(Publicado en La Razón, 29 de noviembre de 2006)
No es fácil ser Papa y menos viajando a tierra del Islam. Para colmo un emperador bizantino, que no era católico pero sí cristiano, dejó escritas unas palabras cuando los turcos, que no son árabes pero sí musulmanes, cercaban su capital, de la que se apoderarían medio siglo más tarde, las cuales, renacidas en la boca de Benedicto XVI, han interpuesto un obstáculo más a viaje tan delicado.
Quizás por parte de los de ánimo airado no hayan sido más que un mero pretexto, y todo habría sido igual si no se hubieran mencionado. Muy probablemente Benedicto XVI cometió un error de cálculo pues es indudable que no buscaba la reacción que suscitó. Parece también claro que quería plantear con toda nitidez el problema central de las relaciones entre una y otra fe y las civilizaciones a que han dado lugar. Las respuestas no deseadas no han hecho más que darle la razón, incluso trágicamente. Si diálogo ha de haber, el problema no podrá eludirse.
Las palabras son duras, pero no dejó de rodearlas de ciertas delicadezas. Citó primero la aleya 256 de la segunda sura del Corán, que habla de tolerancia en términos encomiables: «No cabe coacción en cuestiones de fe». Luego hizo hablar al bizantino, dirigiéndose a un seguidor del Profeta, «de manera sorprendentemente brusca», dice el ilustre conferenciante: «Muéstrame aquello que Mahoma ha traído de nuevo y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su instrucción de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba».
Palabras durísimas y en muchos aspectos injustas, porque el Corán contiene infinidad de exhortaciones a la misericordia y a otra serie de virtudes que nadie pondría en cuestión. El texto sagrado islámico contiene otros preceptos que chocan frontalmente con nuestra sensibilidad moral, tanto cristiana como laica, hasta el punto de ser incompatibles con los ordenamientos jurídicos del mundo que consideramos libre y democrático. Pero lo único que el emperador saca a colación es el tema de la jihad que hoy como en los peores momentos de la historia nos acosa y nos enfrenta, nos guste o no y que por tanto ha de ser central a cualquier intercambio de ideas y cualquier intento de búsqueda de convivencia, no sólo entre occidente y el mundo islámico, sino entre éste y cualquier otra civilización o creencia religiosa.
A lo que Manuel II Paleólogo se está refiriendo es a la llamada «aleya de la espada», la 5ª de la 9ª sura, que dice «cuando hayan transcurrido los meses sagrados, matad a los asociadores donde quiera que los encontréis. ¡Capturadlos! ¡Sitiadlos! ¡Tendedles emboscadas por todas partes!» El traductor se ha inventado esta palabra, «asociadores», para traducir el término que Mahoma utiliza para designar a los que adoraban a Dios pero le asociaban divinidades paganas. Quizás musulmanes que no habían abandonado el mundo de las supersticiones preislámicas. Luego la aleya continúa «pero si se arrepienten, hacen la oración y dan la limosna, entonces ¡dejadlos en paz! Dios es indulgente, misericordioso».
El tema ha quedado planteado y no puede soslayarse y quien explote por el hecho de que se mencione no está siendo indulgente ni misericordioso y adora la espada y aborrece cualquier tipo de diálogo. Desde el viaje a su tierra natal en septiembre el Papa ha expresado reiteradamente su dolor por que palabras tan marginalmente pronunciadas en un contexto universitario donde la libertad de expresión de ideas se da por supuesta, hayan sido tomadas como ofensivas, en contra manifiestamente de sus intenciones. Nadie desde el otro bando ha censurado las numerosas y por desgracia ya consabidas reacciones violentas y coactivas.
A los embajadores de países islámicos les recordó lo que dijo Juan Pablo II en Casablanca: «Respeto y diálogo requiere reciprocidad en todas las esferas, especialmente en lo que concierne a las libertades básicas, muy particularmente la libertad religiosa. Ellas favorecen la paz y el entendimiento entre los pueblos». Con estas palabras como programa el Papa ha querido seguir adelante con un viaje previsto de antemano y a sus 78 años arrostrar todos los inconvenientes que suponen, incluidos de seguridad física, a los que el Gobierno turco habrá dado respuesta adecuada. Él ha acudido al encuentro mientras que un presidente que hace bandera política de su fe islámica, donde –otro problema– no se distingue entre lo que corresponde a Dios y al César, se lo ha pensado mucho antes de, en el último momento, recibirlo, mientras que otros se disponen a manifestar su aprecio por el diálogo dándole una estentórea malvenida.
Este problemático viaje no deja de ser un importante test de si un tímido inicio de aproximación es posible. Turquía es el más secular de los países musulmanes, tanto que resulta una anomalía en su contexto y casi una curiosidad para los demás. El 96% de la población se declara musulmana, pero las estructuras estatales tienen absolutamente prohibida cualquier manifestación de confesionalidad. El viajero se sorprende de que el viernes no sea día festivo y lo sea el domingo. El país mira por encima del hombro a los vecinos que les transmitieron la fe –¡pero miren de qué gente estamos rodeados!– y quisiera ser contabilizado como un occidental más. Si se pregunta a europeos y americanos con experiencia larga en el país, la respuesta es casi unánime: la élite sí, la masa no. Si el intento fracasa aquí, ¿dónde podrá triunfar?