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La segunda peor opción
Colaboraciones nº 1362   |  29 de Noviembre de 2006
 

(Publicado en The Jerusalem Post, 13 de noviembre de 2006)

Una semana antes de las elecciones americanas al Congreso, The New York Times publicaba una noticia en portada a la que sólo le faltaba admitir que el programa nuclear de Irak había estado activo hasta marzo del 2003, cuando una coalición encabezada por Estados Unidos depuso a Saddam Hussein. La información del Times procedía de las inquietudes de funcionarios de la Agencia Internacional de la Energía Atómica respecto a documentos iraquíes incautados que la administración había colocado en Internet.
 
Los documentos en cuestión contenían diseños de una bomba nuclear iraquí que podrían ser útiles para estados criminales como Irán, que actualmente trabajan en construir un arsenal nuclear. El artículo del Times también informaba de que, en el pasado, la misma página web había publicado documentos iraquíes relativos a los agentes nerviosos Tabún y Sarín. Fueron retirados después de que su contenido provocase preocupaciones similares entre funcionarios del control de armas de la ONU.
 
En respuesta a la noticia del Times, una página web de seguridad internacional gestionada por Ray Robinson publicaba una traducción de una noticia que apareció en la página web del rotativo kuwaití Al Seyassah el 25 de septiembre. Citando fuentes de la Inteligencia europea, la información del Al-Seyyassah afirma que a finales del 2004, Siria comenzó a desarrollar un programa nuclear cerca de su frontera con Turquía. Según la información, el programa de Siria, que está siendo controlado por el hermano del Presidente Bashar Assad, Maher, y protegido por una brigada de la Guardia Revolucionaria, "ha alcanzado la etapa de actividad media".
 
La información kuwaití sostiene que el programa nuclear sirio "depende de equipamiento y materiales que los hijos del depuesto líder iraquí, Uday y Qusai… transfirieron a Siria utilizando docenas de camiones y trenes civiles antes de la invasión británico-norteamericana de marzo del 2003". La información también afirma que el programa nuclear sirio es apoyado por los iraníes que controlan el programa, junto con científicos nucleares iraquíes y especialistas nucleares musulmanes procedentes de repúblicas musulmanas de la antigua Unión Soviética.
 
El programa "fue construido originalmente sobre los restos del programa iraquí después de ser transferido por completo a Siria".
 
Este informe se hace eco de las advertencias expresadas por el entonces primer ministro Ariel Sharon en los meses previos a la invasión de Irak encabezada por Estados Unidos de que grupos sospechosos de camiones estaban viajando de Irak a Siria. Las advertencias de Sharon fueron más tarde apoyadas por las declaraciones del ex mando del personal del ejército, el General Moshe Ya'alón, que el año pasado declaró que Irak había transferido sus arsenales no convencionales a Siria en vísperas de la invasión.
 
Según el Prewar Intelligence Review Phase II del Senado de los Estados Unidos, que estudiaba la información de Inteligencia de preguerra sobre el programa armamentístico nuclear de Irak, en el 2002 Estados Unidos supo del ministro de exteriores iraquí que mientras que Irak no había adquirido aún un arsenal nuclear, "Irak estaba agresiva y encubiertamente desarrollando" armas nucleares. El informe del Senado concluye que a Saddam le dijeron sus propios especialistas en armamento que Irak lograría la capacidad armamentística nuclear "en cuestión de 18 a 24 meses de adquirir material fisible".
 
En las semanas y meses posteriores a los ataques del 11 de septiembre del 2001 contra Estados Unidos, el Presidente George W. Bush afirmaba repetidamente que el desafío primordial a la seguridad de América era evitar que los regímenes más peligrosos del mundo adquiriesen armas no convencionales, y particularmente nucleares. Cuando las declaraciones de Bush son examinadas en el contexto de los diseños de bomba nuclear iraquí aparentemente avanzados que fueron colocados en la página web en las últimas semanas, queda claro que la invasión encabezada por Estados Unidos evitó con éxito que Saddam Hussein adquiriese armas nucleares.
 
En su discurso del Estado de la Unión del 2002, Bush colocó a Irak en la misma categoría de amenaza para la seguridad nacional americana que Irán o Corea del Norte. Los tres estados criminales, argumentaba Bush, constituían "un eje del mal" que debe evitarse que adquiera armas nucleares.
 
La insurgencia post-Saddam en Irak - una insurgencia catalizada y patrocinada en gran medida por Irán - ha provocado que Estados Unidos y sus socios de la coalición no tengan respiro. Alrededor de 3000 efectivos de la coalición han sido asesinados desde la invasión: la aplastante mayoría de bajas han sido americanas. La frustración con el continuo derramamiento de sangre en Irak fue sin duda el factor más significativo que provocó que el Partido Republicano perdiera el control de ambas cámaras del Congreso en las elecciones del pasado martes.
 
Y aún así, con todas las dificultades, el dolor y la frustración que la insurgencia post Saddam ha provocado a Estados Unidos, el derrocamiento del régimen de Saddam evitó con éxito que Irak adquiriese armas nucleares.
 
Irak es hoy una zona de guerra. Pero no tiene, y probablemente no adquirirá, armas nucleares - ni químicas ni biológicas a estos efectos. Hasta ese grado, Bush no estaba ni equivocado ni se apresuró cuando dio a conocer en los meses tras la invasión que Estados Unidos había logrado su misión en Irak.
 
En el verano del 2003, examinando las tendencias futuras tras la invasión de Irak encabezada por Estados Unidos, el dictador de Libia, Mu'ammar Gaddafi, decidía renunciar a su programa de armamento nuclear. La decisión de Libia de abandonar su programa nuclear fue una consecuencia directa del análisis de Gaddafi de las intenciones americanas después de la invasión. Por decirlo simplemente, estaba seguro de que la mejor manera de garantizar la supervivencia de su régimen era renunciar a sus aspiraciones de convertirse en potencia nuclear.
 
Pero al pasar los meses y los años, ha quedado claro que lejos de ser una advertencia para otras futuras dictaduras armadas nuclearmente, la invasión de Irak liderada por Estados Unidos fue un asunto único. Mientras Sadam era capturado en su agujero, Teherán y Pyongyang avanzaban sin obstáculos en su campaña por convertirse en potencias nucleares.
 
El ascenso de los regímenes más peligrosos del mundo a la posición de potencias nucleares alcanzaba el mes pasado un nuevo clímax. Primero fue la prueba de la bomba nuclear de Corea del Norte el 12 de octubre. Dos semanas después, Irán anunciada que duplicaba su enriquecimiento de uranio utilizando una segunda cascada de centrifugadoras.
 
Por su parte, la mayor parte de las naciones han contemplado estos avances con indiferencia. El Ministro de Exteriores surcoreano y Secretario General de la ONU entrante Ban Ki-moon parece estar mucho más preocupado por el debate japonés acerca de si la prueba nuclear de Corea del Norte debería hacer o no que Japón desarrolle su propio arsenal nuclear que por el hecho de que Pyongyang tenga ahora bombas nucleares.
 
La aparente irracionalidad moral y estratégica de Ban va a la par de la apatía de la comunidad internacional. Europa ha respondido a la carrera de Irán en busca de armas nucleares ofreciendo su mezcla usual de sanciones sin consecuencias, llamamientos emocionales y pomposidades diplomáticas, todo encaminado a ganar tiempo hasta que Irán anuncie su entrada en el grupo nuclear.
 
Rusia y China han respondido a las maquinaciones nucleares tanto de Pyongyang como de Teherán incrementando su colaboración con ambos regímenes.
 
En cuanto a Estados Unidos, Irán, Corea del Norte y al-Qaida, todos se han dado prisa en interpretar la victoria Demócrata de las elecciones del pasado martes al Congreso como señal de que Estados Unidos ha elegido volver la espalda a la amenaza que ellos suponen para América. Al despedir al Secretario de Defensa Donald Rumsfeld y reemplazarlo por Robert Gates, que apoya apaciguar a los mulás y buscar una excusa cogida con alfileres para ausentarse de Irak, Bush ha hecho todo lo posible para demostrar que los enemigos de América aciertan. Además, las declaraciones de los funcionarios de la administración Bush previas al viaje del presidente a Asia esta semana indican que Bush buscará tratar con Corea del Norte incrementando gradualmente la implicación norteamericana con Pyongyang en las conversaciones a seis bandas.
 
Razonablemente, el mundo examina ahora a Estados Unidos a través del prisma de su inacción contra Irán y Corea del Norte en lugar de a través del prisma de Irak. Y las consecuencias de la opinión de que Irak fue una desviación de la pasividad norteamericana como norma son nada menos que la ruptura total del tratado de No Proliferación Nuclear.
 
La semana pasada, el New York Times del domingo informaba de que Siria, Egipto, Marruecos, Arabia Saudí, Túnez y los Emiratos Árabes Unidos, todos han anunciado sus intenciones de construir reactores nucleares civiles. El pasado martes, en una visita oficial a China, el Presidente egipcio Hosni Mubarak firmaba aparentemente un acuerdo con el líder chino Hu Jintao para que China construya reactores nucleares en Egipto.
 
Ver la lección de estos avances no es difícil. Como demuestra claramente la campaña de Irak, mientras que el precio de tomar medidas para evitar que los regímenes criminales adquieran armas nucleares es elevado, el precio de no actuar es mucho más elevado.
 
Vinculando este hecho de sentido común a Irán a comienzos de este año, el Senador John McCain decía "Solamente hay una cosa peor que Estados Unidos ejerciendo una opción militar [para evitar que Irán a quiera armas nucleares], y es un Irán con armamento nuclear".
 
Estados Unidos y sus aliados están pagando un precio elevado por haber evitado con éxito que Sadam obtuviera bombas nucleares. El precio que Israel o Estados Unidos, o los dos, van a pagar por evitar que Irán adquiera armas nucleares es seguro que será aún mayor. Pero la alternativa a pagar ése precio será un sufrimiento, una destrucción y la muerte a una escala inimaginable.


 

 
 
Caroline Glick es periodista por la Universidad de Columbia y editor jefe en funciones de The Jerusalem Post. Tras finalizar sus estudios, ingresó en el ejército y alcanzó una consejería en las negociaciones de Oslo junto al ex primer ministro Rabin. Tras abandonar la esfera política, Glick pasó al periodismo con una columna semanal de portada en el diario. Durante el reciente conflicto de Irak, fue la periodista empotrada del medio, estando en el primer escuadrón americano que entró en Bagdad y siendo la primera mujer en poner el pie en la capital durante el conflicto.


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