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El Progresismo y la conspiración neoconservadora
Análisis nº 149   |  2 de Noviembre de 2006
 
¡Sorpresa ideológica! La derecha moderada por la que clama el progresismo es la derecha que avanza a su lado cogida de la correa de lo políticamente correcto. La derecha que debe mantener sus manos alejadas del poder, y cuando lo consigue, pedir perdón por los pecados cometidos desde los albores de la historia. Así las cosas, la guerra de Irak no es sino la actualización del pecado original que acompaña a la derecha, que no es otro que la tentación de hacer algo más que soportar el progreso de la historia
 
Progresismo vs socialdemocracia
 
Los últimos discursos del Presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero, han tenido un tema común y dos direcciones diferentes. En primer lugar ha advertido de la existencia de una extrema derecha, que a veces identificaba con el Partido Popular, y a veces con parte de él y del mundo cultural y político de la derecha. En segundo lugar, especialmente en el mitin de Alcorcón, interpeló a la verdadera derecha conservadora a separarse de la “extrema derecha”. Un tema común y dos ideas relacionadas; la denuncia de la existencia de una extrema derecha “neoconservadora” y la invitación a la derecha a separarse de ella.
 
¿Advertencia premonitoria del Presidente del Gobierno? Desde hace años, los medios que conforman la constelación progresista española vienen advirtiendo del peligro neoconservador en nuestro país; versión española del movimiento neocon norteamericano, siniestra conspiración donde los guardianes de las esencias democráticas descubren encarnados todos los males de la tierra, contradictorios o no. En cada pasillo de la Casa Blanca encuentran iluminados religiosos ciegos de moral, al mismo tiempo que hipócritas capitalistas dispuestos a todo por petróleo. Sin mayores preocupaciones intelectuales, la conspiración neocon americana es descrita por la intelligentzia ibérica con calificativos contrarios y contradictorios; todos ellos, no obstante, la sitúan saliendo de lo más profundo del infierno.
 
De la denuncia de una versión española de la conspiración americana, que secuestró la voluntad de Aznar, el Presidente Rodríguez Zapatero parece sacar la advertencia que repite solemne hoy y que con la que GEES ironizaba hace poco. Su denuncia contra la extrema derecha neoconservadora parece apoyarse, sin embargo, en la repetida adscripción del político socialista al progresismo político. Expresión ideológica que goza de buena salud, y que para el Frente de la Paz marca la frontera entre lo permisible, toda izquierda progresista, y lo no permisible, la derecha antiprogresista. El peligro, subrayará el quisquilloso, es si la izquierda progresista se extiende hasta el amonal y el parabellum.
 
¿Qué es el progresismo al que con tanto ardor se adscriben Rodríguez Zapatero, De la Vega o Llamazares y que permite a los nostálgicos del leninismo caminar del brazo de los herederos de Besteiro? Poca sorpresa causará la afirmación de que el progresismo es una ideología, una concepción de la historia que marca las pautas de la acción política. El progresismo parte de una concepción de la historia, es decir, de una idea acerca de qué es el pasado, qué el presente y qué el futuro. Fruto de esta concepción, la acción política legítima es aquella que deja atrás el pasado para construir una sociedad esencialmente diferente a la del presente.
 
La Historia, en clave progresista, no está sujeta a discusión; no es un conjunto de acontecimientos que el historiador enlaza y valora, sino un conocimiento objetivo sujeto a leyes; Marx inauguró el progresismo y constituyó la máxima expresión de lo que Lenin constituyó en máximo crimen. Para el progresismo, el punto cero de la historia lo marca la opresión del pueblo por los dominadores, llaménse como se llamen. No será necesario recordar a Engels y Marx; “la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases” cuando Rodríguez Zapatero la concibe como el proceso de dar derechos a quienes se les ha despojado de ellos.
 
El progresismo histórico no admite discusión: la versión progresista de la Guerra Civil es la única que tiene sentido, porque la Historia es la lucha de buenos contra malos, de verdaderos demócratas contra la reacción. En vano intentará el liberal introducir correcciones en una narración que no es historiografía sino religión; la Guerra de 1936 se inserta en un continuo histórico que, desde el origen de los tiempos, une a las fuerzas retrógradas de la historia contra la democracia; el pecado de Pío Moa o César Vidal no es seleccionar mal los hechos o interpretar mal los acontecimientos. Su pecado es saltarse la ley del progreso histórico, que enseña que la Historia es el camino recorrido desde la sumisión hasta la consecución de la libertad real, para la que la derecha es un obstáculo: “La izquierda debe rescatar la idea profunda de libertad, que ha estado secuestrada en muchas épocas por la derecha” (Rodríguez Zapatero, El País, 22-07-2001).
 
Historia remota, pero también historia presente. Para el progresismo, la Transición fue lograda pese a la oposición de la derecha; creencia del Presidente del Gobierno que Santiago Carrillo, profeta surgido de las cenizas del régimen de la Lubianka, celebra con alborozo. En 1978, los fusiles de los militares guardaban las espaldas de la derecha e impidieron que la Historia progresara como es debido impulsada por una izquierda entonces impedida “por una prudencia histórica, que ha sido positiva, pero que no tiene nada que ver con la realidad actual. Ahora estamos en condiciones de hacer esa vindicación sin que se entienda como un ánimo revanchista” (Rodríguez Zapatero, 22-07-2001).
 
Razón por la cual, la Historia no ha avanzado al ritmo que debía hacerlo; ¿acaso el terrorismo etarra no tiene su origen en un defectuoso ritmo de la historia? Se equivocan quienes juzgan que Rodríguez Zapatero paga un precio a ETA: haciendo avanzar la Historia, el progresista cree solucionar todos los problemas del hombre; superando la Transición, Txapote y Ternera no tendrán motivo para reivindicar a ritmo de titadine. Desmontando el régimen de 1978, convirtiendo la monarquía constitucional y parlamentaria en una república popular, el progresista cree hacer avanzar la historia hacia la libertad real, allí donde las reivindicaciones nacionalistas y etarras habrán sido resueltas plenamente, porque el desencuentro humano ya no tendrá sentido.
 
Si esto es así, el progresismo es esencialmente distinto de la socialdemocracia, o por lo menos lo está en la mente del Presidente del Gobierno: hay que superar la socialdemocracia, que tiene que abrir sus fronteras (El País, julio 2001). ¿Cómo? “La izquierda necesita una permanente evolución ideológica. La izquierda es ante todo la capacidad de entender los cambios sociales, de anticiparlos” (El País, 22 de julio 2001)
 
La socialdemocracia enfoca la acción política a la mejora aquí y ahora de las condiciones de vida de los desfavorecidos; la igualdad no es la meta de la historia, sino una tarea a realizar en el presente, con el marco de la economía mixta, de Estado de Bienestar y libre mercado. Para el socialdemócrata, el presente no es tan malo como para no encontrar en él las condiciones de mejora social. El progresismo rechaza el presente, y busca la permanente evolución, la anticipación de cambios sociales. La socialdemocracia acepta el presente, y riñe con la derecha en trabajar en la sociedad que existe, y no en la que imaginan sus propios deseos. El socialdemócrata o el liberal otorgan derechos a las personas que viven y padecen en el presente; el progresista otorga derechos pensando en la sociedad del futuro. El socialdemócrata acepta el presente; el progresista abomina de él en vistas de un futuro ideal. Diferencia sutil pero esencial, que muestra una verdad que los liberales del siglo XIX y XX han señalado hasta la extenuación; el progresismo es una idolatría de la historia, un sacrificio de las posibilidades del presente para configurar un ideal de futuro. Un futuro radiante
 
Progresismo, neoconservadurismo, extrema derecha
 
La humanidad ha abandonado el siglo de las ideologías; el siglo XX otorga una enseñanza tan simple como profunda; sólo es posible la convivencia cuando se acepta el presente sin renunciar al futuro. Sólo desde la aceptación del orden político actual parecen poder ponerse de acuerdo izquierda y derecha para llevar a cabo políticas económicas y sociales diferentes. Ahora bien,  ¿Qué papel le queda a la derecha, liberal o conservadora, ante los ojos del progresista convencido? Aceptando el orden social actual, resistiéndose a aceptar las leyes del progreso histórico que entusiasman a la coalición gubernamental y a la cultura que la rodea, la derecha se convierte en un obstáculo para la Historia.
 
Así, el Presidente del Gobierno señala los peligros neoconservadores que le acechan; “son viejos principios conservadores, basados en el miedo a las reformas políticas. Tienen miedo a España y por eso la han querido tener siempre atada” (Rodríguez Zapatero, 1-10-06). Inmovilismo, ataduras, miedo, vejez son los calificativos que el progresista, ocupado en mirar hacia el futuro, encuentra indignado cuando mira hacia el presente. Agotado el orden social actual, Rodríguez Zapatero encuentra agotada la socialdemocracia; poca imaginación basta para deducir entonces cómo encuentra a la derecha liberal-conservadora.
 
Para el progresismo, aquel que supedita la acción política al avance de la Historia, cualquier defensa del orden existente carece de cualquier sentido que no sea táctico; la Transición tuvo sentido en la medida en que en ese momento corría peligro el salto hacia delante. Hoy, afirman Rodríguez Zapatero, Llamazares y los intelectuales orgánicos del diario El País, no tiene sentido no acabar lo que se empezó en 1978; la democracia real.
 
Razón por la cual, denunciar a los entorpecedores de la Historia no es sólo labor del partidario, sino precisamente de aquél que tiene las más altas responsabilidades sociales; el conservador no es sólo rival del socialismo, sino del propio progreso del hombre. Concreción histórica, Rodríguez Zapatero denuncia la extrema derecha, no como líder del PSOE, sino precisamente como Presidente de la nación:
 
“Por eso mi obligación como presidente del Gobierno es decirle a los ciudadanos conservadores de este país, que no se dejen llevar, que respondan democráticamente como una derecha democrática y conservadora a este Gobierno, no como una extrema derecha que quiere falsear la Historia, la realidad y alterar la convivencia” (1-10-06, Alcorcón).
 
El progresista consecuente denuncia a la extrema derecha, aquella que se opone a los designios del progreso histórico que defiende, más aún “ahora que una nueva extrema derecha quiere revisar la historia, deslegitimar las instituciones un poner en duda un resultado electoral” (Rodríguez Zapatero, 1-10-06).  En los desvelos humanitarios del Presidente del Gobierno y de los progresistas del diario El País, la extrema derecha es “la facción conocida entre los historiadores como derecha subversiva” (Santos Juliá, El País 12-02-06). José Vidal-Beneyto alerta a los lectores del diario independiente de la mañana ante el gran peligro neocon; “El renacido radicalismo neoconservador empuja a los alineamientos beligerantes y a la regresión ideológica (7 de junio 2006). ¿En qué está pensando el presidente del Gobierno cuando habla de derecha conservadora?¿Qué tiene en mente el historiador Santos Juliá para hablar de derecha subversiva sacrificando su prestigio académico en nombre de la Ideología? ¿Qué pintoresco mecanismo ideológico empuja a Vidal-Beneyto a llamar a Vargas Llosa y Vàclav Havel radicales?
 
El progresismo distingue con cuidado la derecha de la extrema derecha; ¿qué entienden por derecha democrática? Respuesta evidente a condición de leer con atención a los guardianes de las esencias democráticas; cuando la derecha es concebida como un obstáculo del progreso, ésta deberá desaparecer del sistema o acompañar cabizbaja al Frente de la Paz en su misión histórica. Rodríguez Zapatero, como presidente de todos los españoles, anima a la derecha democrática; Vidal-Beneyto a la derecha civilizada. Es decir, a la derecha que acepta el papel histórico que le asigna el progresismo, el de entorpecer pero no detener la marcha de la historia. Para el progresismo, la derecha tiene derecho a participar del sistema, a condición, claro está, de no molestar demasiado.
 
¡Sorpresa ideológica! La derecha moderada por la que clama el progresismo es la derecha que avanza a su lado cogida de la correa de lo políticamente correcto. La derecha que debe mantener sus manos alejadas del poder, y cuando lo consigue, pedir perdón por los pecados cometidos desde los albores de la historia. Así las cosas, la guerra de Irak no es sino la actualización del pecado original que acompaña a la derecha, que no es otro que la tentación de hacer algo más que soportar el progreso de la historia.
 
El progresismo entona los cantos de sirena, y anota en la pizarra los deberes de la derecha civilizada: la clase media deberá soportar impávida el aumento de impuestos; las familias deberán asistir en silencio al adoctrinamiento ideológico de la Educación para la ciudadanía; los curas aguantarse ante los nuevos dogmas del matrimonio gay, del relativismo moral, del hedonismo sin fronteras; los profesores de filosofía verán recortada y asaltada su asignatura, los de historia la verán orientada desde el principio; la historia les respalda.
 
Para el Frente de la Paz, la Guerra de Irak no es ni una equivocación ni un error del Partido Popular; en vano intentarán sus dirigentes enmendar tal error. Irak es la encarnación actual de una derecha que para el progresismo es esencialmente belicista, egoísta y manipuladora. La familia algo tradicional, que la Historia deber sustituir por formas distintas de convivencia. Las disciplinas académicas, la educación, instrumentos para la igualdad social y la paz negociada con ETA. La Iglesia un conjunto de ancianos con sotana desacreditados ante los jóvenes del botellón y el póntelo, pónselo. Para los profetas del progresismo, la derecha democrática podrá quejarse de su destino, pero nada más que eso. El paso de la Historia es inexorable; la derecha deberá plegarse a la justicia histórica. Faltaría más.
 
¡Que vienen los neocon!
 
Si la derecha democrática es para el progresismo aquella que camina cabizbaja al lado del socialismo rampante, entonces quien se salga de la fila se sale también de la democracia; “La cotidianidad política nos enfrenta cada día con una realidad que nuestros antepasados ya conocían: a la derecha no le interesa hacer política. Es un fenómeno antiguo y siniestro”, iluminaba Almudena Grandes en marzo de 2006. La autora de las explícitas escenas pornográficas de Las edades de Lulú, continuaba con su lección de teoría política denunciando “el feroz revisionismo neoconservador que padecemos de un tiempo a esta parte” (El País, 25-03-06).
 
Pero el progresismo parece cometer un error teórico; la historia no parece tener un sentido único, ni parece posible conocer las leyes de la democracia con la certeza con que lo hacen el ideólogo y el creyente. Éstos defienden el derecho de la derecha a quejarse cuando el progresismo le lleva por los senderos de la liberación, pero ahí acaba su papel. La derecha deberá soportar el paso de la historia de la mejor manera que pueda. Más allá de allí deberá callarse.
 
Pero entonces el progresismo en bloque se escandaliza ante una derecha que, lejos de bajar la cerviz, parece mantenerle la mirada: ¿cómo es posible que desde el GEES se defienda a Israel? ¿cómo Aznar reivindica los valores cristianos y liberales de Europa?¿Cómo Jiménez Losantos propugna abiertamente combatir civilmente al Gobierno de la Paz?¿cómo se alinea, alrededor de Libertad Digital, una constelación de webs, bloggs y diarios digitales que amenaza con hacer saltar por los aires la clase aristocrática progresista? Algo ocurre cuando la realidad no se adecua a la Ideología, cuando la derecha en vez de pedir perdón y dejarse arrastrar a regañadientes por los profetas de un nuevo futuro, parece pasar a la ofensiva intelectual y atacar en varios frentes los mitos sagrados del profetismo.
 
Ante los desorbitados ojos del progresismo, parte de la derecha no sólo no pide perdón por serlo, sino que ataca despiadadamente los mitos progresistas que el Gobierno de la Paz ha declarado oficiales; el mito del proceso de paz, el mito de los criminales norteamericanos, el mito de la Educación para la ciudadanía, el mito de los derechos para todos. Cuando el buenismo parecía haber desplazado al cristianismo como religión oficial, cuando los telediarios, los reality-shows, las teleseries transmiten las verdades democráticas, el fantasma de Clinton parece pasearse por España; quizá el triunfo de la historia no sea tan evidente, quizá alguien frene el triunfal desarrollo de la verdadera democracia.
 
Entonces parece ocurrir lo inevitable; se desata la histeria antineocon que recorre mítines, emisoras de radio, redacciones de periódicos. ¿Cómo es posible, se preguntan los creyentes el progresismo, en El País, en la SER o en Tele 5, que los obispos no sometan a su radio a los dictados de la mayoría democrática?¿Qué Aznar, el genocida, el mentiroso, el manipulador, siga defendiendo sus ideas sin pedir perdón?¿Qué alguien ose recordar los agujeros negros del 11M?
Para el progresista, tal actitud es una anomalía histórica, una aberración política. Los profesionales del progresismo claman al cielo cuando la derecha les mantiene la vista y aporta unos argumentos declarados satánicos; cuando esto ocurre, los Rosa Regás, Almudena Grandes, Javier Pradera o Iñaki Gabilondo se enervan indignados ante quienes pretenden discutirles las bondades de la II República, la criminalidad de Israel, las manipulaciones del PP. Manuel Rivas, Josep Ramoneda o Juan Luis Cebrian destapan la conspiración neocon, porque sólo una fuerza sospechosamente oscura, satánica y malvada puede discutir con éxito la realidad, su realidad. Si la derecha discute la verdad del progresismo, es porque operan en ella oscuras fuerzas que nada bueno pueden contener.
 
Así parece mostrarse la principal características de la conspiración neocon que quita el sueño en La Moncloa y en los despachos multimedia. Ante los ojos pasmados de la religión progresista, cierta derecha se muestra tan activa como altiva, y se lanza a discutir los mitos progresistas. La derecha neoconservadora que preocupa a Rodríguez Zapatero y causa indignación en los medios de izquierda es tan plural como incoherente, tan extensa como inconexa. En vano encontrará el observador un conjunto de ideas común y elaborado; encontrará sin embargo una actitud intelectualmente ofensiva que, a imagen y semejanza de la que llevó a ganar las elecciones a George Bush, une el rigor con la falta de complejos.
 
El único punto en común en la derecha que indigna al progresismo es la adopción de una estrategia intelectualmente ofensiva: el pecado de la derecha neocon es no pedir perdón por ser derecha, y discutir las verdades indiscutibles. ¿Maniqueísmo político en la España de 2006? Sin duda. El espectador objetivo y desapasionado de las reyertas culturales y mediáticas de estos años descubrirá dos grupos, dos bandos situados frente a frente, que mantienen unos principios políticos cada vez más antitéticos; un progresismo que parece haber desplazado a la socialdemocracia en la familia de la izquierda, y que acoge entusiasta en su seno a comunistas, nacionalistas, nacional-socialistas. Enfrente, una derecha que lejos de pedir perdón por los crímenes que se le imputan, discute todos y cada uno de los cargos que contra ella se presentan, y no contenta con eso, señala los pecados del progresismo en el poder.
 
El observador descubrirá que todas y cada una de las cuestiones que defienden unos y otros están sujetas a discusión. Pero descubrirá también que sólo uno de esos bandos clama por el cierre y el ostracismo inmediato de aquellos a los que acusa de crispar y de falsificar la Historia. Diferencia que el progresista encontrará inapreciable en su cruzada por defender la historia, pero que constituye el pluralismo que la conspiración neocon ha jurado defender hasta el final, que parece extenderse, y que provoca la indignación de quienes pretenden cerrar el debate cerrando bocas. Y es que la misma existencia del debate político y cultural parece mostrar que el sagrado progreso de la historia no es tan evidente. Hasta la llegada de los candados progresistas.

 
Óscar Elía es Analista Adjunto del GEES en el Área de Pensamiento Político.
 


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