(Publicado en ABC, 27 de octubre de 2006)
Hace unos meses Mahamud Ahmadinejad, el presidente iraní se retrató delante de un gigantesco reloj de arena en el que, en su base, se había hecho añicos una bola pintada con la bandera americana mientras que caía para estrellarse a su vez la israelí. Ahora acaba de añadir a su colección, la de Europa. De hecho, Ahmadinejad se ha colocado en la ilegalidad internacional al amenazar a los europeos. Lo hizo ya con los israelíes sin ver ninguna consecuencia, ¿por qué no repetirlo de nuevo?
Delante de sus masas radicales, el líder de la república islámica, no lo ha podido ser más claro: “Se lo hemos dejado saber ya, los americanos están muy lejos y ustedes son vecinos de esta región. Les decimos que las naciones son como océanos, y si se forma una tormenta sus dimensiones no quedarán confinadas a Palestina y ustedes podrían salir dañados”. Y añadía: “Ustedes europeos han impuesto a un grupo terrorista (se supone que Israel) en esta región. Está en su interés distanciarse de esos criminales. Esto es un ultimátum. No lo lamenten mañana”. Acabó con la consabida letanía sobre borrar del mapa a Israel.
Ahmadinejad es apocalíptico y posiblemente quiera el arma atómica para acercarnos más a ese día. No hay que reírse de sus palabras. Si Hitler no consiguió todo lo que avisaba en Mein Kampf no fue por falta de empeño y coherencia, sino porque los aliados acabaron con él y su Alemania antes de que tuviera tiempo. Ahmadinejad también nos está avisando: para Israel quiere la desaparición; para América, la rendición; y para Europa el Apocalipsis.
Es posible que acostumbrados a los gestos de los políticos occidentales, para quienes las promesas suelen estar hechas para no ser cumplidas, Ahmadinejad nos parezca un fanfarrón o un charlatán exaltado. Que, como apuestan los negociadores de la UE y Solana, sea mejor no entrar en sus provocaciones y darle más tiempo para que recapacite. Es una opción. Pero como nos equivoquemos, será el Eurocalipsis según San Ahmadinejad.