(Publicado en ABC, 2 de enero de 2007)
Recuerdo que una de las cosas que más me impresionó de mi paso como alumno por la Facultad de Geografía e Historia fue el descubrir la paradoja de que la principal condición de un historiador era tener imaginación. En apariencia el historiador va componiendo el puzzle de los hechos relevantes ocurridos en el pasado a partir de los datos que va encontrando. Sin embargo, sin imaginación difícilmente sorteará dos obstáculos esenciales. El primero es ser capaz de recrear una sociedad o un individuo que ya no existen, sin caer en anacronismos. El segundo es comprender una cultura desde su propia historia y no sólo desde los ojos altivos de un europeo que se cree superior.
Estos recuerdos me vienen a propósito de los comentarios publicados en la prensa europea sobre la ejecución de Sadam Husein. Casi unánimemente hemos condenado el ahorcamiento. Estamos en nuestro derecho. Es nuestra opinión. Sin embargo, olvidamos que durante siglos practicamos la pena capital y que sólo muy recientemente la hemos abolido. Ha sido, por lo tanto, el resultado de un proceso, cuyo final está abierto. Estados norteamericanos también la abolieron para luego volver a aplicarla.
En Irak, la inmensa mayoría está de acuerdo en la aplicación de la pena de muerte y, muy especialmente, en el caso de Sadam. ¿Qué ocurriría si no le hubieran ajusticiado? ¿Cómo habrían reaccionado ese 90% de la población que ha rechazado inequívocamente a Sadam? Desde luego, se hubieran sentido defraudados.
No deja de sorprender que los que criticaron la instauración de un régimen democrático, argumentando que Irak no estaba preparado a pesar de las colas de votantes jugándose la vida, critiquen ahora una decisión que es la expresión de su propia cultura. ¡No es bueno que vivan en democracia porque es occidental, pero es malo que ahorquen porque no lo es!