Mientras el presidente contempla "un incremento gradual" de los efectivos norteamericanos en Bagdad, es pertinente una analogía con Vietnam. Un incremento gradual simplemente intensificará una política que es comparable a la política en Vietnam del Secretario de Defensa Robert McNamara y el General William Westmoreland. Una política mejor se parecería a la de los dos hombres que ocuparon posteriormente los cargos que ostentaron estos dos -- Mel Laird, primer secretario de defensa del Presidente Nixon, y el General Creighton Abrams, que en 1968 reemplazó a Westmoreland como mando norteamericano en Vietnam.
Richard Nixon ganó las elecciones de 1968 con la promesa implícita de reemplazar la política McNamara-Westmoreland de implicación y agotamiento ("buscar y destruir") que estaba fallando militarmente en Vietnam y políticamente en América. La política de Nixon, formulada con Laird y Abrams, se orientaba a las retiradas por fases de las fuerzas norteamericanas, coincidiendo con un incremento de los consejeros norteamericanos y más ayudas para el ejército de Vietnam del Sur. La política anunciada de retiradas dio a Estados Unidos cierta fuerza para obligar al gobierno de Saigón -- ningún ejemplo, pero mejor que el gobierno de Bagdad hoy -- a reconocer que el tiempo para su aceptación de la responsabilidad que la seguridad de Vietnam se agotaba.
Desafortunadamente, el clima político de Washington hoy es análogo al de hace 60 años. En 1946-47, las divisiones partidistas, fomentadas por el desprecio a un presidente considerado en las nubes, amenazaban con imposibilitar invertir el papel de la posición norteamericana en la región que entonces era la más crucial para los intereses norteamericanos -- Europa. En 1946, el partido del presidente perdió el control de ambas cámaras del Congreso, en lo que fue en parte una moción de censura al Presidente Harry Truman. Una Europa hecha pedazos se precipitaba hacia el caos, con el Comunismo ganando terreno en Europa Occidental así como en la Central.
Truman, sin embargo, apoyó una propuesta de ayuda norteamericana sustancial a Europa, pero dejando constancia del nombre del Secretario de Estado George Marshall sobre ella, no el suyo. Eso se logró cuando Marshall formuló la propuesta en su discurso de apertura de Harvard en junio de 1947. Truman también dio órdenes a Marshall y a su representante, Dean Acheson, de hacer los arreglos necesarios con el Senador Arthur Vandenberg, el Republicano por Michigan que presidía el Comité de Relaciones Exteriores.
Nadie tiene una idea prometedora hoy para Irak que sea comparable al Plan Marshall. ¿Y quién sería el Vandenberg de los Demócratas, capaz de silenciar el feroz rechazo de los Demócratas a todas las ideas del Presidente?
Recientemente, tras su décimo viaje a Irak, Bing West, un ex Marine y actual corresponsal del Atlantic Monthly, observaba que el 70% de las bajas norteamericanas no se deben a balas, sino a bombas de carretera. El enemigo raramente se implica en intercambios de fuego sostenidos con las fuerzas norteamericanas, de modo que las fuerzas norteamericanas están matando menos insurgentes de los que reclutan los insurgentes. Además, las unidades americanas dedican entre el 15 y el 30% de su tiempo a entrenar iraquíes: "Si ganar no es un objetivo directo para las unidades americanas, no necesitamos tantas tropas en Irak. Si ganar es el objetivo directo, no tenemos suficientes unidades en Irak".
Bajo un enfoque "Laird-Abrams", ganar sería "el objetivo directo" de las unidades iraquíes. Está, sin embargo, este implacable cálculo: según la experiencia de los Balcanes, la premisa de los expertos es que para mantener el orden en un contexto de lucha sectaria, se necesita un soldado competente u oficial de policía por cada 50 personas. Para la zona metropolitana de Bagdad (población: 6,5 millones), eso significa 130.000 miembros del personal de seguridad. Ahora hay 120.000, pero 66.000 de ellos son policía iraquí, muchos de los cuales -- quizá la mayoría -- son peor que incompetentes. A causa de su alianza con facciones sectarias, no son leales a la autoridad central ilegítima. Son parte del problema. Por tanto, incluso un incremento sustancial de, digamos, 30.000 efectivos norteamericanos, dejará a Bagdad a falta de muchos, y sería una receta para un fracaso retrasado.
Hoy, el General George Casey, mando norteamericano en Bagdad, se enfrenta a los detractores del "incremento gradual" de la administración porque sostiene lo que declaraba recientemente al New York Times: "Contra más tiempo sigamos soportando las tropas norteamericanas el peso principal de la seguridad de Irak, más tiempo tiene el gobierno de Irak para tomar decisiones difíciles acerca de la reconciliación y tratar con las milicias. Y la otra opción es que pueden seguirnos culpando de todos los problemas de Irak, que son sus problemas desde el principio".
Bagdad hoy es lo que Wayne White -- en la Oficina de Inteligencia e Investigación del Departamento de Estado durante 26 años, ahora con el Middle East Institute -- llama "un Estalingrado sunní-chi'í". Imagine a un tercio del ejército de la nación operando entre -- y contra -- tanto las fuerzas alemanas como las rusas en Estalingrado. Eso sería comparable a la misión de las tropas enviadas en cualquier incremento.