Hungría 1956. Contra los grilletes
(Publicado en La Razón, 23 de octubre de 2006)
El proletariado nunca se enteró muy bien de que el comunismo era su vanguardia y que era por su propio bien por lo que lo usaban como carne de cañón. Por no enterarse muchas veces sus miembros constitutivos ni siquiera se percataron de que eran proletarios. Los infelices se creían simplemente trabajadores, identificándose en muchos aspectos con el resto de la nación a la que pertenecían. Ya lo había dicho Lenin, dejados a su albur los obreros no pasarían de una socialdemocracia. Un buen redentor no podía abandonarlos a tan grisáceo destino cuando el radiante porvenir estaba a la vuelta de un par de generaciones masacradas. Pero qué menos si sus nietos verían la tierra prometida, aquella en la que a cada cual sus necesidades. Pero los que se sentían maestros surfistas en la cresta de la incontenible ola del futuro usaron a modo de profunda filosofía para iniciados toda una colección de putrefactos latiguillos para tragar carros y carretas y justificar sangres, sudores y lágrimas, y miedo, sobre todo miedo.
La historia del comunismo puede contarse como la del choque entre utopía y realidad, arrojando siempre esta última al basurero de la historia y sustituyéndola por otra que sólo existía en el lenguaje oficial y los instrumentos para imponerlo por la fuerza, hasta que finalmente la realidad se tomó su venganza definitiva sobre las ficciones verbales sostenidas por las bayonetas. Las revoluciones, se les explicaba pedagógicamente a sus sufridos beneficiarios, eran como las tortillas, no era posible hacerlas sin cascar huevos. Pero las tortillas no acababan nunca de aparecer, se las comían los cocineros mientras que los huevos los ponían los hipotéticos comensales, que se quedaban siempre a dos velas.
En ese choque entre promesas e incumplimientos, filosofemas falaces y opresiva cotidianeidad muchas chispas saltaron y muchos se fueron apeando del carro triunfal que conducía a ninguna parte en un viaje sin fin con penalidades sin cuento. Hungría en el 56 puede que haya sido el momento más importante, el choque con mayores consecuencias, con desilusiones más profundas. En febrero se había producido en Moscú un intento de reducir la creciente distancia entre la atroz ficción y lo que todos los embarcados a la fuerza en el experimento de ingeniería social veían y palpaban a diario pero no podían nombrar. Con el estalinismo la revolución había sido no sólo un parásito que carcomía los cuerpos nacionales de los que se había apoderado, sino un monstruo insaciable que había llegado a devorarse a sí mismo. Nadie ha matado nunca más comunistas que Stalin. Corregir ese rumbo no era sólo una necesidad de supervivencia para el comunismo sino, en el sentido más literal y urgente, para sus más fervorosos creyentes. El XX congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética condenó el bolchevismo de Stalin como una desviación de las que siempre acosaron a la prístina verdad original descubierta científicamente por Lenin aplicando fielmente la infalible matemática de la historia aportado por Carlos Marx.
Pero como otros intentos revelaron, la reforma del sistema invocaba los derechos de la realidad y lo ponía irremisiblemente en peligro. La dulcificación del régimen terminaba con la puesta en acción del los tanques soviéticos y el desencadenamiento de una nueva ola represiva. Sólo la inverosímil mezcla de astucia táctica y ceguera ideológica de Gorbachov fue capaz de dar al traste con el régimen sin que se produjeran los apocalípticos estertores que todos temíamos. No se enteró hasta que la Unión Soviética hubo dejado de existir. Estuvo salvándola y salvándola y salvándola hasta que ya no quedó nada por salvar. En eso consistió la perestroika.
Kruchev, el destructor del estalinismo por interés propio y colectivo del Partido, no estaba aquejado de esa ceguera. Cuando la controlada conmoción soviética prendió en Hungria, tras un ejemplo más limitado en Polonia, supo perfectamente qué hacer. En la pequeña nación centro europea se trató del país entero y verdadero contra el comunismo, como reconocieron tirios y troyanos. El levantamiento no buscaba compromisos, no se conformaba con ponerle un rostro humano, como Ducek doce años después en Checoslovakia. Fue una explosión de rabia que cometió sus propios excesos, que no dejaron de ser invocados como pretexto, pero hubiera sido igual, como la revuelta del 68 primero y la experiencia de Solidaridad en Polonia después demostraron, si es que alguna demostración hacía falta.
El arsenal de sólidos argumentos socialistas estaba plenamente formado y nos ha machacado los oídos y los cerebros hasta que todo el tinglado totalitario se esfumó en el sutil aire. Breznev sólo le dio su nombre a una doctrina contenida íntegramente en la revelación leninista. Las conquistas del socialismo, es decir, el poder de sus titulares, ha sido siempre irreversible. La historia, que no admite marcha atrás, así lo quería. El único destino posible para las fuerzas de la reacción y contrarrevolución era el aplastamiento. Hungría fue una lección bien aprendida por los irreductiblemente incrédulos, súbditos del sistema, que prolongó los sufrimientos pero ahorró sangre. Para los creyentes occidentales fue un shock que sacudió la fe de bastantes y e inició un proceso de ruptura de carnets que tuvo sus altibajos con las crisis posteriores. Los que se aferraron a la ideología siguieron dándonos altaneras lecciones de sentido histórico, extraído de escuetos manuales. Pero ya no.