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La deriva europea; crisis moral, ideológica y de principios
Análisis nº 164   |  18 de Enero de 2007
 

(Ponencia impartida en FAES, 16 de enero de 2007)

1. La crisis de la Razón europea
 
1. El pensamiento débil, la crisis de la razón
 
Durante siglos, Europa creyó en la existencia de verdades e ideales universales, y actuó en el mundo de acuerdo a tales creencias; el genio griego extendió por el mediterráneo los conceptos de belleza, de verdad, de bien que constituían la herencia de Tales de Mileto o de Aristóteles.  El poderío romano construyó y extendió un derecho a lo largo de todo el mundo conocido; el pensamiento cristiano llevó la defensa de la dignidad del ser humano más allá de unos mares que sólo el progreso intelectual y científico europeo fue capaz de trascender. Lo común a todos ellos, desde el ágora hasta los departamentos universitarios europeos, era la creencia en que fuera del ser humano hay una verdad que espera a ser conocida.
 
Un vistazo alrededor muestra que hoy no es así; la cultura europea rechaza explícitamente la posibilidad de encontrar verdades objetivas y comunes, y defiende el escepticismo acerca del conocimiento; nada hay objetivo, y si lo hay, no es ni cognoscible ni comunicable. Se trata de un pensamiento débil, fórmula que se opone al pensamiento fuerte, la convicción de que existen verdades que el hombre puede y debe conocer. El pensamiento débil renuncia a la búsqueda de un conocimiento objetivo, y se conforma con verdades subjetivas e individuales. Este pensamiento débil actual sigue, sin ni siquiera ser capaz de pensar en ello, la máxima de Gorgias; “nada existe, si existe algo, sería incognoscible, si fuera cognoscible, no podría ser comunicable”.
 
¿Porqué es necesario hablar primero de la crisis de la racionalidad europea? Es imposible abordar la crisis de valores morales e ideológicos que vive Europa sin reconocer previamente el rechazo europeo a enfrentarse a la realidad tal cual es. Se trata de un escepticismo acerca de la Razón, y con ella de la capacidad del propio ser humano para aprehender el mundo que le rodea y establecer unas normas de comportamiento público y privado. Antes que decidir un comportamiento u otro, lo cierto es que Europa hoy está dando la espalda a la realidad de manera consciente y deliberada.
 
Es decir, el problema europeo no es moral, sino en primer lugar intelectual; la renuncia a la búsqueda de la verdad como algo independiente de las preferencias y sentimientos personales y las preferencias y modas sociales. El hecho es que en la Europa actual el relativismo moral viene precedido de la pérdida del rigor intelectual, del razonamiento lógico y del uso correcto del lenguaje. No son sólo los valores lo que están en crisis, sino el propio uso de la razón.
 
Durante siglos, la cultura europea ha concebido el lenguaje como puente hacia lo real; conocimiento racional y lenguaje son dos realidades indisolubles.  Pero hoy en Europa el lenguaje ya no tiene como referencia lo real, sino que es independiente de él. Cada palabra puede significar lo que cada cual desee oportuno según sus intereses. En consecuencia, los medios de comunicación, los discursos políticos ya no señalan la realidad, sino que la esconden premeditadamente; desligada de la búsqueda de la verdad, el lenguaje se convierte en mera propaganda. 
 
De igual forma, la argumentación racional según las leyes del pensamiento no sólo no es reconocida en la Europa actual, sino que es abiertamente rechazada; la razón ha dejado lugar al emotivismo, al sentimentalismo, a la poesía moral. Es lo que en España se ha llamado buenismo; los argumentos son sustituidos por los sentimientos. Europa ya no se mueve según lo que considera bueno o verdadero, según un comportamiento razonado o razonable. Se mueve según las emociones de cada momento. La reacción en los países europeos ante el fenómeno terrorista pone de manifiesto como son los sentimientos y no la argumentación racional, lo que guía la vida pública en el continente.
 
2. El relativismo como norma
 
La primera consecuencia del pensamiento débil es el subjetivismo; si no existen verdades universales para todo ser humano, europeo o no, entonces la verdad es exclusivamente individual. Si el hombre es incapaz de conocer su realidad y su naturaleza, con mayor razón será incapaz de dotarse de unas normas de comportamiento universales; así es como aparece el relativismo cultural, político y moral. El relativismo afirma que los valores morales y políticos dependen de la cultura, de las experiencias personales, de la religión que se profesa. Este relativismo afecta hoy a los valores estéticos, intelectuales, morales y políticos.
 
En lo relativo a los valores estéticos, en la Europa actual, belleza y verdad son conceptos subjetivos, dependientes de las sensaciones particulares. En el mundo artístico y cultural, cuando la belleza y el propio concepto de arte son considerados relativos, cualquier cosa puede ser arte. Hoy Europa asiste a la apoteosis de la vulgaridad. Este hecho es fácilmente constatable en los museos europeos; degollinas de vacas, personas muertas y disecadas, heces humanas sobre un lienzo, constituyen las exposiciones artísticas de la Europa actual. Para los europeos de hoy, una obra de Bach o Tolstoi tiene igual valor que una película pornográfica o una performance nudista. En nombre de la belleza relativa, Europa hoy despreciaría a Fidias, Miguel Ángel o Da Vinci.
 
En lo relativo a los valores intelectuales, Europa ha renunciado a la búsqueda de la verdad, proyecto que constituye su más valiosa aportación a la humanidad. Los grandes autores, las grandes corrientes intelectuales tienen su solar en Europa, y su fundamento en la búsqueda de la realidad.  Pero hoy Europa no sólo no busca la verdad, sino que la persigue, y la ha sustituido por la opinión, la propaganda y la sensación. Todo está sujeto a la valoración personal, incluso la misma realidad.
 
En relación con los valores morales, el bien sigue el mismo camino que la belleza y la verdad. Es considerado algo subjetivo, individual, sin proyección hacia el exterior; la construcción europea fue posible sólo a partir de unos ideales indiscutibles, que hoy son negados. Pero el relativismo moral niega cualquier objetividad moral. La primera consecuencia de ello es que Europa hoy no parece diferenciar entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto.
 
Esta forma de entender Europa es profundamente antieuropea y antipluralista. En Europa puede hablarse de pluralismo porque previamente los europeos comparten una serie de valores comunes, más allá de los cuales se extiende la discusión. El primer valor es la verdad, la creencia de que ésta no depende ni de gobiernos ni de regímenes, sino que éstos se deben adecuar a ella. El segundo, la belleza, objetivo último de la expresión cultural y artística, que muestra que no todo vale en la cultura. El tercero, el bien, la seguridad de que éste no depende del poder político, sino que siempre queda más allá de él, y sirve de criterio para juzgarlo. El pluralismo presupone la existencia de unos valores únicos, una herencia común a todos aquellos que participan de la comunidad europea.
 
Los grandes hitos de la historia europea no se han llevado a cabo desde el pensamiento débil y el relativismo, sino desde la convicción en unos ideales nobles y verdaderos. El relativismo, la pretensión de reducir la verdad a opiniones personales, acaba reduciendo a los ciudadanos a simples comparsas del poder. Cuando nada es verdadero o bueno, éste a nada tiene que rendir cuentas, y por nada tiene porqué fijarse límites. El primer paso de los totalitarismos de la historia ha sido el de negar la validez objetiva de cualquier norma o ley, y afirmar la relatividad de todas las verdades.
 
3. Europa como puro pragmatismo y populismo
 
En consecuencia, Europa se está convirtiendo en el Imperio de lo light; si la belleza, la verdad y el bien son relativos, entonces no existen ni la belleza, ni la verdad ni el bien. La consecuencia es evidente: en lo intelectual, cualquier opinión tiene idéntico valor que otra; en lo moral, cualquier comportamiento es igualmente válido que otro; en lo político, cualquier propuesta es igualmente respetable.
 
Ahora bien, todo lo anterior presupone el escepticismo acerca del uso de la razón; ésta queda relegada a cuestiones científico-técnicas, quedando todo lo demás al margen de ella. Los valores morales y políticos se convierten en simple emotividad o creencia irracional. En Europa, uno no piensa que algo esté bien, sino que cree o siente que está bien. Pero si los valores y la idea de bien común no puede razonarse, entonces el razonamiento político deja de tener sentido. La crisis moral que afecta a Europa afecta en primer lugar a la razón política. Y la consecuencia es que el rigor desaparece del panorama social europeo, y se convierte, en parlamentos y congresos, en una razón instrumental cuyo único objetivo es convencer, engañar y engatusar a los ciudadanos. Y esta situación tiene dos consecuencias;
 
- En primer lugar este pragmatismo piensa exclusivamente a corto plazo, pues ha renunciado previamente a una concepción de Europa en la historia; Renunciando a las ideas dará igual una Europa cristiana que musulmana, unida que disuelta. Se trata de puro pragmatismo; más allá de las próximas elecciones, de la solución del problema, no hay ideas ni ideales por los que merezca la pena discutir; ¿para qué, si no llegaremos a ningún acuerdo acerca de quienes somos y a donde vamos? Este pragmatismo tiene una consecuencia futura incalculable; renuncia a preguntarse por la Europa de sus hijos.
 
- En segundo lugar, al haber renunciado a una verdad universal, convierte la política en el engaño del razonamiento más hábil, en la sumisión de unos a otros, en propaganda. Es decir, en el populismo político. Fruto de esta concepción, Europa se rompe entre las élites políticas y los ciudadanos, los partidos políticos y las sociedades. El peligro de partitocracia desemboca en el escepticismo acerca de las instituciones Europeas, en el rechazo a la Constitución Europea, en la escasa valoración de unos líderes que oscilan entre el pragmatismo utilitarista y el populismo electoralista.
 
El pensamiento débil genera, en último término, la falta de liderazgo en los políticos europeos; éste se caracteriza por la incapacidad de ver el destino europeo más allá de las próximas legislaturas y por concebir la política exclusivamente como el instrumento para alcanzar el poder y mantenerlo. El liderazgo político se caracteriza, precisamente, por lo contrario. Afirma la existencia de metas y objetivos políticos comunes a los europeos; no se desentiende de la Europa futura, reconoce la personalidad histórica de la civilización europea. Y entiende la política, las instituciones y los partidos como instrumentos de esta misión histórica, y no al revés.
 
4. La Europa nihilista
 
Esta concepción de la política como algo instrumental, acelera el progreso relativista; cuanto más aguda es la crisis europea, el pragmatismo político y el populismo agudizan el problema. Y ello porque el relativismo moral europeo no es un estado estable, sino una tendencia; tiene una lógica propia, que es la de la eliminación paulatina de cualquier tipo de valor objetivo o histórico; la herencia cultural e histórica deja así de considerarse digna, porque es una entre muchas sin valor especial.
 
Es así como desemboca, necesariamente, en nihilismo; eliminado cualquier referente objetivo, todo está permitido sin tener que dar razón de ello; incluso frente a cualquier pretensión de racionalidad. En Holanda un grupo pide que se legalice la pederastia; asociaciones islámicas europeas piden que se legalice la poligamia, se prohíbe a una azafata exhibir un crucifijo en el cuello. Sin ninguna referencia objetiva, todo está permitido y cualquier cosa puede ser prohibida. Es el triunfo del irracionalismo.
 
Este es el peor aspecto de la crisis de valores que vive Europa. El relativismo camino del nihilismo no sólo no reconoce los valores europeos, sino que tiende a destruir cualquier vestigio valorativo. Es así como en Europa la mofa y escarnio del cristianismo y de la historia cultural europea se realiza sin ningún sentido, y sin ninguna finalidad más allá de la audiencia, la polémica, la sensación inmediata. Hoy, la misma libertad de prensa vive en un momento de crisis sin precedentes; separada de su finalidad originaria, la búsqueda de la realidad por encima y contra los poderes públicos, la libertad de prensa
 
Este nihilismo moral e intelectual implica el fin de los grandes ideales. La Europa de hoy se agota en la instantaneidad, en el momento, en las sensaciones o los éxitos actuales, sin preocuparse de nada más allá. Este desprecio por la capacidad humana de proponer valores universales tiene una consecuencia radical; el desprecio de la conciencia humana, considerada un mero contenedor de sentimientos y opiniones de escaso valor. Cuando la conciencia humana es despreciada, se tiende a reducir al ser humano a simple materia consumidora de materia. De ahí la deriva de la cultura europea hacia el consumismo, la carnalidad y el hedonismo.
 
Europa es la región mundial con mayor bienestar económico y material. Pero más allá de eso, se encuentra enfangada en un malestar consigo misma que no existe en ninguna otra parte. Este odio irracional es social, cultural, político. Afecta a todos los problemas para los que es, paradójicamente, la sociedad mejor preparada para afrontarlos. Este malestar se traduce en tendencias culturalmente y políticamente suicidas, y no es ajeno al hecho de que Europa es ya incapaz de proponerse metas e ideales más allá del puro subjetivismo y el hedonismo. La incapacidad de la razón para dar solución a este malestar genera a su vez más malestar.
 
2. Crisis de los valores, crisis de Europa
 
La crisis de unos valores intelectuales y morales no es ajena a la crisis política. En el ámbito de la política institucional y política interna, el rechazo al rigor, a la verdad y al bien se traduce en crisis política. En el ámbito de la política exterior europea, el relativismo y la búsqueda del acuerdo y el pacto con regímenes que representan lo contrario que Europa son la consecuencia y la muestra de una crisis política.
 
1. Crisis social e institucional europea
 
En relación con la política interior, Europa reconoce y alienta el relativismo intelectual y moral. Como la verdad, lo que está bien y mal queda reducido a creencia personal e individual. Por primera vez en la historia de Europa, se afirma que el cristianismo debe quedar reducido al ámbito de lo privado, y cualquier manifestación exterior erradicada. La Constitución Europea ignoró explícitamente el componente cristiano de la civilización europea.  En esta línea se encuentra la política laicista, abiertamente hostil contra lo moral y lo religioso del gobierno de Rodríguez Zapatero, que no es única en Europa.
 
La concepción que Europa tiene del bien y del mal es una concepción judeocristiana; carácter sagrado de la persona y de su conciencia, búsqueda del buen comportamiento, necesidad del bien común. El ser humano no es troceable; la concepción de lo que es bueno para Europa parte de las concepciones más íntimas. Los padres de la unidad europea eran partidarios de la Unión democrática y plural porque desde su intimidad creían en el carácter sagrado de cada ser humano, de su libertad y de su derecho a poner en discusión pública sus valores; El espíritu democrático que me anima no es una concesión a las tendencias de hoy, sino fruto del cristianismo entendido socialmente, practicado dentro y fuera del hombre, en toda la vida pública (Alcide de Gasperi)
 
Encerrar la ética en la esfera individual de la persona tiene como consecuencia el vaciado de la discusión europea acerca del bien y del bien común. El pluralismo es concebido como “el respeto a las opiniones de los demás”. Ello exige que el ciudadano no tenga convicciones que puedan chocar con las del otro, puesto que ello crearía conflicto y tensión. Por eso, tener convicciones en Europa hoy es sinónimo de intolerancia y dogmatismo. El relativismo se convierte así en una imposición colectiva que exige del ciudadano su pasividad ante lo público, en nombre del consenso y la paz social. Así, la defensa de los valores que constituyen la raíz de Europa es considerada antidemocrática, pese a que sea la que ha configurado el espíritu democrático europeo.
 
Tal pretensión es antieuropea. El espíritu democrático europeo ha consistido precisamente en que el ciudadano exprese en público su concepción de lo bueno y lo malo sin miedo a ser reprimido. Las instituciones jurídicas y políticas europeas, herederas del derecho romano y del pensamiento griego, reconocen por encima de ellas una naturaleza del hombre, una verdad incuestionable de la que dependen. Las comunes convicciones son el sustento de la democracia, afirmaba Tocqueville.
 
El pluralismo y la democracia no son posibles por la reducción de las creencias al ámbito de lo privado, sino precisamente al revés; sólo puede hablarse de libertad cuando el ciudadano puede expresar libremente sus opiniones acerca del bien político, aquello situado más allá de las leyes y las normas coyunturales.
 
2. Crisis diplomática europea
 
La crisis de valores se expresa también en la relación de Europa con el resto del mundo. Ante la falta de legitimidad para considerar sus valores verdaderos y válidos para cualquier ser humano, los valores europeos no son exportables. Afirmar la existencia de unos valores universales es así una imposición, por lo que lo mejor es respetar las prácticas culturales y políticas de otras civilizaciones. Desde el respeto a todas las culturas, la práctica de vudú, la ablación del clítoris o la poligamia son tan respetables como las fiestas de navidad, el juramento hipocrático o la igualdad entre hombre y mujer.
 
Pero ya se ha visto que el relativismo europeo no es simple pasividad, es también nihilismo; el rechazo violento e incondicional de los valores europeos. La siguiente consecuencia de ello es el odio a sí misma que experimenta Europa. La historia europea es concebida exclusivamente en términos de rechazo, y se pasa a denunciar y atacar los valores que constituyen su esencia ante los demás. Europa llega a verse a sí misma como la culpable de los males que afectan al mundo, desde el terrorismo a la pobreza o las dictaduras. Tras el 11 de septiembre, Europa se considera a sí misma y a su historia de las desgracias que afligen a la humanidad.
 
Este relativismo en los valores y el odio a sí misma que experimenta Europa se encarna políticamente en la Alianza de Civilizaciones de Rodríguez Zapatero, que desde este punto de vista se basa en los dos supuestos;
 
1.      Los valores europeos no presentan valor alguno que los haga dignos de ser adoptados por ningún país del mundo.
 
2.       De hecho, los valores europeos son disvalores, puesto que a lo largo de la historia han sido responsables de calamidades sin precedentes.
 
Paradójicamente, estos supuestos de relativismo y culpabilidad son solamente admitidos en la cultura europea. Si la defensa de ideales en el interior es considerada dogmatismo y autoritarismo, en el exterior la convicción de que unos valores son superiores a otros conlleva necesariamente el enfrentamiento, y por tanto la posibilidad de guerra. La guerra, desde el relativismo europeo carece de sentido, puesto que no hay valores ni bienes por los que luchar.  La diplomacia del talante es la consecuencia de la renuncia a unos valores, primero, y su rechazo explícito después.
 
3. Valores y peligro existencial europeo
 
1. Peligro para las libertades europeas
 
La primera consecuencia para el futuro europeo del relativismo moral e intelectual es la indiferencia de los ciudadanos ante lo público. La crisis de los valores europeos desemboca necesariamente en la crisis de las instituciones que de ellos dependen. Si la opinión del europeo acerca de lo qué es y debe ser Europa es meramente subjetiva, su participación en el debate público carece de sentido. Esto ya se está produciendo; participación escasa en elecciones europeas y nacionales, desinterés por los asuntos europeos, escepticismo ante la política.
 
Desvinculado de los asuntos públicos, indiferente al destino de la política, el europeo vivirá encerrado en su propio mundo, dedicado a sus asuntos e indiferente a la suerte de los demás. La única libertad de elección se limitará al mundo material; al consumismo, al materialismo desgajado de cualquier ideal moral o político. La política quedará al margen de sus decisiones, porque no será nadie para proponer fines. Esta concepción de la libertad no sólo está limitada, sino que es profundamente contraria al espíritu liberal y democrático europeo, que cree en la libertad con mayúsculas, aquella que permite al ciudadano presentar sus convicciones en la plaza pública.
 
La libertad queda reducida así al ámbito privado. Todo esto conlleva una consecuencia grave de nuevo antieuropea; el relativismo transmite toda la responsabilidad humana al Estado, y deja al ciudadano responsable, únicamente de cuestiones menores. Puesto que la responsabilidad es la otra cara de la libertad, la conclusión es que la crisis de los valores europeos conlleva la crisis de la propia libertad de los ciudadanos. La crisis de los valores y el remedio propuesto, mayor relativismo, pone paulatinamente en riesgo la propia libertad europea.
 
En segundo lugar, el relativismo viene acompañada de falsos equivalentes de la religión, es decir, teorías globales que tienen una concepción del bien dogmática pero que se presentan como democráticamente indiscutibles; se trata de la Ideología. El laicismo obliga a las creencias morales y religiosas a permanecer en el ámbito privado; lo hace en nombre de la democracia, la tolerancia y el consenso. Pero el laicismo no es en absoluto neutro, y propone su propio bien, sólo que al construirse en nombre de la convivencia y de la democracia, no admite discusión ni oposición.
 
Todo lo demás se trivializa y se relativiza; se fomentan los excesos sexuales, se reduce la vida humana a carnalidad, hedonismo. La búsqueda de la belleza es sustituida por la apoteosis de la vulgaridad. La vida humana deja de ser sagrada, y se elimina al comienzo de la vida y al final de ella. Pero la destrucción de las creencias seculares europeas, la denuncia de los ideales tradicionales se convierte en un dogma indiscutible y públicamente obligatorio.
 
De esta forma, los valores de la democracia europea tienden a cambiar de sentido: ya no son las instituciones europeas las que sirven a los valores sociales, sino que es la sociedad europea la que se acomoda a los valores que se le imponen. El laicismo comienza así a perseguir todos aquellos valores que propongan una concepción del bien alternativo al suyo. En esta lógica, Europa corre peligro de desembocar en el totalitarismo democrático, aquel que sepulta la dignidad de la persona en nombre del consenso y la tolerancia, convertidos en una religión dogmática y fundamentalista. Es decir, la sociedad civil dependiendo de las instituciones y no al revés.
 
2. Disolución europea en el mundo
 
En relación con el exterior, el diálogo entre civilizaciones se torna inexistente; él diálogo entre culturas resulta imposible cuando una de las partes no se reconoce a sí misma. La palabra diálogo proviene del latín  dialŏgus, que procede a su vez del griego διλογος; éste está formado por la unión de la preposición δι, “entre” y λογος, que tiene tres acepciones; explicación de las cosas y razón universal. El diálogo, por tanto, exige dos cosas; la confrontación de opiniones distintas y la existencia de una verdad común a ellas. Los partidarios del relativismo lo son también del diálogo, pero esto es imposible si se renuncia a ofrecer nada ante el otro. El diálogo con otras culturas que sí portan sus propios valores y los defienden como tales se convierte en conversión a ellos; el relativismo no es diálogo sino rendición.
 
Evidentemente, si Europa renuncia a ofrecer sus valores al resto del mundo y los pone en duda en su interior, el hueco dejado será llenado por valores ajenos a ella. Si Europa expulsa sus propios valores de la esfera política, otros vendrán a ocupar el espacio dejado. El laicismo puede ser lo suficientemente fuerte como para llevar a Europa a renegar de sí misma; pero es evidente que no lo será cuando se enfrente a valores que lo consideren una herejía eliminable físicamente.
 
Convertir a un continente entero necesita, en primer lugar, vaciarlo de creencias. El laicismo progresista es compañero de viaje del islamismo. En efecto, son los grupos islamistas europeos y los gobiernos y grupos islamistas en el exterior quienes jalean y promueven la expulsión del cristianismo de la vida pública; eliminando los valores heredados de la tradición griega, romana y cristiana, la vida pública quedará preparada para ser ocupada por los valores de una tradición distinta. Ello está ocurriendo por una doble vía, la ideológica y la demográfica.
 
En Europa viven actualmente unos 25 millones de musulmanes, y se calcula que en el año 2050 un 20% de los europeos serán musulmanes. Los europeos están dejando de lado los valores tradicionales, y los están condenando a desaparecer también físicamente; en Europa, las parejas se casan tarde y no tienen hijos. Por el contrario, la inmigración islámica en Europa trae consigo unas creencias políticas y religiosas muy fuertes. Las parejas se casan jóvenes, y tienen un alto número de hijos.
 
El descenso de ciudadanos originalmente europeos y el rechazo de éstos hacia sus propios valores, unido al aumento de la inmigración islámica y a sus fuertes creencias, dan como resultado la implantación progresiva de los valores islámicos en las sociedades europeas.  Las tendencias demográficas dan por buena la advertencia de Bernard Lewis; Europa será islámica antes de final de siglo.
 
3. Un futuro en peligro
 
La crisis de valores tiene como consecuencia inmediata una política pragmática y populista, cuya característica principal es su instantaneidad; la crisis del liderazgo europeo es precisamente la crisis del pensamiento de sus élites intelectuales y políticas. En la medida en que éstas rechazan la herencia histórica, política y cultural recibida, se muestran incapaces y desinteresados en pensar Europa como futuro. Lo que caracteriza a la ausencia de liderazgo en los políticos europeos es la ausencia de convicciones y la ausencia de acción y decisión política. La respuesta europea ante los peligros que se le presentan es así la pasividad, esperar a que los problemas pasen solos o alguien se los resuelva.
 
Ello implica el cortoplacismo ético y político; el interés exclusivamente en lo instantáneo, las elecciones, las encuestas, las cifras económicas. Europa hoy no vive según una continuidad entre su pasado histórico y su proyecto futuro; el primero se discute, el segundo es hoy inexistente. Vive por y para el presente. Pero el propio concepto de autoridad política queda afectado; el orden social, contrariamente a lo que supone el pensamiento débil, no es explicable por sí mismo sin más. Sólo hay dos opciones para explicar la paz y el orden social; o es producto de unas convicciones comunes o es posible por la represión y la violencia.
 
El milagro democrático europeo se basa en unas concepciones comunes, heredadas del cristianismo, sobre las que se edifica la sociedad pluralista. Europa está constituida por regímenes constitucional-pluralistas; la pluralidad de grupos y de puntos de vista tiene como límite unas convicciones comunes sobre un bien común que quedan plasmados en las constituciones. Estas convicciones comunes no sólo homogeneizan, sino que impulsan a la comunidad hacia el futuro.
 
Pero la ausencia de estos valores comunes genera automáticamente la crisis del orden social y de la autoridad. Ésta remite directamente al conocimiento de lo justo y lo injusto; legislar es, de hecho reconocer la justicia y la injusticia dentro de una comunidad. Pero el relativismo europeo niega la posibilidad de una justicia objetiva y de una autoridad. El nihilismo ético trae consigo el desprecio de la ley; nunca como hasta ahora la sociedad europea había desprestigiado tanto el respeto a la ley y su cumplimiento. En el interior, son los propios Estados los que se saltan los tratados que ellos mismos han firmado (caso de Niza); en el exterior, permiten a los demás saltarse la legislación internacional, y ellos mismos la incumplen a cada momento en relación con Estados y grupos totalitarios y dictatoriales.
 
La consecuencia es, evidentemente, la ausencia de un orden político y social estable, puesto que éste queda sujeto a las necesidades instrumentales de cada momento. Si no existe un orden europeo objetivamente común a los europeos, cualquier modelo puede imponerse a cada momento; es imposible saber a qué atenerse en cada instante, puesto que todo criterio objetivo es rechazado y queda a merced del poder político. 
 
En el caso europeo, la relativización del concepto de familia pone en cuestión la definición misma de esta institución; ¿cómo pensar en el futuro de las familias europeas si en el futuro el término familia puede significar cualquier cosa? El relativismo defiende la posibilidad de denominar familia a uniones homosexuales, polígamas, afectivas de todo tipo. Todo puede ser considerado familia, incluso formas que hoy resultan impensables. Así, el hecho es que las familias europeas de hoy ignoran por completo en que contexto familiar vivirán sus descendientes en el futuro. Lo ignoran todo acerca del orden social y político en el que vivirán sus hijos y descendientes. Europa no tiene la seguridad de que en el futuro continuará siendo lo que es en el presente.
 
La crisis de los valores lleva consigo la inseguridad social y política propia de una política que cambia a cada momento según las necesidades del momento. Esta inseguridad trae consigo dos conceptos peligrosos y contrarios a la tradición democrática europea; la arbitrariedad en el uso del poder, no sujeto a ninguna norma ni ley externa a sí mismo, que afecta ya a los países europeos; y la inestabilidad europea hacia los valores del exterior que puedan presentar una coherencia mayor.


 

 
 
Óscar Elía es Analista del GEES en el Área de Pensamiento Político.


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