(Publicado en ABC, 24 de noviembre de 2006)
«Cuando alguien ve a un caballo fuerte y a uno débil, elige naturalmente al fuerte». No lo digo yo, lo dice Osama bin Laden en una entrevista concedida a finales de los noventa a una televisión occidental. Lo mismo que decían, con otras palabras, los suicidas de Leganés que cometieron la masacre del 11-M.
Su inspiración para la masacre del 11-M eran la retirada franco-americana del Líbano en 1983 y la salida norteamericana de Somalia diez años más tarde, ambas consecuencias de atentados y unos pocos muertos.
Bin Laden también creía que América se rendiría a sus pies tras el 11-S. Si había vencido al poderoso imperio soviético en Afganistán con la ayuda de Alá, no podía pensar lo contrario.
Nada de extrañar, por tanto, que el sucesor de Al Zarqaui en Irak, diga que la victoria demócrata en las pasadas elecciones al Congreso en Estados Unidos es un signo más de la debilidad occidental y un paso adelante hacia su victoria total. Es más que probable que se equivoque. Pocos en Washington quieren ver a su país humillado como en Vietnam.
Yo se lo pregunté hace días a miembros del Iraq Study Group. ¿Cómo quieren ustedes que se recuerde aquí esta guerra?, ¿con un monumento como el de Vietnam, sombrío y cargado de arrepentimiento, o como el recientemente inaugurado sobre la II Guerra Mundial, grandioso en dimensiones y orgullo? Nadie quiere la derrota de América. Y, sin embargo, eso es lo que ven los yihadistas en el actual debate sobre las opciones en Irak. Cuanto más se habla de salir, más contentos están.
Si el CNI hiciera bien su trabajo y el Gobierno le hiciera algo de caso, José Luis Rodríguez Zapatero también sabría que su propuesta de Alianza de Civilizaciones está siendo rechazada por los islamistas radicales. Sólo ven una civilización posible, la suya, y de diálogo nada con infieles y apóstatas. Y aún menos con cobardes a los que sólo cabe atemorizar aún más. La debilidad, como dijo Rumsfeld, incita a la agresión. Y cada vez nos ven más débiles.