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El Bush de siempre
En letra impresa nº 685   |  26 de Enero de 2007
 

(Publicado en ABC, 26 de enero de 2007)

Con los demócratas en control de las Cámaras, los republicanos distanciándose la línea de la casa Blanca y todo el mundo culpando a los neocons de los males que aquejan a la política exterior americana, George W. Bush ha vuelto a revelarse como el gran neoconservador que es. Puede que sea el único en su administración, pero no puede haber otro más importante.
 
Con una aceptación popular más baja que nunca y con el Congreso debatiendo cómo frustrar sus planes para Irak, el presidente americano, sin embargo, no ha renunciado su visión, la famosa “doctrina Bush”. A saber, que el mundo está inmerso en una lucha civilacional, que el Islam radical y fundamentalista representa una amenaza existencial para Occidente y que el terrorismo islamista es sólo la expresión de una ideología mortífera a la que hay que combatir con las armas y también con las ideas. Que Afganistán, Irak y la lucha contra Al Qaeda son parte de un mismo continuo que es la lucha en defensa de nuestros valores, prosperidad y libertad frente al islamo-fascismo. Que más vale prevenir y anticiparse que sufrir destrucciones incalculables y que el mejor antídoto para vencer el virus del fundamentalismo es la exportación de la democracia.
 
En su discurso también dijo que el problema de la energía, la adicción de América al petróleo, no es solo una cuestión energética, sino también de seguridad, puesto que el terror se financian con réditos del petróleo, al igual que Irán usa sus beneficios para dotarse de los medios con los que “borrar a Israel del mapa”, según las palabras de Mahmud Ahmadinejad. Desgraciadamente, de no hacer nada al respecto, Irán tendrá su bomba mucho antes de que los americanos hayan reducido su consumo de petróleo en el 20% propuesto por Bush.
 
Bush habló ante un Congreso dividido. Y la respuesta del representante demócrata a las palabras de Bush no podían ser más decepcionantes. Prefieren a un Bush humillado que compartir la victoria. En ese sentido, Bush no lo tiene fácil. Al menos en lo que a su popularidad se refiere. Con todo, ha preferido el camino de la responsabilidad y establecer claramente cuál quiere que sea su legado a abdicar de sus principios para pactar con una oposición cada día más izquierdista y radicalizada. Su tono conciliador en esta ocasión puede haber inducido a error a algunos. Pero que no se equivoquen. Es el George W. Bush de siempre, el Bush para el que la victoria de América es mucho más importante que su propia victoria o la de su partido.


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