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La España menguante...menguada
Análisis nº 169   |  7 de Febrero de 2007
 

(Publicado en Papeles FAES nº 39, 5 de febrero de 2007)

Cuando José Luís Rodríguez Zapatero llegó al poder su política exterior podía resumirse en tres sentencias: no a la guerra; volver al corazón de Europa; y todo lo contrario a lo hecho por Aznar. Su actitud, su desconocimiento de las leyes del entorno, su desprecio manifiesto por la realidad, así como su ingenuidad y su frivolidad prometían una España menguante en la escena internacional, una España que enfadaba a nuestro principal aliado, los Estados Unidos; que rehuía defender nuestros intereses frente a nuestros socios; que despreciaba la naturaleza y el alcance de las amenazas que sufríamos; y que se aliaba con cuanto radical y antiimperialista se cruzaba por medio.
 
Tres años más tarde, la España menguante de Zapatero se ha hecho realidad. De ser una nación seria y respetada por todos, la España socialista es una España que no cuenta; una España que ha abandonado el club de los países importantes, pero que no ha encajado en ningún otro lugar. El Gobierno socialista es despreciado por sus nuevos socios latinoamericanos, de Morales a Castro pasando por Hugo Chávez, o por sus recién descubiertos aliados, como Marruecos. Y en el eje París-Berlín, auténtica obsesión del socialismo español desde los tiempos de González, nunca hubo hueco para España.
 
La etapa Zapatero pasará a la Historia por haber frustrado el papel importante que podía jugar nuestra nación en el concierto internacional, una vez superados todos los complejos que se arrastraron desde la Transición hasta bien entrados los 90. La orientación equivocada y una gestión incompetente han dado como resultado que España haya desaparecido de las decisiones relevantes que se toman en el mundo, que no se la tenga en cuenta, incluso cuando afectan a nuestros propios intereses nacionales. La España menguante de Zapatero es ya una España menguada.
 
La desidia exterior
 
Zapatero llegó anunciando que se metería al mundo en el bolsillo, pero más bien parece que el mundo ha acabado por comérsele a él. Su interés por la agenda internacional es sorprendentemente escaso: pocos viajes oficiales al exterior y cuando finalmente los realiza, tiende a acortarlos. Sus desplantes se han hecho famosos: en noviembre de 2004 canceló su cita con Vladimir Putin en Moscú para asistir a una sesión ordinaria del Parlamento español; un mes después, hizo lo mismo con Polonia, aduciendo cansancio y necesidad de dormir. En un país de tanta importancia estratégica como la India estuvo sólo 24 horas. A cambio, hemos sabido que ha usado el avión oficial para ir de compras a Londres y para escuchar cantar a su esposa en Berlín, sin sonrojo y sin que quisiera aprovechar esos desplazamientos para reunirse con sus homólogos. En el año 2006, con excepción de las ocho cumbres multilaterales a las que tuvo que asistir, sólo realizó siete visitas bilaterales a otros tantos países y la mayoría agolpadas a finales de año.
 
Enemistándose con nuestros aliados
 
La primera decisión como presidente del Gobierno de España, incluso antes de reunir a su propio Ejecutivo, fue la retirada unilateral de Irak. Zapatero se había mostrado contrario a la intervención militar para derrocar a Sadam Husein, pero la forma y el momento de su decisión pusieron ya de relieve, desde el primer momento, su frivolidad, su insolidaridad y su intransigencia, aspectos sobre los que ha ido construyendo su acción de Gobierno. España acababa de sufrir el mayor ataque terrorista de su Historia y cumplir con una de las demandas de los terroristas sólo podía interpretarse, como el mundo islamista hizo, como una rendición. Rodríguez Zapatero eligió el apaciguamiento a la responsabilidad. Con todo, lo peor no sería dejar en la estacada a nuestros aliados en Irak, incluidas las tropas iberoamericanas a las que prestábamos apoyo, sino que poco después, en una visita a Túnez, Zapatero se permitió llamar a la deserción a los miembros de la coalición y dejar solos a los americanos. Ideal para congraciarse con la Casa Blanca.
 
Zapatero, en lugar de acercarse y seguir colaborando con Norteamérica en la lucha contra el terror, cuyo zarpazo acabábamos de sufrir los españoles, no sólo se pliega al terrorismo, sino que pasa a convertirse en el mayor crítico de los Estados Unidos, la gran potencia mundial que, por fin, se había interesado en ayudarnos para acabar con ETA. Mucha de su bravuconería de esos meses se explica porque Zapatero estaba convencido de que George W. Bush perdería las elecciones presidenciales de noviembre de 2004 y de que Kerry sería el siguiente presidente norteamericano. No sólo lo contaba con frases como “trabajaré con el presidente Kerry”, sino que sermoneaba a cuanto líder proamericano se cruzaba en su camino.
 
La apuesta de Zapatero significó para España, entre otras cosas, que dejaba de ser un aliado preferencial de los americanos para pasar a ser una especie de Estado marginal. Los patéticos esfuerzos de la diplomacia española para que Bush recibiera a Zapatero en la Casa Blanca condujeron al Gobierno español al ridículo. Los contactos a alto nivel no dejan de ser esporádicos y casi siempre al hilo de reuniones internacionales multilaterales. Y cada vez que parecía que se iban a normalizar las relaciones bilaterales, Rodríguez Zapatero, con sus declaraciones o sus actos –como adornarse con la kefiya palestina a la vez que criticar a Israel y justificar las actividades de Hizbolá– las tensaba innecesariamente de nuevo. El año pasado –que, en versión de nuestro ministro de Asuntos Exteriores, sería el de la normalización de relaciones con la Administración norteamericana– ha acabado sin que se fraguara ninguna visita de alguno de sus altos cargos a España.
 
Europa: el regreso a ninguna parte
 
Volver al corazón de Europa fue el eslogan empleado por Rodríguez Zapatero como condensación de su programa exterior. En mente tenía, en realidad, la incorporación de España al eje París-Berlín. En la práctica no volvió al corazón de Europa sino que nos sacó de él. Ni siquiera logró ser aceptado como apéndice por Francia y Alemania.
 
La pérdida de peso en Europa es evidente. Al aceptar sin compensación alguna el Tratado de Constitución Europea, Rodríguez Zapatero asumió voluntariamente que España ya no forme parte del club de los grandes y que, por tanto, pierda capacidad de detener iniciativas que atenten contra los intereses españoles. Zapatero rebajó de manera gratuita el poder de decisión de España en la UE que tanto había costado conseguir durante las negociaciones del Tratado de Niza. Lo mismo ocurrió con las negociaciones sobre los fondos comunitarios: El Gobierno “logró” perder 43.000 de los 48.000 millones de euros que estaban en juego en las nuevas Perspectivas Financieras de la Unión. No sabemos por qué el ministro Moratinos no acudió al Consejo de Asuntos Generales donde se abordó inicialmente el tema; ni por qué la delegación española en la Cumbre de Bruselas donde se zanjó el asunto dejó de defender un mejor acuerdo para España muchas horas antes de que los polacos aceptaran el paquete, por ejemplo. El hecho es que Rodríguez Zapatero dejó que España perdiera sus fondos y pasara a ser la principal financiadora del proceso de ampliación sin que los supuestos amigos del Gobierno socialista nos dieran las gracias.
 
En lo del eje, tampoco Rodríguez Zapatero fue un gran previsor. En primer lugar, no quería ver la fragilidad del mismo, que dependía de la continuidad en sus cargos de Gerard Schröder y Jacques Chirac; en segundo lugar, su decidida y pública apuesta por la reelección de Schröder, a quien ayudó en su campaña electoral, así como el desprecio por Ángela Merkel, de cuya derrota se alegraba. El presidente español no estuvo en la toma de posesión de la canciller alemana semanas más tarde y su primera reunión bilateral, en junio de 2006, estuvo centrada en el espinoso asunto de la OPA de E.ON sobre Endesa sin que, por suerte para España, el dirigente español lograra imponer su intervencionismo económico.
 
Por otra parte, conviene recordar también que la política de inmigración del ministro Caldera de “papeles para todos” le ha supuesto a Zapatero serios rifirrafes con sus socios europeos más queridos, especialmente Francia. Frente a las sucesivas peticiones de la vicepresidenta de la Vega, la UE no sólo no movilizó los medios que la Moncloa esperaba, sino que nos recordó que el problema lo habíamos creado nosotros provocando un “efecto llamada” en respuesta a la regularización masiva realizada por el Gobierno español. Hay quien, como el candidato a la presidencia de Francia, Nicolás Sarkozy, reclama que la UE pueda prohibir los procesos de regularización adoptados unilateralmente por las capitales. Tanta es la tensión que el propio Zapatero plasmará solemnemente en las actas del Congreso de Diputados su malestar: “Si lo que algunos países quieren es dar una lección de su política no nos vale y no nos vale lo que pueda decir el ministro de Interior francés después de lo que hemos visto en los barrios de París”. Sarkozy fue diplomático en su contestación, pero Chirac no dejó pasar la Cumbre europea de Lati para sacar a relucir este tema una vez más: “He intervenido en el mismo espíritu y en el mismo sentido que lo hizo el ministro del Interior al señor Zapatero (...), todos los países que están en Schengen sufren las consecuencias que comportan estas regularizaciones”.
 
Con el único que no ha tenido mayores dificultades Rodríguez Zapatero ha sido con el Reino Unido. Aunque durante la rueda de prensa tras la reunión en la Moncloa con Tony Blair hubo sus más y sus menos, la verdad es que Londres no tiene por qué quejarse. A la vuelta del verano, las tres partes, que no dos como siempre, los gobernantes del Peñón, el Gobierno de Su Majestad y el del Reino de España, llegaban a un acuerdo calificado de “histórico” por nuestro ministro de Exteriores. Y en esta ocasión no se equivocaba: España renunciaba por vez primera a hacer valer sus justas reivindicaciones. Se levantaban todas las restricciones y se aceptaba tratar a Gibraltar como un país diferenciado. La población de la Roca, reforzada en sus posiciones, celebró un referéndum cuyo resultado, por más que el Gobierno español haya intentado obviarlo, tuvo el resultado que tuvo: es su primer paso hacia la plena independencia.
 
La revolución latinoamericana
 
Ninguneado por los norteamericanos e ignorado por los principales socios europeos, Rodríguez Zapatero no tuvo reparos en convertirse en el adalid antiamericano en América Latina. Primero abanderó el levantamiento de las sanciones impuestas por la UE hacia el régimen de Fidel Castro en favor de los disidentes de la isla. En teoría para arrancarle al comandante que liberara a algunos presos. Fidel nunca lo hizo, todo lo contrario. En segundo lugar, se acercó a Hugo Chávez al que quiso venderle aviones y patrulleras, las famosas “armas pacíficas” en su peculiar expresión. Su contrato de exportación militar se convertiría muy pronto en un auténtico “culebrón”: lo inició Bono de espaldas a Moratinos; Colombia, a quien se le canceló una venta ya aprobada, se sintió ofendida; produjo irritación en Washington, donde resultaba difícil entender que un aliado de la OTAN optara por apoyar regímenes antidemocráticos y antinorteamericanos; y acabó enfadando al mismo Chávez, quien no podía aceptar que los aviones que le habían prometido no llegaran porque España no contaba con las patentes necesarias para culminar la venta. Y después de aquel bochorno, Zapatero ha tenido que tragar la humillación de un acuerdo entre Venezuela y determinados miembros de ETA, sólo anulado tras poner los medios de comunicación en la picota públicamente al Gobierno español.
 
En la campaña electoral boliviana el Gobierno actual se alineó de tapado con el radical indigenista Evo Morales. Tras su victoria, fue recibido en España y aunque se condonó a Bolivia 100 millones de euros de deuda y se concedió una ayuda de otros 60 millones en material escolar, el presidente español prefirió ceder la foto con el dirigente indigenista a su Majestad el Rey y no hacérsela él en La Moncloa. En justo agradecimiento, Morales nacionalizaría las reservas de hidrocarburos, ignorando los derechos de Repsol. En consonancia con lo que Zapatero había transmitido con ocasión de los abusos cometidos por el Gobierno argentino contra empresas españolas –a saber, que su misión no era mediar a favor de las empresas españolas– no hizo nada en Bolivia, dejando a la empresa y a los miles de ahorradores españoles en la estacada.
 
Bajo el Islam
 
En el área del Magreb, el Gobierno español escenificó bien pronto una ruptura con la política desarrollada por su predecesor, particularmente en lo tocante a la cuestión del Sáhara. En un gesto apaciguador se abandonó la línea tradicional de apoyo a la solución defendida por la ONU para pasar a defender los intereses marroquíes. España no ha sacado nada positivo con ello: las supuestas buenas relaciones entre ambos reinos no han logrado que Marruecos ponga fin al incumplimiento de los acuerdos sobre emigración, por el que Rabat tiene que aceptar la entrega de los ciudadanos no marroquíes que hubieran partido de ese territorio, y Mohamed VI sigue recurriendo a la emigración hacia España como un instrumento más de su política. Un hecho sintomático de los límites de la diplomacia de Zapatero es la imposibilidad de fijar una fecha para la tantas veces anunciada visita del presidente español a Rabat, prevista para después del pasado verano, según la vicepresidenta, anulada después inesperadamente por Rabat y que aún hoy sigue sin poder fijarse.
 
Quizás por despecho, quizás para hacerse valer, Zapatero decidió visitar Argel. Un viaje invitación a un “sincero intercambio de opiniones” y en el que el dirigente español, tras aguantar las duras críticas de Buteflika, se escabulló sin convocar una rueda de prensa a su finalización. Tanto renegar de la política de equilibrio patrocinada por los Gobiernos del Partido Popular para, en cierta forma, volver al mismo punto, sólo que ahora despreciado por Marruecos e increpado por Argelia.
 
Incluso un país tan pequeño como Senegal, el más visitado por los miembros del Gobierno español, con viaje del mismo Rodríguez Zapatero, sigue sin aceptar los términos y la aplicación del acuerdo de repatriación que se suponía estaba ya consensuado y se iba a desarrollar por los dos países.
 
En la crisis de Oriente Medio, el Gobierno Zapatero ha adoptado posiciones tan visibles como sorprendentes. Frente a la posición común europea, Zapatero defiende el pleno reconocimiento de Hamas en Palestina, de Hizbolá en Líbano, así como la aceptación del programa nuclear iraní. Los reparos sobre su carácter terrorista, su disposición a acabar con la existencia de Israel, la negativa del Holocausto o los informes de la Agencia Internacional para la Energía Atómica son irrelevantes. La Guerra israelí-libanesa permitió a Zapatero enrocarse en su posición, distanciándose de nuevo de la europea. Se puso el “kefiya” palestino, criticó a la potencia agredida, Israel, por su reacción, y pronunció palabras de comprensión respecto de Hizbolá, que el grupo terrorista libanés tardó poco en agradecer expresamente.
 
Esta actitud radical no es sólo insensata, además es inútil. España ha perdido influencia tanto en la región como en Bruselas. Un ejemplo de ello es el sonado fracaso de la propuesta de un nuevo Plan de Paz que Zapatero presentó en la reciente Cumbre Hispano-Francesa. Italia, en estos momentos el Gobierno ideológicamente más próximo al español, la desechó y Francia la arrumbó de inmediato. En la supuesta celebración del 15 aniversario de la Cumbre de Madrid de 1991, Moratinos no sólo no logró traer a España a sus principales actores más allá de González (anfitrión en su día), sino que ha cosechado todo tipo de críticas de una parte tan imprescindible como es Israel.
 
Capítulo aparte merece la iniciativa de Alianza de Civilizaciones, que consiste en dejar de ser aliados de nuestros Aliados para serlo de dirigentes como Mahmud Ahmadineyad, Hugo Chávez o los hermanos Castro. La Alianza de Civilizaciones de Zapatero representa uno de los ejemplos más penosos de la disposición de los sectores progresistas a la claudicación frente al chantaje islamista, frente a los enemigos de Occidente. Una cesión tan humillante como inútil y que, como cabía esperar, ha sido tan bien recibida por Turquía, Arabia Saudí e Irán como rechazada por Europa y Estados Unidos. La principal aportación teórica de esta iniciativa consiste en culpar al mundo occidental de todos los males de las sociedades árabes y musulmanas y en rechazar de plano el principio de la reciprocidad, es decir, demandar para los occidentales en el Islam el mismo trato que los musulmanes reciben en nuestro suelo.
 
Para lo que le ha servido a Rodríguez Zapatero su idea de la Alianza de Civilizaciones es para hacerse amigo de Kofi Annan. El controvertido exsecretario general de las Naciones Unidas es quien más ha visitado a nuestro presidente en la Moncloa el año pasado. Hizo suya esa propuesta de Alianza de Civilizaciones mientras fue secretario general de la ONU y ahora queda por ver si acepta la insistente oferta de Zapatero para ser el alto representante para la misma.
 
La España que no cuenta
 
La España que heredó Zapatero de su antecesor, José María Aznar, era una España firmemente anclada en Occidente, fiel aliada de los Estados Unidos, tenida en cuenta por los socios de la UE y respetada por sus vecinos. El momento que ha condensado y simbolizado esa nueva España, crecida, ambiciosa y relevante, fue la reunión de las Azores. El entonces presidente español estaba con Durao Barroso, el mejor vecino de España; Tony Blair, la democracia más antigua de Europa; y George W. Bush, el país más importante de la Tierra. Zapatero se propuso sacar a España de la foto de las Azores y se ha aplicado tan bien para ello que ha acabado por sacar a España de toda la película.
 
La España de Zapatero es una España que no cuenta y a la que nadie tiene presente. Este Gobierno ni quiere ni sabe hacerse respetar, y es capaz de empeorar sus pésimos objetivos con una todavía peor gestión. Al actual presidente le importa muy poco la posición de España en el concierto internacional porque, en realidad, le importa muy poco España. Es un presidente que cree que el cambio climático es una amenaza mayor que el terrorismo y que a los atentados con bomba los llama “accidentes”. Es el inventor de la rendición preventiva. Y que España sea una realidad inane le parece bien. Lo está consiguiendo y esa España menguante, menguada, será su herencia en política Exterior.


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