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Lo que yo vi en Irak
Colaboraciones nº 1464   |  31 de Enero de 2007
 

(Publicado en Jewish World Review, 17 de enero de 2007)

La semana pasada, estuve empotrada con tropas del ejército norteamericano en Forward Operating Base Justice, en el norte de Bagdad. Fuera de la alambrada, recorrimos las zonas densamente pobladas y nos reunimos con líderes del vecindario poco dados a la autosuficiencia en al Salam. Bebimos té con un jeque que condenaba a los terroristas de todas las franjas. Vimos a residentes provocando altercados a mansalva en Jadamiyah. Nos sentamos con babosos apólogos del Ejército del Mahdi en Hurriya. Nos detuvimos junto a un enclave insurgente sunní, que los soldados con los que patrullaba etiquetaban como "Villa francotirador", en al Adil.
 
No hay nada glamoroso o romántico en estas misiones. Nadie hará una película acerca de nuestros hombres y mujeres de uniforme involucrados en el tedioso y doloroso asunto de empujar a Irak hacia la estabilidad y la gobernabilidad. Pero si la guerra ha de ganarse -- si se va a establecer la seguridad y los cimientos de una sociedad civil van a depositarse -- esta es la zona cero. Las tropas que conocí solamente piden tres cosas a sus conciudadanos americanos en casa: tiempo, paciencia, y comprensión de las enormes complejidades sobre el terreno.
 
En Washington, la teoría de la contrainsurgencia (COIN) es una abstracción intelectual elitista y lógica. Puesto que las fuerzas de la coalición no pueden simplemente atrapar y abatir a todo insurgente dando problemas en la población, reza la teoría, depende del ejército persuadir al pueblo iraquí de atrapar a los insurgentes, ingresar en el proceso político y ayudarse a sí mismo. En la base Justicia -- antes cuartel general de la unidad de Inteligencia militar sin escrúpulos de Saddam Hussein, enclave de la ejecución del dictador por ahorcamiento y sede de la 2ª Brigada de Combate de la Brigada Daga, 1ª División de Infantería -- la COIN es una realidad activa y viva. Aquí, una fuerza del choque de sesudos mandos, curtidos oficiales de patrulla, valientes intérpretes árabe-americanos, entregados formadores y expertos de Inteligencia, conductores de convoy con cara de niño y artilleros de mal humor intentan poner en práctica a diario el idealismo de "ganar corazones y mentes" del Presidente Bush.
 
La guerra moderna en Oriente Medio ya no está tan trillada como disparar a todos los malos y volver a casa. Libramos "una guerra de guerrillas" -- no solamente contra terroristas sunníes o escuadrones de la muerte chi'íes, sino contra agentes extranjeros y natales, pandillas urbanas, crimen organizado y jihadistas freelance que llevan a cabo emboscadas, asesinatos extrajudiciales, ataques sectarios, explosiones de vehículos y sabotajes contra las fuerzas americanas, iraquíes y de la coalición. Teléfonos móviles, satélites e Internet han permitido a las guerrillas amplificar su importancia, diseminar instantáneamente la propaganda insurgente y debilitar la voluntad política.
 
Llegué a Irak siendo cada vez más pesimista acerca de la guerra, debido en gran medida a mis dudas acerca de la compatibilidad del Islam con la democracia de corte occidental, pero también como resultado de la estricta dieta sensacionalista de cobertura mediática de "pálidos logros" y "recuento diario de bajas" que ayuda a la insurgencia.
 
Me voy de Irak con inesperada esperanza y resolución.
 
La valentía cotidiana y la consumada profesionalidad de las tropas con las que estuve empotrada han reforzado mi fe en ejército americano. Estos soldados son muy conscientes de la historia, la cultura y la lucha sectaria que han reducido a escombros al mundo musulmán durante más de un milenio. "Les encanta la muerte", musitaba un artillero mientras escuchábamos explosiones en la distancia estando estacionados en al Adil. No obstante, estas tropas están dispuestas a poner en juego sus vidas para llevar la seguridad a Irak, vecindario a vecindario.
 
Han formado equipo con sunníes y chi'íes, civiles iraquíes y soldados por igual, para establecer estructuras de gobierno local y marcos de seguridad por barrios. "No estamos aquí para levantar las Fuerzas Iraquíes de Seguridad”, dice el Cabo Steven Miska, mando en funciones del Equipo de Combate de la Brigada Daga, 1ª División de Infantería. "Estamos aquí para cultivarlas. No puedes plantar y largarte simplemente". El Capitán Aarón Kaufman, de la Task Force Justice, añadía: "No es un proceso de seis meses o un año, especialmente cuando estás hablando de entrenar a las fuerzas iraquíes".
 
Las tropas con las que me encontré desprecian los esfuerzos de los pacifistas por "llevarlas a casa ya". Pero son igual de críticas con los errores de la administración Bush y el Pentágono -- desde celebrar elecciones iraquíes demasiado pronto hasta partir sin sentido su brigada de combate, pasando por reducir las fuerzas y retirarse el año pasado de Bagdad y Faluyah o no conservar ciudades al limpiarlas de insurgentes. Hablan con candidez y críticamente de la infiltración de las milicias chi'íes en parte de la policía iraquí y unidades del Ejército Iraquí, y de la corrupción en los ministerios de gobierno, pero también quieren hacer saber de las buenas noticias no difundidas.
 
Todos los días, cadetes del Ejército Iraquí arriesgan sus vidas y las vidas de sus familias por acudir a trabajar a la base Justicia. Los residentes de Jadamiyah se acercan a la base con regalos. Las escuelas vuelven a abrir; los consejos de los vecindarios comparten información de Inteligencia. "Todas esas cosas se van uniendo", dice enfáticamente la Capitán Stacy Bare, oficial de asuntos civiles.
 
Ganar la batalla de la contrainsurgencia no tiene que ver solamente con mantener seguros a los iraquíes. Tiene que ver con mantener seguros a los americanos -- enviando un mensaje de que el ejército más poderoso del mundo no puede y no va a ser sobrepasado y expulsado por las guerrillas. En el emblema de la Brigada Daga hay los imperativos: "¡Continúa la misión!" y "Primero el deber". Estas tropas están comprometidas con su misión. Se merecen nuestro compromiso con ellas.


 

 
 
Michelle Malkin es autora del nuevo libro: “Unhinged: Exposing Liberals Gone Wild”.
 
 
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