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Europa no quiere transmitir la herencia de Occidente
Colaboraciones nº 1308   |  2 de Noviembre de 2006
 
En un famoso ensayo de 1798, T. R. Malthus veía una amenaza a la subsistencia de la humanidad sobre la tierra en el crecimiento desigual de población y recursos. Prudentemente, sin embargo, se mostraba dispuesto a retractarse con agrado y alegría si hombres más capaces que él demostraban poder resolver lo que entendía como “la principal dificultad en el camino de la mejora de la sociedad”. Cuando el lector lea estas líneas, los Estados Unidos de América habrán alcanzado los 300 millones de habitantes, convirtiéndose, a la par que en el más próspero, en el tercer país más poblado del planeta – tras China y la India – y en el tercer país hispánico por población – junto con Méjico y España.
 
El aumento de población americana es un síntoma de confianza en su futuro, y en el de la economía científica, es decir, liberal, que ha permitido desmentir las predicciones pesimistas de Malthus. Hoy, se sentiría satisfecho con todo ello.
 
Por su parte, la Unión Europea a 25 tiene una población de algo más de 450 millones de habitantes, pero menguante, y ya que España, como es sabido, está “en el corazón de Europa”, quizá se puedan hacer algunas apreciaciones acerca de estos datos en principio meramente estadísticos.
 
Lo relevante es la tendencia creciente de los datos americanos. Desde 1967 han añadido 100 millones a su población, y el porcentaje más relevante corresponde a la aportación hispánica. Se prevé que alcanzará los 400 millones mediado el siglo XXI. Como dice el economista Easterbrook “Espero que les gusten los Estados Unidos, porque vamos a ver mucho más de ellos en adelante”. Considerando además el dinamismo de esta nación(vid. Edmund Phelps http://www.opinionjournal.com/editorial/feature.html?id=110009068) que le ha permitido prosperar con más rapidez y eficacia que los modelos continentales o europeos, a día de hoy, hay una potencia mundial poblada y pujante, mientras que el otro lóbulo de Occidente, Europa, está en decadencia y desmoralizado.
 
Y esto se advierte en los patrones demográficos. Julián Marías repetía con frecuencia que no entendía porqué si era bueno producir de todo, siempre que ese todo se refiriera a cosas, iba a ser malo que se “produjeran” personas. Parece que, desde una correcta comprensión del término “progreso”, tampoco puede entenderse. Los americanos han entendido que progresar, de verdad, pasa por tener más niños. En Europa, en cambio, no ha sido así.
 
Ese temor maltusiano a la procreación parece algo lejano pues el británico escribía a finales del XVIII. Pero es oportuno recordar que ha habido hitos más recientes ante el escándalo de la generación de semejantes, que han encontrado más eco a este lado del Atlántico.
 
En 1968, Paul Ehrlich, publicaba un libro titulado “La bomba de la población” en donde escribió cosas tan sugerentes como la siguiente: “La batalla para alimentar a toda la humanidad ha terminado. En los 70 y los 80 cientos de millones de personas habrán muerto de hambre…”. Pero dando muestras de su humanidad y decencia no se quedó en la predicción, sino que adelantaba propuestas para resolver el problema, especialmente en los Estados Unidos y así, escribía: “Nuestra posición requiere que actuemos inmediatamente aquí entre nosotros, y que promovamos acciones efectivas en el resto del mundo. Debemos adoptar medidas internas de control de la población; es de desear que mediante un cambio en nuestro sistema de valores, pero si los métodos voluntarios fallan, mediante métodos obligatorios”. Otra cita ayuda a entender mejor el carácter del personaje: “Un cáncer es una multiplicación incontrolada de células; la explosión de la población es una incontrolada multiplicación de gente. Tratar únicamente los síntomas del cáncer puede hacer que el paciente mejore al principio, pero al final, muere (…). Un destino similar es el que espera al mundo con la explosión de la población, si sólo se tratan los síntomas. Debemos dirigir nuestros esfuerzos no al tratamiento de los síntomas, sino a la destrucción del cáncer. La operación requerirá muchas decisiones aparentemente brutales y duras. El dolor puede ser intenso. Pero la enfermedad está tan avanzada que sólo con una radical cirugía tiene el paciente una oportunidad de sobrevivir”.
 
Unos años después, en 1972, el Club de Roma publicó su famoso informe “Los límites del crecimiento”, en el que consideraba que en algún momento en los cien años que siguieran, “largo me lo fiáis”, dado el modelo de crecimiento (a saber: el capitalismo liberal) se produciría una súbita e incontrolada caída tanto en población como en producción.
 
Efectivamente Europa hizo más caso a estos profetas de la catástrofe que sembraron la cosecha que hoy recogemos, o más bien, que no recogemos.
 
En la Unión hay hoy 461 millones de habitantes. Las predicciones dicen que hasta el 2025 seguirá creciendo todavía algo pero que, para entonces comenzará a descender la población. La tasa de fertilidad en la Unión es de 1,47 por mujer, muy por debajo del 2,1 considerado necesario para garantizar la reposición poblacional. En Italia y en España la tasa es de 1,28, lo que haría que el número de españoles – inmigración excluida – se redujera a la mitad en 42 años. El economista y demógrafo Nicholas Eberstadt ha dicho que se trata, en Europa, de la menor tasa de nacimientos que jamás se haya dado en tiempos de paz. Más concretamente:
           
“Los niveles de Europa son los más bajos para cualquier grupo amplio de población en todo el planeta, ahora, o en cualquier otro momento de la historia”.
 
Hay al parecer muchas razones para estas notables diferencias demográficas entre Estados Unidos y Europa. Véanse algunas. Los americanos, por ejemplo, son patriotas. Según cita James Q. Wilson, un 71% de ellos están muy orgullosos del país en que viven. Los números de Francia y Alemania son 38% y 21% respectivamente. El 60% de los americanos dicen que hay que enseñar a los niños el valor del esfuerzo en el trabajo. Solamente están de acuerdo 1/3 de los ingleses e italianos, y una quinta parte de los alemanes. Mientras más de la mitad de los americanos creen que la competencia económica es buena porque es un incentivo para trabajar mejor y desarrollar nuevas ideas, sólo un tercio de los españoles o franceses lo piensan.
 
En un artículo sobre el tema, “The Economist” sugiere otra razón: “La religión tiene relevancia, según el Sr. Klineberg, (sociólogo de una Universidad en Houston). Los americanos son más devotos que los europeos, si se toma la asistencia a la iglesia como criterio, y su fe afecta favorablemente a su perspectiva del mundo en general. (…) La fe engendra esperanza (…) y si tienes esperanza en el futuro es más probable que quieras traer a niños al mundo”.
 
Gregg Easterbrook, de la “Brookings Institution”, en el “LA Times”, al comentar el aumento poblacional hasta los 300 millones, considera que inevitablemente traerá complicaciones, pero aclara: “Aunque haya más tráfico, si hay  muchos trabajadores para sostener el sistema de pensiones, es mejor eso a una población estable con una economía estancada y enturbiada por los costes de las pensiones. Esta situación ya la sufren algunos países de la Unión Europea, y no es envidiable”. A modo de conclusión considera que: “(…) el aumento poblacional también supone alcanzar un objetivo fantástico. Significa que haya cada vez más gente viva para experimentar el amor, la esperanza, la libertad y el milagro diario de cada amanecer. Ninguno de los que hoy disfrutamos del privilegio de ser americanos deberíamos resentir que este privilegio les llegue a muchos más en el porvenir”.
 
Michael Barone, en “US News and World Report” se refiere a otra de esas diferencias sustanciales entre las dos partes de Occidente, que hacen que ellos puedan hoy alegrarse, y nosotros debamos ir pensando en cómo se arregla nuestra situación: “Últimamente estamos viendo los síntomas de un nuevo capítulo. Las estadísticas de divorcios y abortos descienden, y las tasas de fertilidad aumentan, mucho más que en otros países ricos.”
 
En suma, los americanos son patriotas, tradicionales en valores, religiosos, confiados, optimistas y vitales, y esto redunda en una tendencia sostenida al crecimiento de la población. Mientras esa sociedad desoía deliberadamente los cantos de sirena de los neomaltusianos, los europeos nos rendimos a ellos.
 
Así, el mensaje que ha ido calando en Europa ha sido el más propenso al negativismo, ejemplo de una actitud racionalista a ultranza que ya preocupaba, entre otros, a Tocqueville. El resultado espera a la vuelta de la esquina.
 
Los datos demográficos de Europa, vista su dramática diferencia con los de América, si no cambian radicalmente, pueden traer consecuencias muy serias. Tanto desde la perspectiva del crecimiento económico a largo plazo, como del envejecimiento poblacional, pasando por la dificultad de integración de la inmigración – especialmente la islámica -, hay abundancia de elementos preocupantes. Pero lo más grave es el síntoma que hacen patente: la falta de ilusión, y de una razón por la que vivir y perpetuarse en la descendencia. No creemos en la herencia que nos correspondería transmitir. 
 
Es conocida la cita de Goethe: “lo que heredaste de tus padres, conquístalo para poseerlo”. Bien haría Europa en tomarse en serio los síntomas de su decadencia, si no quiere que esta generación, o la siguiente, conviertan esta frase en otra: “Lo que heredaste de tus padres, dilapídalo por no creer en ello, o por no tener a quién dejárselo.

 
 
Juan F. Carmona Choussat es Licenciado y Doctor en Derecho cum laude por la UCM, Diplomado en Derecho comunitario por el CEU-San Pablo, Administrador civil del Estado, y correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Su libro más reciente es "Constituciones: interpretación histórica y sentimiento constitucional", Thomson-Civitas, 2005.


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