La prensa ha valorado en general positivamente la actuación de Rajoy en el debate del lunes, aunque sin dejar de destacar su dureza, tachada a veces de excesiva. La verdad es que no ha habido tal. Es más, el líder del Partido Popular estuvo en algún momento indulgente.
Como al Presidente del Gobierno se le han acabado los argumentos para defender su política de apaciguamiento ante ETA, es imposible que pudiera esgrimir ninguno de entidad. Por eso levantó una línea de defensa que, aunque no le valió para ganar, sí impidió acabar tirado en la lona e hizo que su derrota lo fuera solamente a los puntos. Así, Zapatero le ha escupido a Rajoy la acusación de haber sido el primer líder de la oposición que no ha apoyado al gobierno en la lucha contra el terrorismo. Le ha recordado, con tono severo, que él, cuando lo fue, apoyó siempre al gobierno del que Rajoy formó parte. Y le ha exigido con la impaciencia del que manda que reconozca al menos que el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo lo propuso él, el gran José Luís Rodríguez Zapatero.
Rajoy, empeñado en que el debate no se alejara de lo sustancial, la política antiterrorista de Zapatero, renunció a contestar a estas acusaciones. Sin embargo, dada su aparente consistencia, quizá hubiera sido preferible que no se quedaran sin réplica.
Porque, si es verdad que los anteriores gobiernos siempre contaron con el apoyo de la oposición de turno en la lucha contre el terrorismo, fue porque consensuaron esa política y nunca le exigieron a la bancada de enfrente un cheque en blanco. Ningún gobierno anterior firmó un pacto del Tinell. ¿Cómo puede el Presidente del Gobierno quejarse de la falta de respaldo del PP después de haberse comprometido con los nacionalistas catalanes a renunciar a cualquier trato con los populares? Si el Zapatero líder de la oposición apoyó la política antiterrorista del gobierno Aznar, fue porque éste la consensuó con aquél. Y la prueba de que las cosas fueron así la proporcionó el mismo Zapatero en su intervención cuando se recordó como proponente del Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo. ¡Ya le gustaría a Rajoy que Zapatero lo tratase a él como Aznar trató a Zapatero!
Con todo, el aspecto más lamentable de esta línea argumental lo constituyó el empeño del Presidente en que Rajoy le reconociera como el autor del Pacto de las Libertades como si tal reconocimiento conllevara el derecho a romperlo. ¡Apañados estaríamos si en España la oferta de suscribir un contrato comprendiera la facultad de poder romperlo a capricho después de haberlo firmado! No se da cuenta Zapatero de que ser el promotor del pacto le añade más indignidad al hecho de haberlo roto unilateralmente. ¿Qué hay en ese pacto que le interesó ofrecer cuando era oposición y que no desea seguir respetando ahora que es Presidente de Gobierno? Cuando menos, lo que hay en él es la necesidad de que la política antiterrorista sea diseñada de consuno por gobierno y oposición. Y el listillo de Zapatero ha descubierto que eso está muy bien cuando se es oposición, pero algo incómodo cuando se es gobierno, sobre todo si lo que se quiere es hacer concesiones que el PP nunca suscribirá. Está bien que Zapatero le exija al PP que se comporte con el gobierno del PSOE como él lo hizo con el del PP, pero, para eso, Zapatero tendría que empezar a comportarse con el sentido de estado que lo hizo Aznar.
La cuestión no es que el PP esté siendo desleal con el gobierno, sino muy por el contrario que el PSOE lo está siendo con el PP.
Creo que, por patriotismo, Rajoy no quiso destrozar a alguien que, con todo, no deja de ser el Presidente de Gobierno de España. Sin embargo, quizá debiera pensar que ya no hay margen para ser indulgente con la persona por serlo con la institución que encarna. Aquellos numerosos socialistas que observan tan preocupados como Rajoy la deriva de la situación necesitan, para poder intervenir, que el gallego no se conforme con una victoria a los puntos y se vaya decidido a por el KO. Zapatero es la viva reencarnación de Chamberlain. Gracias a Dios, Rajoy se parece cada vez más a Churchill, pero en algún momento tendrá que decirle: “elegiste el deshonor a cambio de la paz y ahora tendrás el deshonor sin haber alcanzado la paz”.