Perdida entre el tsunami Foley y el huracán Woodward se encuentra la tormenta que inició el gran colapso Republicano del 2006. Apenas hace unas cuantas semanas de que los Republicanos empezaran a plantar cara con posibilidades para las elecciones de noviembre, de que sus perspectivas fueran reavivadas por los cargados discursos del presidente en materia de terrorismo en torno al aniversario del 11 de Septiembre, de la histórica legislación sobre trato y tentativa de captura de terroristas, y una caída de los precios del crudo como caída del cielo.
Después llegó el momento parada en seco, el National Intelligence Estimate filtrado que fue anunciado a los cuatro vientos como la prueba definitiva de que la guerra de Irak ha empeorado el terrorismo. La locura de Foley y la historia de Woodward han superado ya esa noticia, pero continuará siendo una acusación sin refutar mucho después de que Foley sea olvidado y Woodward sea sobras. Exige refutación.
La cuestión planteada -- ¿incrementa o reduce la guerra de Irak el suministro mundial de jihadistas? -- es en sí misma un ejercicio de buscar una aguja en un pajar. Cualquier respuesta exige un cálculo complejo que implica docenas de factores inconmensurables, así como construir una historia completa alternativa del mundo en caso de que la invasión norteamericana del 2003 no hubiera tenido lugar.
Ah, pero aquellos visionarios de "la comunidad de Inteligencia" norteamericana, hablando a través de un National Intelligence Estimate filtrado -- el NIE previo más famoso, caso de que no lo sepa, concluía que Saddam tenía armas de destrucción masiva, por la fuerza -- se han adentrado en lo profundo del pasado hipotético y encontrado la respuesta. Tal como es relatado por los críticos de la guerra de Irak, la conclusión es que Irak nos ha hecho menos seguros porque se ha convertido en "un tema de controversia" y un factor de aglutinamiento en torno a la jihad.
¿Convertirse? Todo el mundo parece haber olvidado que Irak ya era un tema de controversia y un factor de aglutinamiento mucho antes del 2003. Cuando Osama bin Laden decretó su declaración de guerra contra América en 1998, sus dos casus belli para la jihad que se nos vino encima el 11 de Septiembre se centraba en Irak: el presunto asesinato por parte de América de más de un millón de iraquíes a través de las sanciones post-Guerra del Golfo y, lo que es aún peor, la profanación de las ciudades más santas del Islam de La Meca y Medina a través del destacamento de soldados norteamericanos infieles en Arabia Saudí (como protección post-Guerra del Golfo a la amenaza presente de invasión por parte de Saddam).
La ironía es que el derrocamiento de Saddam eliminó estos dos factores de aglutinamiento: las sanciones iraquíes fueron suspendidas y las tropas norteamericanas fueron retiradas de la ya no amenazada Arabia Saudí. Pero los agravios sanados son reemplazados fácilmente. Los jihadistas no perdieron el tiempo buscando nuevas justificaciones para la furia y reavivando antiguas. El suministro no tiene fin: viñetas danesas, pronunciamientos papales, la liberación de la mujer, la existencia de Israel, el lenocinio de la cultura occidental, la guerra de Afganistán. Y por supuesto, Irak -- otra vez.
¿Hasta qué punto es importante Irak en este cálculo? El pretencioso National Intelligence Estimate -- tal cual -- ofrece un escenario completamente común de evaluación de la relación entre terrorismo e Irak. Por una parte, la presencia americana sí invita a algunos a unirse a la jihad global. Por la otra, el éxito en Irak debilitaría la herramienta más fundamental para el terrorismo -- la opresión política en tierras árabes que es alterada por dictadores cínicos y por imanes radicales en odio criminal a Occidente. Que es el motivo por el que la democracia de Bush representa la mayor esperanza de reducción del terrorismo y el motivo por el que el propio NIE concluye que si los jihadistas fracasasen en Irak, sus filas se esfumarían.
Es un tema que el tiempo aclarará. El bombardeo de las islas japonesas del Pacífico pudo haber incrementado el reclutamiento kamikaze a corto plazo. Pero el éxito en la Guerra del Pacífico puso punto y final definitivo a todo el tema.
Además, ¿alguien concibe que si los jihadistas en Irak se quedasen en casa, estarían cultivando petunias en lugar de planear atentados terroristas? Omar Farouq, líder de al-Qaeda en el sudeste de Asia, se escapó de una presión norteamericana en Afganistán hace un año y aparentemente se vio arrastrado al "motivo de controversia" en Irak. El mes pasado era abatido por tropas británicas en un intercambio de fuego en Basora. En una cinta difundida el 28 de septiembre, el líder de al-Qaeda en Irak decía que iban a Irak a morir en Irak.
Está claro que uno de los motivos por los que hemos atravesado cinco sorprendentes años sin un segundo ataque en territorio norteamericano es que los jihadistas más dedicados y virulentos han acudido a luchar en contra nuestro a Irak, como se dijo durante la Primera Guerra Mundial, "allí".
¿Hoy nos hace más seguros la guerra de Irak o menos? ¿Y qué hay de mañana? El hecho es que no es posible ninguna respuesta definitiva. A excepción del siguiente cliché: durante todas las guerras, por definición todos estamos menos seguros -- y el camino más seguro de vuelta a la seguridad es la victoria.