(Ponencia presentada en el Foro Pallanka
“La industria de defensa en España ante los nuevos desafíos de la seguridad”,
Palacio de la Diputación Provincial de Palencia, 14 de noviembre de 2003)
Es común y hasta cierto punto normal y comprensible que cuando se habla de “revolución de los asuntos militares” (RMA) y de transformación, el público -si es una audiencia- tienda a sonreír cínicamente, particularmente si es europeo y mucho más si es español. Nadie niega que en el terreno de la tecnología militar o en el de los conceptos operativos, o en la misma forma de entender la guerra, se están produciendo cambios sustanciales a la par que rápidos. Pocos dudan de que puede que en verdad estemos pasando por una etapa de profundas transformaciones con un alcance auténticamente revolucionario sobre las formas tradicionales de pensar y hacer las cosas en el ámbito de la seguridad y defensa. Pero no es menos cierto que estos escenarios que plantean cambios que van más allá de una mera modernización se ven no sólo lejanos en el tiempo si no, sobre todo, lejanos geográficamente. Para no engañarnos, cuando se admite que algo está revolucionando en ámbito militar, siempre se dice que eso ocurre en los Estados Unidos y en menor medida –a gran distancia de hecho, en el Reino Unido. Pero no en la Europa continental y desde luego que no en nuestro país, España. Para pasar por una RMA y una transformación de la defensa hay que disponer de enormes recursos y, como es bien sabido, de eso no andamos sobrados ni en Europa ni en España. Definitivamente, la RMA es cosa de otros.
Y aún admitiendo que, efectivamente, que es verdad que sin asignaciones presupuestarias importantes no es posible ni una RMA ni una verdadera transformación, también es ya posible pensar que ha llegado la hora de que España se plantee con más seriedad que, salvando las distancias, debe caminar por el camino de cambio global que ya han comenzado otros ejércitos, aunque sean americanos.
Hay dos razones que me parecen básicas para este planteamiento. Por un lado, nos encontramos con un argumento de índole política: el Presidente del Gobierno, José María Aznar, en lo que podríamos calificar como su discurso de despedida de las Fuerzas Armadas, pronunciado en la ESFAS el pasado día 20 de Octubre, habló de la transformación y de la necesidad de que los ejércitos españoles se prepararan para una nueva etapa de cambios. Se podrá discutir el sentido último de sus palabras, la intensidad, el ritmo y el alcance de las mismas, pero una lectura literal no deja lugar a dudas. Permítanme que les recuerde lo que ese día afirmó el Presidente:
(...) gastar más también implica otro reto más complicado. Supone gastar en aquello que va a permitir el desarrollo de nuevas capacidades, en comprar los sistemas de armas del futuro y no del pasado. Pasa, ante todo, por entender las adquisiciones más que como una mera mejora y actualización, como una auténtica pieza de transformación.
Sé que la palabra “transformación” es un concepto de moda a otras escalas y en otras capitales. Pero hasta donde yo veo, se trata de una moda necesaria y aplicable a España. Me gustaría detenerme unos minutos en este punto.
¿Qué es lo que se plantea en torno a la transformación? Pues, esencialmente, que es un fenómeno global de cambio, que se apoya en innovaciones técnicas a las que ya me he referido brevemente –la denominada “revolución de los asuntos militares”- pero que afecta a muchos más campos, desde la gestión de los recursos y del personal, hasta las doctrinas de empleo de la fuerza, como también la estructura orgánica de los ejércitos. Se trata de un cambio profundo y extenso que no deja nada sin tocar. Por ejemplo, cada vez se habla más de mandos unificados y fuerzas conjuntas de ataque, con total normalidad (...)
Yo lo que quisiera destacar y traer a nuestro ámbito de discusión doméstica es la necesidad de estar abierto a los cambios y saber explotarlos en nuestro provecho. Imagino que muchos de ustedes pensarán que los ejércitos españoles ya han experimentado demasiados cambios, que han vivido en los últimos dos decenios, de hecho, en un cambio permanente (...)
¿No son suficientes cambios? Me temo, sinceramente, que no, que se han puesto las bases de una imprescindible modernización, pero que ahora nos encontramos ante la necesidad de encarar un nuevo salto cualitativo.
Es más, no sólo se ocupó de mencionar la necesidad de este planteamiento de adaptación más innovación, sino que explicitó cómo entendía él la transformación de nuestras fuerzas armadas, mencionando, de hechos, elementos tales como una nueva doctrina de seguridad, nuevas adquisiciones, cambios en la orgánica, asunción de nuevas tareas y misiones y hasta una nueva política de enseñanza.
Se podrá decir que el Presidente fue a la vez atrevido y ambicioso porque se marcha. Tal vez. Con todo, y si las elecciones de marzo del 2004 le dan la victoria nuevamente al partido Popular –como señalan las encuestas actuales- el actual candidato a presidente, Mariano Rajoy, con toda probabilidad asumirá gran parte del acervo de “la doctrina Aznar”. En parte por lógica y continuidad y, sobre todo, porque los juicios del Presidente no responde a un capricho, sino que se enmarca en un contexto que trasciende con mucho nuestra estrecha visión nacional y que es inevitable.
De hecho, aunque no se diera la ambición política del cambio, hay una segunda razón que creo fuerza encarar con seriedad el tema de la transformación en España. Y se trata de una cuestión esencialmente industrial que les afecta principal y directamente a ustedes los representantes del tejido industrial de la seguridad y defensa. Aunque en el PP o en el PSOE, valga el caso, no se hablara para nada de RMA y transformación, es un hecho las industrias para ganar dinero necesitan vender sus productos y estos productos tiene que estar en consonancia con lo que desea la demanda –los clientes que son las fuerzas armadas y los ministerios de defensa- y dependen vitalmente de que haya un mercado para ellos, esencialmente dinero para hacer frente a las adquisiciones.
Durante la década pasada el sector industrial de la defensa ha pasado por un proceso brutal en ritmo y en profundidad de consolidación. Consolidación, no nos engañemos, que ha sido la respuesta a una dramática caída de los presupuestos de defensa en el mundo occidental y que no sólo ha provocado la concentración de firmas, sino también unas ciertas “vacaciones” en los fondos de I+D y para las adquisiciones. Se han puesto en marcha apenas nuevos programas y los que arrancaron a comienzos de los 90 se han dilatado en el tiempo más allá de lo razonable.
A pesar de que en algunos países europeos los presupuestos de defensa parecen haber detenido su prolongada caída, con algunos incrementos incluso, desde los ataques del 11-S hay que reconocer que si hay un mercado pujante en seguridad y defensa, está hoy por hoy en los Estados Unidos. De ahí que si bien la vanguardia de la RMA y de la transformación pueda circunscribirse a Norteamérica, un planteamiento industrial de futuro, con una demanda nacional y europea severamente limitada por unas partidas presupuestarias exiguas, exija pensar en términos globales de mercado transatlántico. Pero para eso, entre otras muchas cosas de procedimientos, hay que fabricar y producir los servicios que ese mercado demanda. Y es indiscutible que ese es un mercado de la transformación, no de sistemas “legado”.
En suma, que aunque España no sea Estados Unidos, ni sus empresas se acerquen a la cuenta de explotación de los grandes conglomerados americanos, la transformación, aunque sólo sea incipientemente, ya es un debate que se ha instalado en nuestros lares. Y sólo este hecho, ya tiene, como veremos, algunas repercusiones sobre la industria. La transformación no es sólo una cuestión de conceptos. Tarde o temprano es también una cuestión tecnológica, de elección de sistemas y, por lo tanto, de política de adquisiciones y, en consecuencia, de opciones industriales. Las distintas visiones sobre la guerra del futuro pueden ser vistas hoy como una batalla académica, pero quedarse en ese plano sería un grave error. Si las fuerzas armadas optan finalmente, por poner un ejemplo, por equiparse con plataformas de sensores más ligeras y pequeñas, los fabricantes acabarán construyendo aviones, vehículos y barcos más pequeños, ligeros y veloces; si las fuerzas van a estar ligadas en términos de información, los ordenadores de gran capacidad, las comunicaciones de banda ancha, a prueba de interferencias, tendrán que ser producidos por la industria. E igual sucederá con la nuevas municiones. Las necesidades de material de un ejército clásico son muy distintas a las de uno “transformacional”. Puede que las empresas que sirven a uno sean capaces de dar satisfacción al otro. O no. Por eso el debate sobre la transformación, a medida que se vaya concretando en opciones alternativas concretas, exigirá una cierta adaptación de las capacidades productivas. Habrá programas que se abandonen y habrá nuevos programas que poner en marcha. La cuestión será quién estará capacitado para desarrollarlos.
¿Qué se entiende hoy por transformación?
Para poder comprender el reto que la transformación plantea a las industrias de defensa, es imprescindible tener una idea común o compartida de qué es la transformación y cuáles son sus límites. No es, paradójicamente, una tarea sencilla. Como bien apunta el director de la Oficina de Transformación del pentágono, el alm8rante Cebrowski, “mucha gente me dice si eres capaz de explicarme qué es la transformación, estaría encantado de apoyarla”.
[1] No es este el momento de dedicarle un gran espacio a explicar el paso de la RMA a la transformación. Baste solamente con decir que la transformación se entiende como un gran salto adelante en la forma de concebir las operaciones bélicas, con qué medios y cómo realizarlas. Y en ese sentido la transformación, al menos, afecta diversos niveles. Que nos interese para nuestro énfasis hoy sobre las industrias, al menos tres:
· Los nuevos conceptos operativos de combate;
· El nuevo equipamiento de la fuerza; y
· La gestión de las adquisiciones.
La transformación puede, así, entenderse en un nivel estratégico, como una teoría del cambio de la naturaleza de la guerra en la era de la información; y en el nivel operativo, como la integración de sensores, combatientes y decididores a fin de alcanzar nuevos grados de efectividad. De hecho, la concepción de jugar y emplear “sistemas de sistemas” y la naturaleza conjunta o integrada de las fuerzas y operaciones es central a la concepción de la transformación.
Tres conceptos operativos que se han puesto de moda desde la guerra de Afganistán: Por un lado, Operaciones Rápidas Decisivas (rapid decisive operations, RDO), en las que la velocidad de maniobra y el énfasis en el sostenimiento de un alto tempo de operaciones se conjugan para lograr un rápido colapso de las fuerzas del oponente. Por otro, Operaciones Basadas en el Efecto (effects-based operations, EBO) que, tal como las define el Mando de las Fuerzas Conjuntas americano, es “el proceso para obtener un efecto estratégico deseado sobre el enemigo a través de aplicaciones acumulativas, multiplicativas y sinergísticas de todo el espectro de capacidades militares y no militares de los niveles táctico, operacional y estratégico”.
Los conceptos de RDO y Ebo han llevado a la popularización, a su vez, de nociones como guerra paralela y, sobre todo, acciones de shock y pavor. Esta última idea ampliamente conocida días antes del 20 de marzo pasado, arranque de las acciones bélicas contra el régimen de Saddam Hussein.
Ahora bien, el impulso para la transformación ha logrado en muy poco tiempo superar su fase conceptual y forzar la adopción de road-maps por ejércitos para mover sus fuerzas en la dirección de la superioridad de la información. En términos generales, y bajo el paraguas de el salto hacia lo conjunto, los tres ejércitos más los marines se han planteado, con particularidades menores, tres grandes áreas de transformación: Networking (y no sólo de los sistemas C4ISR, sino también de los sistemas de combate, alrededor del concepto Network-centric warfare); orientación expedicionaria de las fuerzas; y mejora y adquisición de plataformas más apropiadas para ambas cosas.
Así, y particularmente en este último terreno, el US Army se ha planteado su ruta para lograr lo que denominan la Fuerza Objetiva en la que el nuevo vehículo de combate, el Stryker, más vulnerable que el carro pesado, juega con la ventaja de su transportabilidad, movilidad y letalidad para resultar decisivo en el campo de batalla; la US Navy se está planteando el diseño de nuevas plataformas para adaptarse materialmente a su orientación litoral; los marines, en su visión de proyección y penetración en profundidad están persiguiendo el desarrollo de tres plataformas, un nuevo hoovercraft, el vehículo anfibio avanzado y el avión V-22; la USAF prima la invisibilidad de sus nuevos aparatos, como el F-22, la standarización, con el JSF, y, en menor medida, el desarrollo de plataformas no tripuladas (UAV).
En todo caso, el mayor esfuerzo, visible en todos los ejércitos, va en la dirección de la integración de sistemas y la superioridad de la información como requisito primero del éxito en la batalla. En ese sentido, en la jerga cada día se habla menos de stand-off weapons y más y más de stand-in sensors.
¿Qué significa todo esto para la industria?
La primera cuestión que hay que tener bien presente es que la transformación, tal y como se la plantean los responsables americanos, no es lo mismo que modernización. La modernización conlleva mejoras de sistemas y/o procedimientos bajo lo que los expertos denominan “innovación sostenida”, esto es, mejoras en la calidad de los productos medidas por parámetros familiares y que ofrecen mejores formas para hacer lo que se hacía hasta ese momento con generaciones tecnológicas anteriores. Por el contrario, la transformación, además de esas innovaciones, también conlleva lo que se conoce como “innovaciones disruptivas”, esto es innovaciones que permiten hacer cosas nuevas hasta ese momento fuera del alcance con las tecnologías al uso.
Tal y como henos visto en los últimos años, la transformación intenta explotar y aprovecharse al máximo de ambas dinámicas. Primeramente, en la búsqueda de mejorar las plataformas y sistemas existentes, dotándolos de nuevas capacidades. El ejemplo más recurrente en los últimos tiempos es la aplicación de los kits de GPS a municiones “tontas” a fin de convertirlas en “listas” aunque no inteligentes. En 1997, por ejemplo, la mejora de las municiones aire-suelo existentes de la USAF representaba el 8% del total de la partida de adquisiciones, frente a un 78% de las bombas inteligentes y el 14% de las multipropósito. En este año 2003. los términos se han prácticamente invertido: casi un 60% va a parar la modernización de las JDAM y sólo un 19% a las municiones inteligentes, JASSM y JSOW. La razón es muy simple: las JDAM cuestan unos 20 mil dólares y las JASSM 250 mil.
El mejor ejemplo actual de “innovación disruptiva” viene dado por el impulso de la vehículos no tripulados, de los cuales los aéreos son los más conocidos. Los vehículos no tripulados son sistemas bien conocidos desde hace décadas y desarrollados tecnológicamente sin problemas por los principales contratistas de defensa, al menos en Estados Unidos. Su falta de desarrollo y explotación generalizada, excepto en aplicaciones tácticas y limitadas, se explica, de hecho, no por problemas de dominio de sus subsistemas y componentes sino por resistencias corporativas: los AUV, por ejemplo, amenazaban la figura del piloto, clave en el desarrollo de cualquier fuerza aérea. Sin embargo, su aplicación estratégica –y no sólo en tareas de vigilancia y comunicaciones- se ha visto ampliamente reforzada desde Afganistán y hoy los defensores de la transformación consideran a los UAV un programa ejemplar para sus proyectos. Sistemas como el Predator o el Global Hawk se han convertidos en los símbolos y representantes de los que son las capacidades militares en torno a las tecnologías de la información.
Pero si decimos aquí que los UAV son innovaciones disruptivas es a causa de su potencial para alterar la dinámica competitiva de las industrias de la defensa. Como se dice en un reciente informe de la consultora McKinsey, “hoy es inconcebible que un nuevo avión de combate o bombardero se origine en una compañía que no sea Boeing, Lockheed Martín o Northrop Grumman. Sin embargo, compañías innovadoras pueden desarrollar perfectamente plataformas de bajo coste”.
[2] De hecho, el Predator salió de Leading Systems, una compañía tan pequeña que para su poder atender a la creciente demanda tuvo que dejarse adquirir por General Atomics. En cualquier caso, tampoco una tradicional del panorama del sector.
En ese sentido, si la transformación avanza hacia una reducción del número de plataformas tradicionales a favor de sistemas que puedan ser manejados en red, posiblemente más pequeños, menos sofisticados, pero más baratos y redundantes, la dinámica entre grandes fabricantes de plataformas, sistemistas y productores de otros servicios y productos distintos al hardware, se va a ver alterada por fuerza. Es verdad que los grandes plataformistas. Desde Boeing a Rytheon, han intentado adaptarse a los juevos tiempos y al declive numérico de las grandes plataformas posicionándose como integradores de sistemas. No obstante el problema que plantean los potenciales desarrollos de la transformación, en sus planteamiento actuales, es que los contratos para los componentes electrónicos e informáticos de las nuevas arquitecturas, así como la I+D asociada, son menores en su volumen financiero que los grandes contratos de producción de plataformas. Por ejemplo, en el año 2001 la mayoría de los contratos de producción de plataformas superaba los mil millones de dólares de coste, con ninguno por debajo de los cien mil dólares; por el contrario, los contratos de electrónica se agolpaban en la franja de los 10 millones de dólares, con apenas contratos por encima de los cien millones y ninguno por encima de los mil. A su vez, en I+D inicial, los contratos se agolpaban en torno al millón de dólares, con ninguno por encima de los cien millones y muchos por debajo del millón.
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La consolidación que se realizó en los 90 para hacer frente a la caída de la demanda puede que tenga que volver a plantearse frente a una situación de mayor dificultad para obtener beneficios no marginales en el medio plazo.
Es más, la competencia se va a ver agudizada no sólo porque los grandes tenga que luchar más a menudo entre sí, sino porque la propia naturaleza de los programas vinculados a la transformación favorecen la entrada en el juego de compañías productores de software tanto del sector de la defensa como no (firmas como Veridian, SAIC o Silicon Graphics, son un buen ejemplo de esto). Contratos más pequeños pueden hacer viable una pequeña compañía cuando no hablamos de plataformas complejas. Y esto puede observarse en la constante pérdida de cuota de mercado en I+D de los 10 grandes contratistas del Pentágono que si bien mantienen su posición de manera estable en todo lo referente a la producción (en un 77% de cuota de mercado), han bajado del 46 al 37% en I+D en los últimos de 1996 a hoy.
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Otra cuestión que puede alterar la dinámica de la industria vendrá dada por el énfasis que se pone en la transformación en lo conjunto y en la centralización de las adquisiciones. Hasta la fecha, las empresas importantes se han venido beneficiando de una especial relación con los ejércitos a los que daban servicios y productos de manera singular. La centralización y la standarización de sistemas cerrará interlocuciones y obligará a formalizar una nueva relación entre las agencias de adquisición, o en su caso los órganos centrales, y las compañías.
Junto a la transformación, y como una de sus patas, se han puesto en marcha iniciativa para una mejor gestión de las adquisiciones y de los procedimientos para las mismas. En los Estados Unidos bajo el nombre de Revolution in the Business Affairs y en el reino Unido como política de Smart Procurement. La filosofía es común a ambos casos: reducir los costes de gestión a la vez que simplificar los procedimientos y ganar en flexibilidad y adaptabilidad en adjudicación, desarrollo y control sobre los programas de adquisiciones. Hasta aquí unos objetivos bastante clásicos para los momentos de escasez de recursos. Ahora bien, a medida que la transformación vara desarrollando de verdad programas comunes, la relación entre industrias y clientes se limita necesariamente. No tiene por qué ser ni mejor ni peor que el sistema actual, pero será distinto en todo caso.
Es más, en la medida en que las prioridades de la transformación no se basaran en elecciones específicas de los ejércitos sino en capacidades derivadas de requisitos conjuntos se entiende que los departamentos de defensa y sus agencias de adquisiciones buscarán un nivel de interlocución apropiado y directo con los sistemistas principales y con los gestores de los sistemas de sistemas.
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En conclusión
La transformación no puede significar business as usual para la base industrial de la defensa, entendiendo por tal la dinámica generada en los 90 y la subsiguiente consolidación. Es una cuestión de ritmo y tiempo, pero es claro que el liderazgo político en Estados Unidos y en el Pentágono apuntan a una aceleración de los cambios en sus fuerzas armadas y no sólo a una modernización sostenida. Si el comportamiento de las nuevas tecnologías es similar o parecido al desarrollo de las tecnologías de la información y de la electrónica durante la década pasada, cabe esperar que el impulso innovador se autoalimente y lleve a un salto cualitativo en poco tiempo.
La cuestión es si los grandes grupos salidos de la consolidación sabrán adaptarse a las nuevas dinámicas y circunstancias del mercado de la defensa, donde el peso de las plataformas tiende a disminuir frente a la integración de sistemas y a la producción de componentes de menor valor. En suma, la cuestión es saber qué empresas estarán mejor preparadas para la innovación que se avecina. No hay no puede haber una respuesta univoca, pues cada sector y cada compañía presenta un caso singular. Así, por ejemplo, el paso de grandes buques a navíos de menor tonelaje y cascos reducidos o, incluso, a proyectos como el DDX americano, parece que puede ser encarado sin grandes traumas por los mimos astilleros, cosa que no ocurre en el sector aeroespacial donde pequeñas compañías ya están retando la competitividad de los grandes fabricantes en lo tocante a las nuevas plataformas, como hemos visto antes.
Si hay algo que perece seguro es que una fuerte adicción por las plataformas es una garantía de fracaso futuro. Y las industrias españolas deberían tomar buena nota de ello porque el pan para mañana y los próximos años que viene de la mano de los famosos programas estrellas, puede tener un efecto adormecedor muy inquietante para el día después.
La nota positiva viene, no obstante, en que la transformación, de hacerse, implicará nuevos programas y más dinero para adquisiciones, sean éstas del tipo que sean. Y en ese sentido, la base industrial para la defensa, aunque ya no necesariamente de la defensa, tiene su futuro asegurado. Lo que sí está sujeto a discusión es el quién es quien en esa base industrial del futuro.
[1] Cebrowski, conferencia ante la Asociación de comunicaciones y electrónica de las fuerzas armadas. Virgina, 27 de septiembre de 2002.
[2] Harned, Douglas y Lundquist, Jerrold: “what transformation means for the defense industry” en
The Mackinsey Quarterly, nº 3 2003.
[3] Fuente, US department of defense, directorate of information and reports
[5] ver al respecto, Laird, Robin: “Transformation and the defense industrial base: a new model” en
Defense Horizons nº 26, mayo de 2003.