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ETA, AlQaeda, ¿pactismo ideológico o pactismo instrumental?
Análisis nº 171   |  14 de Febrero de 2007
 
Para el progresista, negociar la paz con el terrorista no es cuestión de elecciones, ni de la espera de un tiempo mejor. No existe rendición alguna al terrorista, sino convicción profunda en poder saciar su sed de justicia al construir un mundo mejor.
 
Acerca del pactismo instrumental
 
Quienes en España defienden escandalizados el pactismo instrumental en la política de Rodríguez Zapatero, interpretan su política ante el terrorismo en términos instrumentales y utilitarios; serían las circunstancias de la política y el poder las que le llevarían a negociar con ETA y apaciguar a Al-Qaeda. La relación con el terrorismo, que aún espanta a algunos en el País Vasco y enfurece a los aliados europeos y americanos, estaría así motivada por mera táctica o estrategia.
 
Según esta versión, Rodríguez Zapatero estaría en manos de ETA desde el momento en que, el 13M, su partido negó siquiera la posibilidad de la participación de los terroristas vascos en la matanza de Atocha; cimentado en el dogma de las mentiras de Aznar, el Frente de la Paz perdería una de las fuentes de la legitimidad moral que dice atesorar. Lo cierto es que la obsesión por ETA parece más instalada en El País y La Moncloa que en El Mundo o Libertad Digital, y hunde sus raíces en sus demonios actuales, el principal de ellos el expresidente del Gobierno, Jose María Aznar.
 
En último extremo, la participación real o no de ETA en el 11M sería secundaria; en una sociedad hipermediatizada y polarizada hasta el límite, bastaría un comunicado etarra sugiriendo su participación en la masacre para que el dogma Aznar-Irak-11M y la negociación con ETA acabaran políticamente con Rodríguez Zapatero y dejaran tocado al Partido Socialista. Según esta teoría, ciertamente extendida, Rodríguez Zapatero necesitaría negociar, plegarse y rendirse a las exigencias etarras para evitar que ETA rompiera una legitimidad moral basada en la denuncia de las mentiras relacionadas con Irak; su futuro político le iría en ello.
 
En idéntica línea está la retirada del cuerpo expedicionario español en Irak, y las llamadas a la deserción realizadas por el presidente en Túnez poco después; ceder a las pretensiones de Al-Qaeda supondría una rendición preventiva, una necesidad instrumental para salvar a España de nuevos atentados. En su versión patriótica, los españoles se verían a salvo de las zarpas terroristas; en su versión cínica, Rodríguez Zapatero sería el presidente que sacó a España del punto de mira islamista. Fuese por uno o por otro, el desprecio con el que los países europeos parecen observar ahora a la diplomacia y la estrategia española sería secundaria. Vendrían quizá tiempos mejores.
 
Menos confesable, el pactismo de Rodríguez Zapatero con ETA sería producto de su ambición de poder; logrando mantener la tregua antes, logrando otra ahora o consiguiendo algo más que otro alto el fuego después, Rodríguez Zapatero se convertiría en el artífice de la paz; con ello, en vencedor por mayoría absoluta. En relación con Al-Qaeda, provocar  a los terroristas en Irak o en Afganistán podría suponer otro atentado en Madrid; el PSOE se vería intolerablemente comparado con el Partido Popular, y a Rodríguez Zapatero le pondrían una bomba, como a Blair o Aznar. Las advertencias de éste último se verían cumplidas.
 
En todos estos casos, Rodríguez Zapatero se vería obligado a pactar con ETA en vistas a una finalidad superior y distinta: librar a España del peligro terrorista en el caso de los mejor pensados, ganar las elecciones autonómicas de 2007 y las generales de 2008 para los más susceptibles. Motivación oscura o loable, humanitaria o cínica, el pactismo instrumental tendría una consecuencia importante; logrado su objetivo, pasado el peligro inmediato de perder unas elecciones, nada impediría cambiar de instrumento y enfrentarse frontalmente a Al-Qaeda y ETA. El maquiavelismo otorga una enseñanza sencilla: El pactismo, la tregua, nada dice acerca de las últimas intenciones; la oportunidad puede llevar a pactar con el peor enemigo un momento antes de asestarle el golpe definitivo.
 
Sin duda, el mejor ejemplo de pactismo instrumental es el pactismo totalitario. Soviéticos y hitlerianos no tuvieron empacho en pactar solemnemente la paz antes de destrozarse mutuamente. Existe un vínculo entre totalitarismo e instrumentalismo; una ideología absoluta, un fin sublime, permite cualquier medio si es válido para la consecución del bien último: ¿qué no está permitido cuando el objetivo último es la salvación de un pueblo, la redención de la humanidad? Cuando la apuesta es lo suficientemente alta, puede aniquilarse a la víctima o pactar con ella; qué más da. En vano encontrará el occidental, el cristiano o el liberal, una norma suprema que rija las actividades de Al-Qaeda; desde desatar el infierno en Manhattan a la sugestión y la propaganda más pacífica, todo está permitido:¿por qué no?
 
En las distintas treguas etarras, los terroristas han concebido el alto el fuego de manera instrumental, sin renunciar en momento alguno a los objetivos que dan sentido a su acción. El caso etarra es aún más evidente. ¿Es posible dudar de la suerte que les esperaría a Patxi López y al PSE en caso del triunfo de quienes hoy se sientan con ellos en la mesa? En una lógica macabra pero racional, las treguas se rompen cuando no sirven a los propósitos, se declaran otra vez y se vuelven a romper. El doble crimen de la T4 pertenece a la estrategia etarra tanto como la Declaracion de Anoeta. Lejos de la crueldad totalitaria, nada impediría al Gobierno jugar al mismo juego.
 
Acerca del pactismo ideológico
 
La consecuencia práctica del pactismo instrumental es su carácter contingente; nada impide en un momento determinado cambiar el pacto por la lucha, el apaciguamiento por la fuerza. Pero el pactismo será definitivo tan pronto como se funde en lo más hondo de la conciencia de sus defensores. Entonces no habrá acontecimiento político que haga desistir al político de su acercamiento al terrorista.
 
En el reciente discurso de conmemoración de la revista “Aventura de la historia” (1 de febrero), el presidente recordó su visión progresista de la historia; ésta es un proceso de construcción democrática interrumpido en nuestro país por el franquismo. En términos de reflexión histórica, así interpreta la Constitución de 1978; Nos fijó el horizonte para avanzar hacia una sociedad democrática avanzada. Nos impulsó a favorecer las relaciones pacíficas entre los pueblos (…) Recogió un extenso y actualizado catálogo de derechos civiles, políticos y sociales, sentando las bases para los llamados de cuarta generación (El Mundo, 2 de febrero 2007). El valor de la Constitución de 1978 reside en el progreso histórico. No fija la acción política presente, sino la futura.
 
Así entendida, la Constitución se enmarca en un proceso, en el que el Gobierno actual enlaza con el intento democrático interrumpido por la derecha en 1936; en la famosa entrevista de julio de 2001 en El País, Rodríguez Zapatero recuerda que en 1978 la izquerda no pudo llevar a cabo su proyecto por prudencia, pero que ahora sí está en disposición de hacerlo. 
 
En la mente progresista, se reabre el periodo constituyente que en 1978 hizo imposible la derecha. Diagnóstico y tratamiento que pertenece tanto a Rodríguez Zapatero como al entramado etarra; ésa es la interpretación histórica que la Declaración de Anoeta, que tanto entusiasma en El País y La Moncloa, hace de la democracia española. Lo cierto es que la supuesta renuncia a la violencia no aparece en ningún punto de la Declaración de Batasuna: ¿qué es lo que llama gratamente la atención del progresismo en las últimas declaraciones etarras? Desde 2004, ETA defiende que el modelo constitucional está acabado, que un nuevo proceso constituyente está por venir. El diagnóstico etarra suena familiar al inquilino de La Moncloa; la Constitución de 1978 debe ser superada, la derecha no dejó construir la verdadera democracia. La paz llegará cuando la nueva democracia respete los derechos de todos.
 
¿Calumnia derechista contra el socialismo progresista? El diputado del PSOE Ramón Jáuregui anunciaba en diciembre de 2006 la necesidad de un nuevo Estatuto que sea la percha de la que colgar la incorporación de la izquierda abertzale a la democracia definitivamente (declaraciones a Radio Euskadi, 28-12-06). Ya no parece haber motivo para ser ingenuo; en la mente pactista actual, el cambio de régimen en España y Euskadi traerá consigo la paz perpetua en el País Vasco, y esta afirmación está tanto en la boca de los dirigentes socialistas como en la de los encapuchados que han asesinado a no pocos de ellos.
 
De San Sebastián a Bagdad, el progresismo ideológico se encuentra por el camino también con el islamismo terrorista. ¿Cómo fundamentar el derecho a la paz que entusiasma a Rodríguez Zapatero respecto a los asesinos de Londres o Madrid? ¿En qué punto una visión progresista de la historia entronca con el apaciguamiento de quienes degüellan ingenieros en Irak y ponen bombas en Bali?
 
Respecto al terrorismo islámico, también el progresismo mueve la política del Frente de la Paz; un sistema económico, el de libre mercado, y un régimen político, la democracia parlamentaria liberal, son el origen de los males que aquejan al tercer mundo y que dan como fruto el terrorismo. Éste puede ser criminal, pero sus efectos son perfectamente comparables a la acción extremista de occidente; debemos empezar identificando las circunstancias que alimentan el distanciamiento, uniendo a los elementos más moderados de Occidente y del mundo islámico en la búsqueda de soluciones comunes. La iniciativa implicaba un llamamiento a que sumemos fuerzas contra los extremismos que en todas las partes del mundo predican la imposición, la exclusión y el enfrentamiento. (Rodríguez Zapatero, Nueva York, ONU, 18-12-06)
 
La Alianza de Civilizaciones no busca detener al criminal, sino extirpar la causa de su crimen. ¿Acaso no era la política de Aznar la causante de la masacre de Atocha? ¿No fue la soberbia norteamericana, su incomprensión del mundo islámico, la causante del 11 de septiembre? Los aviones estrellándose contra el World Trade Center, los hierros retorcidos de Atocha muestran una culpa compartida entre extremistas e incomprensiones. El atacado Bush es tan culpable como el atacante Ben Laden; Irak justifica retrospectivamente el 11 de septiembre, la foto de las Azores el 11 de marzo y el 7 de julio.
 
Las exclusiones occidentales, culturales, económicas y sociales, la colonización, la globalización conducen al terrorismo; mea culpa progresista que entusiasma a Ben Laden. Para unos y para otro, el libre mercado, la democracia liberal, Europa y Estados Unidos deben cambiar para lograr la paz. Sólo un orden justo traerá una paz verdadera. El diagnóstico une de nuevo al progresista orador en la sede de Naciones Unidas o en un mitín callejero y al asesino que prepara el detonador o afila el cuchillo.
 
A diferencia del pactismo instrumental, el pacifismo ideológico parte de una concepción del hombre, de la historia y del mundo inasequible al desaliento de atentados y ataques. Se centra en los fines, no en los medios. Éstos pueden cambiar, pero no lo hará el ansia infinita de paz. Para el progresista, negociar la paz con el terrorista no es cuestión de elecciones, ni de la espera de un tiempo mejor, ni de cálculos estratégicos. No existe rendición alguna al terrorista, sino convicción profunda en poder saciar su sed de justicia al construir un mundo mejor.
 
Escandalosa conclusión que parece desprenderse de discursos y declaraciones. El progresismo en el poder comparte diagnóstico con el totalitarismo etarra y yihadista; sólo con el cambio de régimen y de orden social, en Euskadi y en el mundo, será posible la paz. Superar la Constitución de 1978, superar la tradición cultural y política europea son los únicos caminos hacia el fin de la violencia; el Frente de la Paz lo repite con sonrisa confiada; frente a ellos, los terroristas lo afirman sin inmutarse, mientras debajo de la mesa afilan el cuchillo.
 
Y es que la coincidencia progresista acaba allí; el Frente de la Paz jamás podría proporcionar la justicia histórica y eterna que le reclama el etarra. El pactismo europeo y la Alianza de Civilizaciones jamás podrían saciar la justicia religiosa e histórica del yihadismo. Lo cierto es que la alianza de los hombres y mujeres comunes y corrientes, mujeres y hombres que cada día conviven y cooperan pacíficamente que citó Rodríguez Zapatero en su alocución en la ONU, sería rápidamente devorada por el totalitarismo yihadista, de la misma manera que Ramón Jáuregui y Patxi López serían engullidos rápidamente por el totalitarismo etarra. Optimista o ingenuo, el progresista como compañero de viaje sería un apetitoso bocado después de haber cumplido su función; preparar el campo para un nuevo mundo en el que él, al igual que liberales, conservadores o socialdemócratas, tampoco tendría sitio.

 
 
Óscar Elía Mañú es Analista  del GEES en el Área de Pensamiento Político.


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