¿Queda alguna esperanza para Francia?
Con jóvenes musulmanes provocando disturbios en ciudades francesas, incendiando autobuses y atacando sin miedo a policía y bomberos en la primera intifada europea, la situación de la seguridad, se diría, no puede ser peor en la patria de la Ilustración. Pero acaba de empeorar.
En un continente en el que casi todas las semanas se descubren nuevas células terroristas islamistas, aún fue una sorpresa cuando la semana pasada se anunció que, desde el 2005, a 72 empleados del Aeropuerto Charles de Gaulle, cerca de París, les han sido cancelados sus permisos de seguridad a causa de sus conexiones con organizaciones terroristas. Mientras que 10 de los 72 son tamiles y uno es un sij, la mayor parte de los aludidos son musulmanes sospechosos de tener vínculos con el Islam radical. Y estos son apenas unos cuantos de los 200 empleados aeroportuarios que las agencias de seguridad han investigado solamente desde el pasado mayo, según la información de un periódico inglés.
Lo que sorprende no es solamente la cifra preocupantemente elevada de terroristas potenciales que son descubiertos trabajando en el mayor aeropuerto de Francia, también conocido como Paris-Roissy; también sorprenden las labores que desempeñaban. Mientras que algunos trabajaban como oficinistas, conductores o personal de limpieza, otros eran empleados de facturación que cargaban los aviones y transferían los equipajes entre los aviones sin ningún control de seguridad, planteando a gritos la pregunta: ¿hasta qué punto sería difícil que los islamistas deslizasen una bomba en una maleta o dos antes de cargarlas en aviones con destino a Estados Unidos? La cifra sustancial de trabajadores con permisos anulados también hace que te preguntes si los funcionarios franceses de seguridad han escuchado hablar alguna vez del 11 de Septiembre o de la tendencia de al Qaeda a volar por los aires aviación civil occidental.
Algunos de los empleados musulmanes señalados, todos ya suspendidos de empleo, son célebres por haber realizado viajes a Pakistán y Afganistán, mientras que varios son sospechosos de haber asistido a campamentos de entrenamiento terrorista allí. Uno también era amigo de Richard Reid, el ciudadano británico que ahora cumple cadena perpetua en una prisión americana por intentar volar un vuelo de París a Nueva York con una bomba escondida en su zapato. Otros, según un funcionario del Ministerio del Interior francés, mantienen relaciones con gente encarcelada por casos de terrorismo. Todo lo cual hace que uno se pregunte cómo es que estas 72 personas obtuvieron pases de seguridad, para empezar.
Y la situación de la seguridad para el pasaje aéreo que utiliza el aeropuerto más importante de Francia es peor de lo que dejan entrever los funcionarios, como es costumbre. Phillipe de Villiers, un político francés conservador que está planeando presentarse a presidente en las próximas elecciones, publicada el pasado abril un libro denunciando la deplorable situación de la seguridad del aeropuerto. Titulado Las mezquitas del Roissy, Villiers argumenta que el aeropuerto Charles de Gaulle (Paris-Roissy) se ha visto infiltrado por grupos islamistas fundamentalistas que vienen teniendo acceso a las zonas de equipaje y bienes sensibles. De los documentos de seguridad que ha visto, el político francés concluye que una compañía de logística de equipajes ha sido infiltrada por la Hermandad Musulmana, muchos de cuyos miembros "frecuentan las salas de oración clandestinas situadas en el aeropuerto".
Connecting Bag Services, la compañía de equipajes en cuestión, contrata en su mayoría empleados exclusivamente musulmanes, en especial procedentes de dos aldeas concretas de Argelia. Villier sostiene que los musulmanes con un perfil islamista tienen preferencia para el empleo con el fin de ayudar a proselitizar entre los 83.000 empleados del aeropuerto. Los delincuentes musulmanes locales procedentes de vecindarios próximos al aeropuerto también componen parte de la plantilla de la compañía; varios se vieron recientemente implicados en un grupo organizado de robo de equipajes. Según un documento de seguridad publicado en el libro de de Villiers, los islamistas y los delincuentes trabajan en concierto "con el fin de imponer la sharia en el aeropuerto..."
Tras la publicación del libro, naturalmente las autoridades francesas negaron que la situación en el aeropuerto Charles de Gaulle fuera tan mala como la pintaba de Villiers. E igual de naturalmente, los sindicatos que representan a los empleados suspendidos están "enfurecidos" porque sus miembros han sido suspendidos sin haber cometido infracción alguna. Los sindicatos están planeando la típica respuesta socialista a tan presunta "injusticia": una huelga. Diez de los empleados aludidos también han llevado sus suspensiones ante la justicia con el fin de reclamar su derecho a ser un islamista y trabajar simultáneamente con aviones en un aeropuerto infiel.
Pero en lo que respecta a decisiones dementes acerca del terrorismo y el transporte, quizá uno no debiera ser tan duro con los franceses. El mes pasado, en Inglaterra, se descubría que un terrorista islamista condenado, que pasó tres años en Yemen por planear atentados con explosivos, tenía un pase que le permitía el acceso a zonas sensibles del sistema de metro de Londres, incluyendo zonas calificadas de objetivos prioritarios para ataques terroristas. El año pasado, terroristas suicida islamistas mataban a 52 personas en ataques contra el sistema de transporte público de Londres.
Y por si no fuera lo bastante malo, resulta que el empleado del metro y terrorista condenado, Mohammed Kamel Mostafá, es el hijo de Abú Hamza, el imán islamista radical predicador del odio que ahora cumple sentencia de siete años en una cárcel británica. Hamza encabezaba la famosa mezquita de Finsbury Park en Londres, ahora clausurada, que durante muchos años fue el centro de la actividad islamista en Gran Bretaña.
Increíblemente, la administración del metro defendió la tenencia de un pase por parte de Hamza junior diciendo que cumplía todos los requisitos para el trabajo (incluyendo, probablemente, una carta de referencia del padre) y que nunca había tenido problemas legales en Inglaterra. Y, debe observarse, cuando Hamza junior fue por fin despedido de su puesto en el metro de Londres, no fue por haber planeado volar en mil pedazos a gente en Yemen, sino por esconder su condena por ese crimen cuando fue contratado para el puesto. Todo lo cual hace que uno se pregunte si queda alguna esperanza para Europa.