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Objetivo ETA: lecciones para una negociación
Reseñas nº 75   |  24 de Noviembre de 2006
 

(Del libro Objetivo Cero, Jose María Zuloaga. La esfera de los libros, Madrid 2006)

“Objetivo Cero” (La esfera de los libros, 2006) narra las aventuras y desventuras del confidente de la Guardia Civil Luis Casares en el corazón de la banda terrorista ETA. La historia nos sitúa en las andanzas de terroristas y policías entre Eibar, Bayona e Irún en el año 1989. Atentados, seguimientos y detenciones constituyen el objeto del libro, de quien es considerado uno de los máximos expertos españoles en la banda terrorista ETA. Escéptico ante la tregua etarra, meticuloso en los análisis, ponderado en sus conclusiones, José María Zuloaga es una referencia indispensable en los tiempos del ansia infinita de paz, del robo de pistolas, de la kale borroka teledirigida desde Francia. Extraigamos al menos dos consecuencias de su libro.
 
Primera lección de la obra de Zuloaga: como todo movimiento totalitario, ETA juzga la historia de su parte y a su análisis teórico sigue necesariamente su análisis estratégico; el nacionalismo no puede perder porque no debe perder; esta defendiendo la justicia histórica de los hijos de Aitor. En el momento en que el terrorista descerraja dos tiros en la nuca, siente en su mano la fuerza del pueblo vasco presente, pasado, futuro, más allá de aquellos engañados por el perverso estado español. A ETA las protestas nunca le han preocupado demasiado (pág. 89). No son los ciudadanos quienes dan legitimidad a ETA; más allá de éstos, es la Historia la que le contempla.
 
ETA no hace política, ETA hace Justicia; no busca negociar desde un plano de igualdad, busca negociar la fórmula según la cual España va a pedir perdón y resarcir al pueblo vasco de una historia de sometimiento que se hunde en la noche de los tiempos; Zuloaga observa preocupado el día a día de esta ideología desde el punto de vista de los hombres y mujeres que la combaten.
 
En el año 2006, cuando el Frente de la Paz se felicita del hecho de que no huele a titadine, ETA recuerda que no sólo exige la inacción de España, sino que pida perdón, que pague sus deudas, que manifieste su propósito de enmienda. Las encuestas que Rodríguez Zapatero parece manejar con entusiasmo, los titulares de El País y Tele 5 a medio camino entre la ideología y el emotivismo, importan poco a la cúpula etarra. Es la Justicia histórica, que ni unos ni otros son capaces de comprender, la que importa al encapuchado.
 
Con semejante certeza ideológica se sienta ETA en la mesa de Rodríguez Zapatero, como antes se sentó con Felipe González o José María Aznar. Y es aquí donde los hechos que narra “Objetivo Cero” se vuelven absolutamente actuales, pese a haber ocurrido hace casi veinte años. Entre detenciones, operaciones de escucha y seguimiento, Zuloaga relata el desarrollo de la negociación de 1989, que nos es hoy demasiado familiar. Treguas diferentes, con un mismo interlocutor; aquel que habla de paz y aprieta el gatillo al mismo tiempo.
 
Zuloaga narra la captación y el trabajo del confidente Luis Casares, aquel que llevó a las FSE hasta la cúpula etarra. Domo una novela, el lector recorre las calles y los montes vascos, los cuarteles de la Guardia Civil, los restaurantes del sur de Francia; asiste a la preparación de las operaciones por parte de los hombres de Rodíguez Galindo, a las reuniones de la dirección de ETA. Trabajo histórico, que no impide sacar conclusiones para una época, la actual, en la que la coalición gubernamental que comanda el Frente de la Paz se sienta a dialogar con los mismos personajes que Zuloaga relata en su obra. Entre todas ellas, aquella referida al desarrollo de las negociaciones con la banda, error tan denunciado como repetido.
 
En primer lugar, el momento de deshielo entre Gobierno y terroristas, en el que unos parecen mostrar su disposición a la rendición, el otro a la generosidad. Este momento se produce a media luz, al ciudadano le llegan noticias de que algo ocurre, pero no sabe qué; en esto, el Frente de la Paz parece haber refinado las líneas maestras del despotismo y de la realpolitik. Los rumores, las noticias sin contrastar, las opiniones fundamentan el diálogo con ETA. El terrorista habla de paz con la pistola en la mano, el Gobierno habla de generosidad sin saber muy bien a qué atenerse, y los ciudadanos asisten entre esperanzados y despistados a unos acontecimientos que se les esconden. Por un momento, parece que la cosa va en serio
 
En segundo lugar, el solemne anuncio terrorista de la tregua, que esperanza a unos y envalentona a otros continúa con una catarata de comunicados y entrevistas. En 1989 o en 2006, el Gobierno habla de una paz en términos abstractos, históricos, de la que desconocemos lo fundamental. El Frente de la Paz se anota el tanto de una paz que dice a la vez presente y futura, pero no nos dice en que consiste. Enfrente, el entramado etarra habla en términos tan concretos como tenebrosos; independencia, expansionismo, amnistía de criminales. ETA detiene los asesinatos, permitiendo a la coalición gubernamental sacar pecho; en esto consiste una tregua. Pero la maquinaria criminal no se detiene; se ataca a los constitucionalistas, se roba a los empresarios, se preparan los arsenales en Francia. Mientras unos hablan de paz, otros hablan de victoria.
 
Razón por la cual en tercer lugar, los vaivenes de la negociación vienen caracterizados por la llamada del Gobierno a la rendición y los desaires etarras: respaldados por la historia, los etarras no dejarán de matar hasta que sus objetivos políticos se satisfagan. Los representantes gubernamentales llaman a la calma, y tranquilizan a las víctimas. Antes, como hoy, el Gobierno anuncia que habrá que ceder, que la cosa será larga y difícil, que las víctimas tragarán. Mientras, enfrente, los terroristas transmiten a los suyos la consigna de que años de lucha han merecido la pena; la victoria está cerca. Pero la distancia entre lo que exigen y dicen unos y lo que están dispuestos a ceder los otros es insalvable. Argel fue la crónica de un fracaso escrito por ETA mucho antes.
 
El desarrollo de la negociación de Argel muestra al negociador la verdad de hierro del trato a los terroristas, igual de válida hoy, aquella de la que no tiene la culpa ni la AVT ni el Partido Popular ni la extrema derecha que preocupa a Rodríguez Zapatero: Los terroristas siempre quieren más, exigen algo que ningún gobierno puede dar sin suicidarse al mismo tiempo. Todo o nada. Desde esta verdad incuestionable,“Objetivo Cero” oscila entre escenarios distintos; en primer lugar las discusiones en la mesa argelina, las exigencias etarras y los intentos gubernamentales por saciar al terrorista. En segundo lugar la guerra de la opinión pública, de los telediarios, las portadas y la opinión pública. En tercer lugar, la guerra en la sombra que libran la Guardia Civil y la Policía Nacional contra la empresa etarra, en la que Luis Casares, como Lobo, juegan un papel primordial.
 
Conscientes de que la Alternativa KAS es la solución única, los terroristas aguantan hasta el límite en la negociación, amagan y amenazan; descartada una victoria rápida, profundizan en las debilidades de un gobierno democrático, alimentan las esperanzas de unas sociedades que han renunciado hoy a luchar por su libertad. Agitan la zanahoria de las encuestas y las elecciones para atraer a los progresistas: Con la alternativa KAS de por medio, el Anchluss vasco es un hecho; las tentaciones, también.  “El PSOE alimenta esa creencia al alinearse con los partidos pro vascos de la Comunidad Foral”; ¿noviembre de 2006? No; febrero de 1989, con los socialistas negociando en Argel con los etarras. La historia de las peticiones imposibles y las cesiones inacabables viene de lejos.
 
La segunda gran lección que se desprende del libro de Zuloaga nos remite directamente a la teoría acerca del terrorismo, concebido erróneamente como un fenómeno sociológicamente complejo y caótico, donde los jóvenes encapuchados que queman un cajero o un autobús sólo comparten con Ternera y Txeroki unas ideas trasnochadas.
 
Nada más lejos de la realidad: un movimiento terrorista es una máquina bien engrasada, donde cada pieza tiene su función, cada engranaje su lugar; en marzo de 1996, los homenajes populares recibieron al gudari Casares. Pero las caravanas, los aurreskus, los bertsos y las esquelas en Egin en marzo de 1996 –cuando ETA veía en Casares un héroe vasco-, no eran casuales sino causales. En Francia, la cúpula de ETA ordenó los actos, sacó a la calle a sus peones y construyó la imaginería habitual.
 
Por el libro de Zuloaga desfila el organizado mundo abertzale. Herri Batasuna, Egin, Gara, LAB, las Herriko Tabernas forman parte de ETA no porque pertenezcan a la izquierda abertzale, sino porque han sido ideados, creados y organizados desde los despachos de la dirección de ETA. Los abogados y políticos batasunos funcionan como correos entre presos y dirección etarra, los anuncios en Egin como telegramas urgentes entre los comandos. En la obra de Zuloaga, Txema Montero o Jon Idígoras toman café con la cúpula etarra, discuten sobre cheques y cuentas corrientes. Y es que a día de hoy bajo la avalancha pactista se conoce ya el funcionamiento del holding etarra, donde nada queda al azar, donde los abogados batasunos manejan millones de pesetas, y los manuales etarras (pág. 62) tratan sobre normas de actuación para el diario Egin.
 
ETA es la empresa del crimen. El dinero fluye de arriba a abajo, de abajo a arriba, de izquierda a derecha, de cooperativas a sindicatos, de sindicatos a periódicos, de periódicos a despachos de abogados. A estas alturas, difícilmente puede negarse que, como los camisas pardas o los camisas negras, la dirección etarra controla férreamente todos los resortes revolucionarios en el País Vasco; la kale borroka es hoy la continuación del asesinato por otros medios, continuación que siembra el terror en Euskadi y tranquiliza en La Moncloa. Cada comunicado de Otegi o Barrena, cada panfleto lanzado en la Parte Vieja donostiarra, cada comunicado o huelga de hambre de los presos está perfectamente coordinado y dirigido desde los pisos francos etarras. Quien lea el libro concluirá una sóla cosa: la ingenuidad hoy sobra.
 
Todo ello se esconde bajo la apariencia de desorden y caos que acompaña a estos movimientos. En su obra sobre la yihad, Walid Phares ha puesto de manifiesto como desde las manifestaciones en Gaza a los atentados en Londres, el terrorismo tiene una estrategia global tan racional como satánica. Semejante afirmación no vale solo para el yihadismo, sino para todo movimiento totalitario y terrorista: ETA no es una excepción.
 
Pero para el diario El País y los portavoces gubernamentales, el aparato político de ETA, Josu Ternera, dirige la negociación, y en ellos hay que confiar. Utilizando el lenguaje para enmascarar la realidad, esconden su carácter despiadado y cruel, como si el apelativo político escondiera su verdadera función selectiva y criminal. El aparato político en el que dice confíar el Frente de la Paz, “es el que determina las líneas de actuación de los ‘comandos’; es decir, si en función de cada coyuntura hay que asesinar militares o agentes de las Fuerzas de Seguridad, políticos o periodistas, jueces o financieros” (pág. 57). Rodríguez Zapatero confía en las bondades políticas de Ternera, cuya bondad reside precisamente en seleccionar a aquellos a quienes sus escuadrones de la muerte aniquilarán más adelante.
 
Verdades incómodas, evidentes para los concejales constitucionalistas vascos tanto como para los guardias civiles que soportan el peso de la lucha antiterrorista. Es en el mundo de éstos donde se juega verdaderamente el futuro. El papel que las casualidades, el azar, los imprevistos, juegan en la lucha entre terroristas y policías; atentados frustrados por segundos, errores tácticos de unos y otros, casualidades que provocan detenciones o salvan vidas de milagro. En la guerra que se libra a la sombra de tertulias de radio y titulares de periódicos,
 
Dos conclusiones, que podrían ser más. El libro de Zuloaga no es un tratado teórico acerca del terrorismo; tampoco un estudio histórico acerca del terrorismo de ETA. El autor narra la microhistoria de Luis Casares, miembro de ETA que acabó entregando a sus compañeros a sus enemigos. En el texto se sucede atentado tras atentado, persecución tras persecución, detención tras detención; y al fondo, las debilidades democráticas. Por eso, proporciona una certeza dolorosa; la paz del terrorista es una paz incompatible con un sistema democrático y constitucional, aquel que encuentra en Europa solar privilegiado. Sentándose en la mesa con el terrorista, o el Estado de derecho no está negociando realmente, con lo cual sólo será necesario que el terrorista se dé cuenta del engaño, o el Estado de derecho está dejando de serlo. Tanto en 1989 como en 2006, ambas posibilidades son escasamente halagüeñas. Una vez más, el futuro pasa por la Guardia Civil, la Policía Nacional y los Luis Casares de hoy día.
 
Óscar Elía es Analista del GEES en el Área de Pensamiento Político.


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