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Saddam en el infierno
En letra impresa nº 673   |  4 de Enero de 2007
 

(Publicado en Expansión, 4 de enero de 2007)

Europa no quiere muertos. Un primer ejemplo: Cuando hace unos pocos años Francia sufrió una terrible ola de calor estival cuya consecuencia fue la muerte de más de cinco mil ancianos, lo peor no fue esa dramática cifra, sino que la mayoría de ellos se pudriesen en la morgue porque ninguno de sus familiares estaba dispuesto a renunciar a sus vacaciones.
 
Otro caso: cuando los europeos van a una guerra ésta sólo puede ser “humanitaria” y sin bajas. Y lo más curioso es que la tolerancia cero se aplica tanto a las bajas propias como a las del adversario.
 
Por eso no hay que sorprenderse de los cánticos entonados estos últimos días condenando la ejecución de Saddam Hussein, uno de los mayores tiranos y déspotas de la Historia. Curiosamente –tal vez no- quienes más se opusieron a la intervención que le derrocó, más rechazaban a una condena justa y merecida.
 
Hay quien ha dicho que el juicio no contó con todas las garantías legales necesarias (lo cual en un país como el nuestro donde se llega a imputar, pongo por caso, a unos peritos por una falsedad que no cometieron, no deja de ser chocante) o quien ve la mano de George W. Bush detrás de la ejecución. Dejemos a cada cual con sus demonios.
 
Más serios me parecen quienes rechazan la pena de muerte por problemas morales o religiosos, pero salvo la tibia crítica del Vaticano, la mayoría de corifeos que querían a Saddam vivo no iban por ese camino.
 
Para mi, hay cuatro poderosas razones que hacían necesario el cumplimiento de la condena. En primer lugar, porque un Saddam vivo aunque encarcelado seguiría sirviendo de motor a la incitación de la violencia en Irak. No ha dudado en usar el banquillo  para intentarlo una y otra vez. Muerto, se acabó con ese foco ponzoñoso; la segunda, porque Irak no puede garantizar hoy, en el clima de violencia en el que está inmersa, el cumplimiento de una sentencia de por vida. Ya ha habido demasiadas fugas de sus cárceles. Muerto, no escapará a ningún sitio; la tercera, porque saldan nunca mostró durante todo el proceso la más mínima señal de arrepentimiento, más bien lo contrario. Concederle una gracia a alguien que dice que volvería a hacer lo mismo va en contra de la razón; y la cuarta, porque no estamos hablando de un criminal cualquiera. Cierto, se le ha condenado tan sólo por 148 asesinatos. De seguir todavía vivo debería enfrentarse a cargos por más de millón y medio de muertes de iraquíes cuya única culpa era haber nacido kurdos o shíis, o siendo sunnís, haberse rebelado contra su dictadura. Ah, y además, su ejecución no va a aumentar la violencia. Ni su captura ni el anuncio de su condena lo hicieron en su día.
 
Donde menos daño Saddam puede hacer es en el infierno de donde sólo saldrá el día del juicio final. Eso sí, para volver rapidito a él.


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