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Sadam Hussein. Lecciones de una experiencia fallida
En letra impresa nº 675   |  8 de Enero de 2007
 
(Publicado en Época,  5 de enero de 2007)
 
 
El ajusticiamiento de Sadam Hussein pone fin a un largo y terrible período de la historia de Iraq, el que va de la esperanza de una nación muy rica que avanzaba con decisión por el camino de la modernización hasta la ruina económica y una crisis política donde todo está en duda y casi nada resulta seguro.
 
¿Cómo se pudo destruir un país que partía de las mejores condiciones? En términos generales la respuesta es tan vieja como conocida. Cuando se horadan los cimientos del estado de derecho se prepara el camino para la dictadura. Cuando los organismos internacionales no cumplen con la misión para la que fueron creados, estas dictaduras se convierten en un problema permanente para la seguridad internacional. Cuando las grandes potencias practican políticas puramente realistas los problemas no se resuelven, sino que empeoran.
 
Sadam nació en una pequeña aldea próxima a Tikrit. Huérfano de padre cayó bajo la tutela de un tío materno, maestro, que lo trasladó, con el resto de la familia, a Bagdad. De aquellos años tenemos noticia de su reputada fama de dirigente pandillero, de hombre violento con fama ganada a base de puñetazos en las calles de la capital. Entró en el partido Baas, la versión sirio-iraquí del naserismo egipcio, una combinación de nacionalismo y socialismo, ajeno a la cultura democrática. En el Baas hizo valer sus méritos, participando en el intento fallido de asesinato del Presidente, el general Qasem. Consiguió escapar a Egipto, donde continuó sus estudios y avanzo su profesionalización como especialista en violencia política.
 
En El Cairo se hizo asiduo de los medios norteamericanos. Estados Unidos había apostado por la monarquía hachemita, pero ésta había caído violentamente. La Unión Soviética estaba detrás de Qasem y la estrategia del dominó seguiría adelante. Para impedirlo Washington practicó el principio del mal menor: lo urgente era reducir la influencia de Moscú. El mismo argumento que llevó a Osama ben Laden a visitar la embajada norteamericana en Pakistán. No se quería ir más allá. Estados Unidos no se veía con fuerzas para aplicar una política democratizadora a lo largo de un período prolongado. Más aún, a su entender los árabes no parecían predispuestos para vivir en libertad.
 
En 1963 un golpe de estado derribó a Qasem y el baasismo accedió al gobierno. Tras un período de incertidumbre y cambio político Ahmad Hasan al-Bakr, primo de Sadam, se convirtió en el hombre fuerte y no dudó en llevar consigo a Sadam, que al cabo del tiempo sería nombrado vicepresidente. Desde su nuevo puesto pudo controlar la estructura del partido y conocer todas sus características. Cuando se sintió fuerte, en 1979, desplazó a su primo en un golpe palaciego y asumió todos los poderes.
 
Desde su llegada Sadam impuso una nueva dirección a la política exterior iraquí. Tras la revolución islamista en Irán creyó llegado el momento para tratar de consolidar una nueva hegemonía iraquí en Oriente Medio, trasformando su país en la indiscutible cabeza del Mundo Árabe. Irán representaba la opción islamista como forma de regenerar el Islam, frente a la nacional-socialista de los baasistas. El cambio preocupaba en Bagdad, más aún teniendo en cuenta que Iraq era un país de mayoría chiíta gobernado por una minoría sunita. A ese hecho se sumaban las malas relaciones que tenían con Estados Unidos y, en general, con Occidente. Sadam declaró en septiembre de 1980 la guerra y logró el apoyo occidental, no por simpatías hacia su régimen sino como instrumento para controlar la revolución iraní.
 
Con la guerra llegó el desarrollo de los programas de armamento y, en especial, los de destrucción masiva, químico y nuclear en primer lugar, y biológico más tarde. Las armas químicas fueron usadas en el campo de batalla, en una guerra que resultó frustrante para los iraquíes, pues a pesar de los sacrificios en vidas y hacienda los resultados fueron vanos.
 
La guerra agravó tensiones latentes desde la creación del propio estado por los británicos. Iraq no responde a un estado preexistente, como es el caso de Marruecos, Egipto o Irán. Es la suma de un conjunto de territorios que durante siglos habían formado parte del Imperio Turco, pero cada uno con un gobernador propio. La convivencia forzada de árabe-chiítas, árabe-sunitas, kurdos, turcomanos, asirios y caldeos era una fuente de problemas, agravada por el casi monopolio del poder de un sector del sunismo. La represión creció, tanto particular como colectiva. La tortura y el encarcelamiento se extendieron, sin que en Occidente se oyeran las voces de escándalo que tronaron ante los ignominiosos sucesos de Abu Graib. La matanza de Duyail, por cuya condena ha sido ahorcado, es uno de los primeros ejemplos de represión colectiva. Una ciudad chiíta en la que fueron asesinados unas ciento cincuenta personas como represalia por un previo intento de asesinato del propio Sadam en 1982. Más conocida, por la excepcional gravedad de los hechos, es la campaña de represión contra los peshmergas kurdos, que llevó al bombardeo con productos químicos de varias poblaciones situadas en los valles de Jafati y Sharhbazar. Se estima que el número total de muertos rondaría los 6.000, destacando los habidos en la ciudad de Halabja, donde se concentró la represión, que podrían haber ascendido a 5.000.
 
Tras el fracaso de la guerra con Irán, Sadam se lanzó en 1990 a la conquista de Kuwait, convencido de que Estados Unidos no haría nada para evitarlo y que su logro permitiría al régimen ganar tanto recursos económicos como influencia para establecer su ansiada hegemonía. Sadam calculó mal. Estados Unidos movilizó una gran alianza y el ejército iraquí fue humillantemente derrotado. Sin embargo, el presidente Bush detuvo sus tropas antes de llegar a Bagdad, permitiendo la pervivencia del régimen.
 
El realismo norteamericano había creado un monstruo que mantenía en pié por no querer asumir las consecuencias de su caída. El hecho fue aún más escandaloso ante la represión contra chiítas y kurdos, cuyo levantamiento había sido animado por EE.UU. para forzar la rendición de Sadam.
 
Sadam incumplió las condiciones del alto el fuego. El régimen de sanciones no se aplicaba correctamente, con la complicidad de los funcionarios de Naciones Unidas que, una vez más, hicieron lo contrario de lo que se esperaba de ellos, protegiendo a un gobierno corrupto que incumplía las resoluciones del Consejo. EE.UU., desde una nueva estrategia, optó por poner fin a su régimen. Su ajusticiamiento era cuestión de tiempo.

 


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