Lo que parece novedoso a priori en la coalición opositora al gobierno libanés, sectores cristianos seculares (el FPM de Michael Aoun) y chi’íes (encabezados por Hezbolá) no lo es tanto posteriormente; el sector legitimista que apoya al Gobierno Siniora también se compone y nutre de un sector cristiano mayoritario, otro sunní y uno druso, que dividen profundamente a la oposición Aoun-Nasralah, que pretende la unificación comunitaria y sectaria.
En conjunto, por tanto, existe un enfrentamiento innegable e inevitable en las exigencias planteadas por la oposición, en cuanto a que no representan una opción mayoritaria, real y responsable de aspecto limpio o impoluto que busque una reforma honesta y nacional tras décadas de un sistema político corrupto. Es el principal motivo de la debilidad del estado libanés, de la consiguiente destrucción del Líbano, y de su posición como “estado tampón” y como rehén expectante de una resolución del conflicto árabe israelí crónico.
Sin embargo, y aquí es donde el atractivo de la oposición a Siniora es errático y vacío, los mismos que protestan y reclaman reforma son, en la práctica, “gran parte del problema”, y realmente carecen de una solidez moral mucho más elevada como para criticar al gobierno Siniora. Aquí radica la mayor problemática de los postulados y los fines de esa oposición.
El Líbano es un país con una lamentable - y exacerbada - predisposición a ser presa de potencias extranjeras, a causa de la influencia de las dictaduras regionales que en los últimos 30 años han establecido estados ilegales dentro del territorio legal libanés, llevando al país a un estado de guerra sin fin. El Líbano no es España, ni Francia, ni Lichtenstein ni Mónaco, países éstos rodeados de vecinos que sí respetan el derecho internacional, la soberanía y las fronteras de sus vecinos. El Líbano esta rodeado por la anomalía histórica que son los regimenes dictatoriales árabes y persas, en sus diversos y variados estados y reinos. Tal vecindario, invasor y anexionista, no respeta ni tolera a regímenes democráticos con tendencia moderna. No reconoce ningún límite a la represión de sus propios ciudadanos, y menos aun cabrá respetar a un estado en constante mutación como es el Líbano. Este vecindario regional no se conduce por políticas democráticas, ni mide sus éxitos en términos políticos favorables a su ciudadanía. Para estos estados, todo está intrínsecamente unido a estándares político-religiosos, encaminados a proclamar o negar los destinos de la región a partir de la revelación que Alá les brinda a sus gobernantes para que apliquen políticas concretas a sus pueblos y a la región en conjunto.
El Líbano ha funcionado como refugio y asilo de intelectuales, políticos, pensadores y comunidades regionales perseguidas, lo que hizo que fuera visto también como una anomalía en la cosmovisión regional de dictadores; a lo largo de toda su historia (más por necesidad que por elección) mostró rasgos de diversidad, coexistencia y libertad en una sociedad regional avanzada con mecanismos de defensa y protección para las minorías tribales. Por ello ha sido casi siempre - y probablemente continuará siéndolo - influenciado por potencias externas. Este fallo del Líbano no se debe a la incapacidad de sus ciudadanos - han demostrado que son capaces de unirse - sino que se origina en el error estratégico de cómo gestionar su existencia rodeado de potencias regionales hostiles. Remediar parte de esto en este momento concreto de su historia es distanciar al Líbano del conflicto árabe israelí, que ha sido la causa motriz y principal utilizada por los estados árabes-islámicos vecinos, de los peores males del país durante los 30 últimos años. Los libaneses deben alinearse con los intereses de su país para lograr paz con sus vecinos y garantizar de ese modo la estabilidad interior, sin prestarse a ser satélite de regímenes repudiados por la comunidad internacional.
La oposición falla en estos dos aspectos:
1) Hezbolá rechaza cualquier posibilidad de paz con Israel, y vincula todos los males del país al conflicto árabe israelí; profundiza sus postulados hostiles hacia el estado de Israel desde una estrategia que favorece intereses iraníes y sirios, insistiendo en la liberación como elemento central de su plataforma política y queriendo arrastrar en esa línea al país entero.
2) Rechaza asimismo cualquier orientación de los intereses del Líbano hacia Occidente, mostrando un profundo sentimiento antiamericano y antieuropeo. La oposición - Nasralah y Aoun - indica que aportará la superación de los problemas sectarios en la arena política libanesa y logrará la unidad nacional, mostrando como prueba de ello una alianza entre los cristianos seculares de Aoun y los partidarios chiíes de Hezbolá.
Pero el problema no radica en el deseo de una “unidad abstracta” que en sí es una entelequia. La cuestión es mas profunda que los deseos que se exteriorizan como voluntad sentimental, y se refiere a un concepto viable de “unidad de las cosas que importan dentro del mundo real”, unidad que se identifique con propósitos y objetivos, con metas factibles vinculadas a la definición de un modelo nacional posible, no utópicas influencias del eje sirio-iraní.
Esto es de lo que carece la oposición; adolece de la voluntad de proteger al Líbano a largo plazo. Rechaza cualquier modelo político y económico de descentralización del gobierno y con ello está rechazando la modernización, el crecimiento, la prosperidad del ser humano, y la democracia en todas sus formas. El rechazo a la tribu, la secta o los clanes no basta. No puede existir un gobierno de unidad como el que pretenden Nasralah y Aoun cuando el elemento teológico-ideológico que plantean se inspira en una concepción divina de la Unidad Nacional. La historia nos demuestra que “unir es democrático”, en contraposición a “unificar es dictatorial, suicida y autodestructivo". Ejemplos sobran: la unidad exhibida por el Líbano a la hora de firmar el Acuerdo del Cairo con la OLP en 1969, o la firma del Acuerdo de Taif en 1989, fueron hechos y actos de suicidio colectivo en la historia de un país. Y la unidad demostrada hoy entre el FPM, Hezbolá, y sus demás aliados estratégicos tiene todos los elementos que conforman una unidad suicida.
¿Qué hará la oposición tras derrocar al gobierno Siniora? Asumiendo que todo vaya tal y como tienen previsto: modificará la Ley Electoral, elegirá un nuevo Parlamento y un nuevo Presidente, dará pie a la salida de las tropas FINUL, rechazará definitivamente las Resoluciones 1559 y 1701 del Consejo de Seguridad y bloqueará la constitución del Tribunal Internacional que investiga los asesinatos políticos, desde Rafik Hariri hasta la fecha.
Pero ¿qué tipo de políticas y planes económicos, estratégicos, ideológicos o sociales disponen para incorporar el Líbano al mundo moderno? ¿Qué acciones de gobierno han planificado para mejorar el nivel de vida de las personas? ¿Qué acuerdo de paz evalúa firmar con Israel? ¿Quiénes apoyarán a la oposición a corto plazo, cuando ésta comience a perder la confianza de la ciudadanía?
El hecho es que la presunta unidad de la oposición es temporal y con ningún futuro a largo plazo. Las principales exigencias de la oposición son tácticas a corto plazo, y no tratan los intereses estratégicos reales nacionales, regionales e internacionales del país. Es simplemente una alianza táctica de conveniencia para derrocar a un enemigo inmediato. Aun derrocando a Siniora, carecen de cualquier posibilidad de éxito a largo plazo.
¿Cuales son las garantías de las que disponen los ciudadanos libaneses de que Nasralah no hará del Líbano un satélite de Irán tras tomar el poder? Si Hezbolá arrastró al país a una guerra que lo destruyó teniendo solamente un pie en el gobierno y otro en la oposición, ¿qué se puede esperar que haga si tiene ambos pies en el gobierno?
El peligro de la supuesta reforma del FPM - Hezbolá radica en que pretenden hacerse con el gobierno con el fin de promover los intereses iraníes dentro del Líbano y también en Gaza; si triunfan, será un enorme revés para la democracia en la región y para el mundo libre, además, y pondrá fin a cualquier tentativa de reforma real en el futuro.
Por tanto, si se trata de elegir entre alinearse con un eje controvertido y fundamentalista como el que conforman Irán y Siria por un lado, o alinearse con la Comunidad Internacional (los estados que respetan el derecho) por el otro; se debe optar por lo segundo, puesto que a largo plazo es más seguro asumir que el Líbano será mejor país para sus ciudadanos si está del lado de la democracia y del estado de derecho, e integrado en la Comunidad Internacional, en lugar del bando de Siria e Irán.
Los políticos libaneses deberían dejar de lado - temporalmente - su lucha por la reforma hasta que el país tenga la fuerza para soportar las convulsiones y los cambios regionales inminentes. Es desatinado y estéril por parte de la oposición hablar de impulsar cualquier tipo de reforma interna y no prestar atención a los sucesos que se avecinan, al mismo tiempo que es innegable que la Comunidad Internacional se dirige curso de colisión directa e inminente con Irán y Siria.