"Tengo una gran confianza en los demócratas" me decía un amigo republicano hace unas semanas. Pues va a ser que no. Al final se la habrán defraudado, a pesar del esfuerzo final de John Kerry, el perdedor de las últimas presidenciales, que queriendo burlarse de Bush le salió un torpe chiste contra los militares, algo que en Estados Unidos no es de recibo.
El 7 es el primer martes después del primer lunes de Noviembre y en tal día, cada dos años, se celebran elecciones en Estados Unidos. Estas son las de medio mandato presidencial y en ellas se eligen los 435 escaños de la cámara baja o de representantes, que tiene una corta vida de sólo dos años, 33 puestos en el Senado, que se renueva por tercios bianualmente, con mandatos de seis, y 36 puestos de gobernadores de los Estados, que totalizan dos tercios. Las previsiones es que los demócratas recuperan la cámara cuya mayoría detentaron durante 40 años hasta que se la arrebataron sus rivales en el 94, a sólo dos años de la primera victoria de Clinton. El Senado, de mayor peso en el sistema americano, está en el fiel de la balanza, y esperan también conseguir una mayoría de gobernadores.
La Constitución americana condena al ejecutivo y legislativo a entenderse entre sí, porque priva al presidente, elegido de forma directa, de la facultad de disolver las cámaras y a éstas de los votos de aprobación o rechazo frecuentes en los sistemas europeos. De hecho los americanos suelen reforzar la separación de poderes eligiendo presidentes y asambleas parlamentarias, alguna al menos, de distintos colores. En ese sentido nada anormal en lo que se avecina.
Sin embargo estas elecciones han suscitado un intenso apasionamiento en la clase política, doblado por un similar interés en el resto del mundo. Lo que se juega parece ser mucho y los comicios presentan rasgos poco habituales. Para los demócratas está en juego invertir la tendencia que lleva desde el 94 a transformar a los republicanos en el partido mayoritario, ventajosa posición que ellos disfrutaron desde Franklin Roosevelt, durante la Segunda Mundial.
Lo que ahora está en liza es la decepción de las diversas familias conservadoras respecto a George Bush frente al temor que les inspiran los diversos izquierdismos que se unen bajo el paraguas demócrata. La esperanza republicana ha sido que lo segundo superase a lo primero, pero las encuestas dicen que los que están dispuestos a quedarse en casa para castigar a su presidente le darán la victoria al partido que tiene a un pollino por emblema. Es curioso porque lo habitual es que la decisión se halle en un centro no comprometido cuya conquista inclina la balanza en un sentido u otro. No es que ese fenómeno inherente a toda democracia haya desaparecido, pero la polarización le ha hecho perder importancia.
A remolque de ese planteamiento estas elecciones presentan otras peculiaridades. Toda política es local, dice un dogma muy americano. En ello confiaba el partido que ha reunido hasta hoy todos los poderes. Pero los demócratas han conseguido convertir estas elecciones en un referéndum de un presidente acosado por el estancamiento en Irak.
En Estados Unidos, como en todas partes, las elecciones suelen girar en torno a temas internos, siendo decisivo todo lo que toca al bolsillo. Pero Irak es el tema que subyace a todos los comicios de mañana, y en él Bush ha descendido a un miserable índice de aprobación del 28%, a pesar de que los demócratas han sido totalmente incapaces de ponerse de acuerdo para presentar una alternativa coherente.
El impacto de la economía, o más bien su ausencia, no ha dejado de ser un misterio que nadie se explica cabalmente. En ese terreno todo ha marchado bien pero no se ha traducido en ganancias republicanas. Las gentes de Bush atribuyen los logros al empujón que le han dado a la economía con las rebajas en los impuestos mientras que la oposición replica que se trata de una bonanza pasajera y que el público se preocupa por el futuro.
Llevan demasiado tiempo diciéndolo como para que sea creíble, al menos para los que quieren frenar la expansión del estado y están convencidos de que los particulares saben invertir mejor y crear más prosperidad que el más sabio de los gobiernos. Pero éstos abrigan un profundo resentimiento contra un presidente que aunque les ha hurgado menos en los bolsillos ha sido sin embargo un pródigo gastador de los dineros ajenos.
Otro tema económico que sorprende por su ausencia es el de la energía. Las encuestas dicen que para muchos votantes es prioritario, sin embargo los candidatos no lo han incluido en sus programas y propaganda. Para Bush, que ha cifrado sus apuestas en la gestión de la seguridad en general, la lucha contra el terrorismo, la independencia energética debería ser una cuestión central.
La riqueza petrolera es uno de los bienes peor distribuidos en el mundo. Las democracias bombean miles de millones hacia países que financian el terror de diversas formas. Pero la única aparición del tema en la campaña es la explotación demócrata de la carestía de la gasolina y su disparatada propuesta de gravámenes extraordinarios a las compañías que abastecen el consumo.
Aunque los resultados parecen suficientemente cantados nadie niega que quede un margen, bastante amplio, para las sorpresas de última hora. Pronto lo sabremos.