio sentido. Sigue con los ataques a la propiedad privada y culmina exclamando “hemos llegado a un punto en el que mucha gente no puede aguantar ver a un señor gordito al lado de otro delgado sin llegar a la conclusión de que el gordo se puso así a base de aprovecharse del otro”.
Y todo esto, en el “cowboy” Reagan, que venía de leer a Hayek, Mises y Hazlitt. (
http://agosto.libertaddigital.com/articulo.php/1276230551) Era, claro, un ignorante incapaz de contemplar matices y entender la complejidad de las cosas. Sigue diciendo que hay que reformar el sistema impositivo para que no suponga una injusticia en donde se pongan en peligro las posibilidades de prosperar de los individuos y se deje a cada uno "volar hasta donde pueda llegar". Critica con dureza el incremento de la carga tributaria en mayor proporción a medida que aumenta la base imponible, que considera inmoral y discriminatorio, como lo hacen todos los economistas liberales y la mayoría de las personas con sentido común, y de la justicia. Por fin se ocupa del tema de su tiempo, el enfrentamiento al enemigo totalitario soviético.
Reagan rechaza todo apaciguamiento y cualquier "distensión", como se decía políticamente correcto entonces. Introduce así algunas de sus famosas frases: "Dicen que el mundo es demasiado complejo para respuestas simples. Se equivocan. No hay una respuesta fácil, pero es sencilla". Y termina haciendo eco a esa idea de los Estados Unidos como el faro de la libertad para todo el mundo al que pueden apelar como ultima ratio: "Ustedes y yo tenemos una cita con el destino. Podemos preservar para nuestros hijos, esta, la última esperanza del hombre sobre la tierra o podemos sentenciarlos a dar el primer paso hacia un milenio de oscuridad. Si fracasamos, al menos nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos dirán de nosotros que justificamos nuestra breve estancia aquí. Hicimos todo lo que podía hacerse". Si esto suena actual a nuestros oídos, después de más de cuarenta años, es que lo es.
Otro discurso en el que se puede analizar el ejemplo de Reagan y estudiar su legado, es el de su despedida. Hace alusión en él, en enero de 1989, a meses vista de la caída del Muro de Berlín, a lo que pensaba desde una de sus habitaciones favoritas de la Casa Blanca, viendo cómo Washington se desperezaba en las horas de la mañana. Y entre varios asuntos, este hombre de profunda fe religiosa, que nunca temió ni se echó atrás a la hora de hablar de Dios, que era consciente de hasta qué punto era peligrosa esa tendencia a criticar el opio del pueblo para poderlo adormecer mejor con otras drogas, explica su famosa y reiteradísima visión acerca de la ciudad sobre la montaña. El pasaje, inspirado del Sermón de la Montaña en la versión de San Mateo, merece citarse entero."Esto es todo lo que tengo que decir esta noche, salvo por una cosa. En estos últimos días mientras estaba en aquella ventana ahí arriba, he pensado bastante acerca de la ciudad que 'brilla sobre la montaña'.
La frase viene de John Winthrop quien la escribió para describir la América que imaginó. Lo que imaginó era importante porque era uno de los primeros peregrinos, uno de los primeros hombres de la libertad. Viajó hasta aquí en lo que hoy llamaríamos una cáscara de nuez, y como los otros peregrinos buscaba un hogar para ser libre."He hablado sobre la ciudad que brilla sobre la montaña durante toda mi vida política. No sé si verdaderamente comunicaba aquello que quería decir cuando la mencionaba. Yo me la imaginaba como una ciudad alta, orgullosa, construida sobre rocas más fuertes que océanos, barrida por el viento pero bendecida por Dios, y llena de gente de todos los tipos viviendo en paz y armonía. Una ciudad con puertos libres, llena de comercio y creatividad. Y si tenía que haber muros, los muros tenían puertas, y las puertas estaban abiertas a todos aquellos con la voluntad y el corazón de llegar hasta aquí. Así es como lo veía y así es como lo sigo viendo"
¿Y cómo está la ciudad en esta noche de invierno? Más próspera, más segura, más feliz de lo que estaba hace ocho años. Pero es más, después de doscientos años, de dos siglos, sigue firme y fuerte sobre el acantilado, y su brillo la ha mantenido en la dirección correcta a pesar de todas las tempestades. Y sigue siendo un faro, y sigue siendo un imán para todos aquellos que necesitan tener libertad, para todos los peregrinos de todos los lugares perdidos, que van tropezando en la oscuridad mientras caminan hacia casa" De esta combinación de optimismo, sentido común político, economía científica, firmeza frente a la hostilidad o adversidad exterior, patriotismo, sentimiento religioso y humor, salió la América de Reagan, que, no se olvide, procedía de la de Carter que intentó más o menos la receta inversa, la de una América que se contentara con ser un país entre otros, sin más ambiciones.
Se acaba de publicar el libro de Thomas Evans, (
http://www.amazon.com/Education-Ronald-Reagan-Conservatism-Contemporary/dp/0231138601), que argumenta que la educación política de Reagan le viene de su empleo con la "General Electric", en el que alternaba viajes a todas las fábricas de la compañía a lo largo de la geografía americana con un programa televisivo. Además de haber sido el portavoz de las más adelantadas, entonces y ahora, técnicas de organización del personal y de gestión de las empresas, también fue para él una época de formación. Así, según esta publicación, allí aprendió a tratar con las personas, de todas las clases, no sólo los millonarios actores con los que solía coincidir en California, sino con todos los americanos, de todos los tipos. Y allí se produjo su conversión desde el partido Demócrata al Republicano. Y siempre decía, "Yo no abandoné el Partido Demócrata, el Partido Demócrata me abandonó a mí".
Reagan siempre se reclamó de Roosevelt y sobre todo de Truman. Y ciertamente Truman empezó la Guerra Fría, con decisión, voluntad y valentía. Y Reagan la terminó. Un poco como hoy; a George W. Bush le ha tocado empezar la "larga guerra", mientras llegue alguien que la culmine .Por fin, adviértase que no hay nada aquí que sea materialismo. Jamás hubo nada más lejano a hacer una especie de marxismo, pero al revés. Ni en lo económico, ni en lo político jamás se le ocurrió a Reagan caer en la obsesión de pensar en los hombres como meros fabricantes de bienes, o meros soldados a enviar como carne de cañón. Bien al contrario, si algo resume su espíritu y aquí se oyen ecos de Churchill, es en lo siguiente: "Tenemos que darnos cuenta que no hay ningún arsenal, ni ningún arma en los arsenales de este mundo, que sea más poderoso que la voluntad y la valentía moral de las mujeres y los hombres libres. Es un arma que nuestros adversarios en el mundo de hoy, no tienen".
Y puede ser que no haya que hacer ningún caso a los giros idiomáticos de un filósofo alemán y no se trate de volver a nada, pero de lo que no cabe duda es de que los ejemplos son para seguirlos. O como dijo Margaret Thatcher en el funeral de Reagan "Tenemos algo que él nunca tuvo, tenemos su ejemplo". Así que no se olvide:"La vida es una fantástica y dulce canción, ¡qué empiece la música!".