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Un Japón nuclear es positivo para la paz
Colaboraciones nº 1320   |  8 de Noviembre de 2006
 

(Publicado en The Washington Post, 20 de octubre de 2006)

La primera parada de la gira de garantía nuclear post-detonación de Condolizza Rice fue Tokio. Allí desplegó escrupulosamente el paraguas nuclear americano, prometiendo solemnemente en persona que Estados Unidos respondería a cualquier ataque norcoreano contra Japón con masivas represalias americanas, nucleares en caso de ser necesario.
           
Un mensaje importante, cierto, a corto plazo, por temor a que Kim Jong Il absorba demasiado coñac y pueda ser persuadido con insistencia por una de las bellezas de su "escuadrón del placer" de lanzar un misil o dos contra Japón.
 
Pero la declaración de la Secretario Rice tenía otra intención obvia y a largo plazo: aplacar cualquier idea que Japón pudiera tener de hacerse nuclear con el fin de afrontar y disuadir a la bomba de Corea del Norte.
 
Los japoneses comprendieron bien este propósito. Así, en una conferencia de prensa conjunta con la Secretario Rice, el Ministro de Exteriores Taro Aso ofrecía el material periodístico de negación de pensar siquiera en hacerse nuclear: "El gobierno de Japón carece por completo de cualquier postura de considerar hacerse nuclear".
 
Los impecablemente educados japoneses no iban a contradecir a la secretario de estado en su presencia. No obstante, el mismo Ministro de Exteriores Aso había declarado previamente el mismo día ante un comité parlamentario que Japón debía empezar a debatir la materia: "La realidad es que Japón es el único que no ha debatido poseer armas nucleares, y todos los demás países han estado debatiéndolo".
 
Apenas tres días antes, otro alto cargo del partido en el poder había roto el mismo tabú y pedido un debate público a propósito de que Japón adquiera armas nucleares.
 
La reacción norteamericana ante tal diálogo es la oposición tajante. Al igual que esos soldados imperiales japoneses descubiertos atrincherados en alguna isla del Pacífico dejada de la mano de Dios décadas después de la Segunda Guerra Mundial, continuamos actuando como si tampoco nosotros hubiéramos recibido noticias alguna vez de la rendición japonesa. Aplaudimos a los japoneses por prolongar su cumplimiento de la constitución McArthur que niega para siempre a Japón el estatus total de Gran Potencia, con una fuerza militar limitada.
 
Por supuesto, en las últimas décadas, Japón se mantuvo al borde de esa prohibición, levantando un ejército convencional pequeño pero serio. Las armas nucleares, sin embargo, han permanecido fuera del debate.
 
En calidad del único país en sufrir nunca un ataque nuclear, Japón tiene obviamente sus propios motivos para resistir la idea misma. Pero ahora que el régimen lunático de al lado, que ya ha sobrevolado Japón con sus misiles, ha pasado a ser nuclear oficialmente, está garantizada alguna segunda evaluación.
 
Japón es una verdadera anomalía. Todas las demás Grandes Potencias pasaron a ser nucleares hace décadas -- hasta las importantes en tiempos remotos, como Francia; las grandes en ciernes, como la India; y las quiero y no puedo, como Corea del Norte. Hay proyectiles nucleares en manos de Pakistán, que de la noche a la mañana se podría convertir en un estado de al-Qaeda, y Corea del Norte, un país tan cósmicamente descarrilado que informa de que "el Querido Líder" logró cinco hoyos en su primer juego de golf y también escribió seis operas. Pero aún así, nos plagan las dudas de que Japón ingrese en éste club.
 
Japón no es solamente un modelo de ciudadano internacional -- economía dinámica, democracia estable, política exterior modesta -- también es el aliado norteamericano más importante y fiable solamente después de Gran Bretaña. Una de las noticias de éxito más discretas de la política exterior norteamericana reciente ha sido la intensificación de la alianza norteamericano-japonesa. Tokio se ha unido a Estados Unidos en el desarrollo y despliegue de defensas balísticas y se alineó con Estados Unidos en el tema neurálgico de Taiwán, prometiendo solemnemente solidaridad en caso de que alguna vez hubiera confrontación.
 
El efecto inmediato de que Japón considerase hacerse nuclear sería concentrar la mente de China en desnuclearizar Corea del Norte. China calcula actualmente que Corea del Norte es una zona de barrera conveniente entre ella y una Corea del Sur capitalista y dinámica inundada de tropas americanas. China está bastante satisfecha con un régimen cliente que es una espina a nuestro costado, manteniéndonos atados de manos mientras ella persigue sus ambiciones en el resto de Asia. Las bombas nucleares de Pyongyang, después de todo, no están orientadas hacia el oeste, sino hacia el este.
 
Que Japón amenace con pasar a ser nuclear alteraría ese cálculo. Podría hasta convencer a China de presionar a Kim Jong Il como modo de evitar que Japón pase a ser nuclear. La carta de Japón sigue siendo la única que conlleva la remota posibilidad incluso de invertir el programa nuclear de Corea del Norte.
 
La respuesta de Japón a la amenaza norcoreana ha sido muy fuerte e insiste mucho en sanciones serias. Esto es, por supuesto, fruto del propio interés, no del altruismo. Pero esa es la idea. Los intereses naturales de Japón van paralelos a los de América en la zona del Pacífico -- mantener la estabilidad militar y política, contener pacíficamente a una China en inexorable expansión, oponerse al régimen gángster de Pyongyang, y extender el modelo democrático liberal por todo Asia. ¿Por qué estamos tan decididos a negar a este aliado estable, fiable y democrático los medios para ayudarnos a llevar la carga en un mundo en el que tantos otros aliados -- los apaciguadores crónicos surcoreanos sobre todo -- insisten en despreocuparse?


 

 
 
Charles Krauthammer fue Premio Pulitzer en  1987, también ganador del National Magazine Award en 1984. Es columnista del  Washington Post desde 1985.


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