(Publicado en La Razón, 12 de enero de 2007)
La “nueva estrategia” de Bush no tiene mucho ni de nueva ni de estratégica, pero sí mucho de Bush. Ha sido muy injusto hablar de “su” guerra cuando casi el 90% del pueblo americano la pedía en las jornadas que siguieron al 11-S, una abrumadora mayoría del congreso la votó, incluidos todos los aspirantes demócratas con alguna posibilidad presidencial en el 08, fue reelegido en el 04 con la guerra por delante, y la oposición ha votado hasta ahora todos los enormes créditos extraordinarios que se han necesitado par llevarla a cabo. Pero la guerra fue un factor esencial en la reciente derrota de su partido en las elecciones de medio mandato y en estos momentos sólo el 20% del público apoya el modesto aumento de tropas que era sabido que iba a proponer.
En su discurso Bush no se ha cubierto la cabeza de ceniza ni se ha flagelado las carnes para complacer a sus enemigos, pero reconoce paladinamente que “donde se han cometido errores, la responsabilidad es mía”. Su primer mérito, o locura, será sacar adelante el plan en Washington, contra la enemistad jurada de los demócratas y el recelo de un número creciente de congresistas republicanos que tendrá que revalidar sus escaños en las urnas dentro de veintidós meses. Es un pulso cuya victoria no está asegurada. El parlamento tiene las cuerdas de la bolsa y si no la abre echa por tierra todo el proyecto. El presidente apuesta muy alto contando con que no se atreverán a asumir la responsabilidad de haber dejado tiradas a las tropas frente al enemigo. Pero el encontronazo es de primer orden. No sólo Bush asume el plan y el costo político de sacarlo adelante sino que además abandona por completo la actitud de dejar la conducción de la guerra en manos de los militares, pasando a tomar directamente las riendas.
Un nombre adecuado puede caracterizar una estrategia, pero ésta no lo tiene, ni siquiera una definición, de manera que la pregunta no es tanto ¿qué hay de nuevo? Sino más bien ¿en qué consiste?, puesto que nadie llamaría estrategia a enviar 20.000 soldados más. Pero queda claro que de lo que se trata de “iraquización”, que es de lo que se ha tratado siempre desde que embarrancó el brillante empeño inicial. En otros momentos Bush la definió diciendo “a medida que ellos se alzan nosotros nos retiramos”. “Ellos” eran y son las fuerzas de seguridad iraquíes en construcción bajo la tutela americana. De hecho, la propuesta supone un paso más en esa dirección, implica que “ellos” caminan ya por su propio pié. Porque aunque el discurso no presente nada como radicalmente nuevo da por sentada una inversión de papeles que si es absolutamente novedosa. No se habla ya de los americanos tomando siempre la iniciativa militar con el apoyo de algunas fuerzas locales. Ahora se presentan las cosas al revés. “Nuestras tropas tendrá una misión bien definida: Ayudar a los iraquíes a despejar y asegurar los vecindarios, ayudarles a proteger a la población local y ayudar a que las fuerzas iraquíes que queden detrás sean capaces de proporcionar la seguridad que Bagdad necesita”.
“Despejar y asegurar” nos recuerda otra formulación de la estrategia puesta en práctica por los americanos en los dos últimos años, o más bien de su dimensión operacional: “despejar, mantener y construir”. Limpiar el terreno de enemigos, mantenerlo y emprender los trabajos de reconstrucción y desarrollo con los que atraerse a la población mediante el crecimiento y el empleo. Lo primero no fue problema cada vez que se lo propusieron pero las fuerzas nunca fueron suficientes para mantener lo conquistado y por tanto la reconstrucción estuvo siempre en precario. Ahora se trata de hacerlo mejor, con más recurso, concentrando el esfuerzo en la capital como punto neurálgico cuya mejora repercutiría en la marcha general del país. Tampoco eso es nuevo. En junio primero y en agosto después fracasaron sendas operaciones con similar objetivo.
La cuestión es si aumentando las fuerzas en más del doble, americanas e iraquíes, va a ser posible. Es mucho en términos relativos pero no es probable que sea suficiente. Los más creen saber que todo el plan está irremisiblemente abocado al fracaso y por tanto es un sacrificio inútil. Yo sé que nadie lo sabe. Ni Bush ni sus críticos. Por tanto alguna posibilidad de éxito no puede descartarse. Aunque sea aleatoria y resida en el tiempo que se gana, porque la guerra es cambiante e incluso el mismo deterioro progresivo puede crear nuevas oportunidades políticas, cómo de hecho nunca ha dejado de suceder. Aumentar la fuerza y la intensidad de las operaciones es incrementar inexorablemente la violencia y destrucción y el clamor de toda suerte de pacifismo, anticonservadurismo y antiamericanismo. Si nos presentaran una alternativa con visos de viabilidad mejor de lo que tenemos habría que abrazarla. Pero se guardan muy mucho porque nadie es capaz de verla por ninguna parte. Si hay alguna posibilidad de contener la sangría hay que intentarlo, porque sino la sangría no hará más que crecer con americanos o sin ellos y las consecuencias serán todavía más terribles para los que ya las padecen en grado sumo y se extenderán por todo el Oriente Medio hasta llegar a la puerta de nuestras casas.