Durante su visita a Estados Unidos, Pervez Musharraf, de Pakistán, se encontró en medio de uno de los pasatiempos favoritos de Washington: la caza y captura del estamento político conocida como el él / ella dijo que…
En este caso, los medios informaron primero de algo que Musharraf dijo — que el ex Secretario de Estado en funciones Richard Armitage advirtió a su homólogo paquistaní en las horas posteriores al 11 de Septiembre, “Estad preparados para ser bombardeados. Preparados para volver a la Edad de Piedra”. Pero según Armitage, nunca dijo tal cosa. “No sucedió”, respondía cáusticamente. “Yo no estoy autorizado a decir cosas así. No lo dije”. Confrontado con el revés verbal, Musharraf se puso a dar bombo a sus próximas memorias, dando a entender que la respuesta se encuentra allí. “Estoy obligado verbalmente con Simon and Schuster a no comentar el libro”, salió por la tangente.
Si Armitage lanzó tal amenaza o no, la presente ronda del él / ella dijo que sirve solamente como recordatorio del fracaso de Musharraf a la hora de estar a la altura de sus compromisos, y el fallo de Washington a la hora de implementar su doctrina post-11 de Septiembre. Antes de volver a contar esos fallos se impone una breve lección de historia.
El 20 de septiembre del 2001, el Presidente George W. Bush desveló la doctrina que lleva su nombre. “De este día en adelante”, afirmaba, “cualquier nación que continúe albergando o apoyando el terrorismo será clasificada por Estados Unidos como régimen hostil”. Procedió a llamar al orden a uno de tales regímenes, exigiendo que los Talibanes entregasen a los líderes de al-Qaeda; cerraran sus campamentos de entrenamiento terrorista; entregasen a “todo terrorista y todo particular en su estructura de apoyo”; y “concedan a Estados Unidos total acceso a los campamentos de entrenamiento terrorista”. Sus términos, añadía, “no están abiertos a negociación o debate”.
Días antes, el anterior jefe de Armitage, el entonces Secretario de Estado Colin Powell, transmitió en privado una lista similar de demandas a Musharraf. Hablando “de General a otro General”, tal como le citaba más tarde el periodista Bob Woodward, Powell solicitaba a Musharraf que impidiese el paso a los operativos de al-Qaeda en la frontera de Pakistán; interceptase los cargamentos de armas; pusiera fin a todo apoyo logístico a al Qaeda; concediera acceso incondicional a las fuerzas norteamericanas al espacio aéreo de Pakistán, a sus bases y fronteras; impidiese a los voluntarios paquistaníes cruzar a Afganistán; y pusiera fin al apoyo a los Talibanes.
Cierto, eso era mucho pedir al gobierno que ayudó a los Talibanes a extenderse, quizá demasiado. Sin duda, Bush y Powell entendían que al ceder a las demandas, Musharraf podía provocar la caída de su régimen pro-occidental ostensiblemente moderado. Pero también entendían que el momento realpolitik había terminado con la mutilación de Manhattan.
Musharraf se mostró de acuerdo en cada demanda. El régimen Talibán no. Y como prometió, el segundo pasó a la historia.
Musharraf se ha lucrado con fruición de esta decisión de hacer de tripas corazón: a principios de este año, la administración Bush daba el visto bueno a enviar docenas de cazabombarderos F-16 a Musharraf. Entre el 2005 y el 2009, Estados Unidos gastará 3 mil millones de dólares en ayuda económica y militar a Pakistán. Además, Washington ha animado a instituciones económicas de préstamo internacionales a aprobar mil millones de dólares en créditos. Y la administración continúa desviando su atención del hecho de que contar con la junta militar de Musharraf como aliada en un esfuerzo noble por extender la libertad en el mundo musulmán, ridiculiza ese mismo esfuerzo.
Aún así, en ocasiones es necesario -- especialmente en tiempos de guerra -- pasar por alto los particulares para lograr el objetivo final. En este caso, el objetivo es la derrota de los jihadistas y sus patronos y socios. Aquellos que ayuden a América en este esfuerzo deberían contarse como aliados; aquellos que no, no.
Es imprescindible recordar que Churchill y FDR, líderes de dos grandes democracias liberales, lucharon junto a un dictador criminal y brutal para derrotar a otro dictador criminal y brutal. De igual manera, en la segunda mitad de los años 80, Thatcher y Reagan trataron con Moscú de un modo que esos dos Guerreros Fríos habrían juzgado inimaginable - y discutiblemente inaceptable - una década antes. Pero los resultados - la caída del Muro de Berlín y la desaparición pacífica de la Unión Soviética - bien lo valieron.
Sin embargo, si no se está haciendo un esfuerzo por lograr el objetivo principal, o si no se están haciendo progresos hacia ese objetivo, pasar por alto los particulares puede comprometer la misión general. Y cinco años después del 11 de Septiembre, hay todo tipo de indicaciones de que Musharraf está haciendo precisamente eso. Por ejemplo:
· Las fuerzas norteamericanas no son libres para moverse en, o por encima de, Pakistán en busca del enemigo. En la práctica, después de que Bush declarase en CNN que enviaría fuerzas norteamericanas a Pakistán si la Inteligencia indicaba la presencia de bin Laden, Musharraf se burlaba y decía que no permitiría tropas extranjeras en suelo paquistaní.
· Pero permite restos Talibanes y de al-Qaeda sobre suelo paquistaní. En la práctica, las tropas de Musharraf se están retirando de ciertas zonas tribales semi-autónomas, o en el mejor de los casos permanecen en sus barracones, cediendo así el territorio al enemigo y creando un refugio para terroristas.
· Este mismo mes, el gobierno de Musharraf liberaba inexplicablemente a más de un millar de terroristas sospechosos y sus cómplices, operativos de al-Qaeda incluidos.
· En pocas palabras, Pakistán está mostrando desprecio a la doctrina post-11 de Septiembre de Washington. Y ya va siendo hora de leer la cartilla a Musharraf. Algunos dirán que presionar a Musharraf abre la puerta a muchas incertidumbres, que más vale malo conocido que bueno por conocer. Pero fue esta misma mentalidad la que nos metió en este desastre y en esta guerra.
Preguntado la semana pasada acerca de la paz separada de Musharraf con los caciques tribales, Bush apenas pudo decir, "Tuvimos un informe muy interesante acerca de las zonas tribales administradas federalmente" - una decepcionante disparidad con las palabras que pronunciaba mientras Manhattan aún ardía.
Musharraf intentaba componer una explicación para esta extraña guerra. "Es un enfoque holístico el que adoptamos para luchar contra el terrorismo en Pakistán", decía, prometiendo que "no habrá actividad de al-Qaeda en nuestra entidad tribal". Pero si las tropas de Musharraf no están ahí, ¿exactamente cómo puede estar tan seguro?
En la práctica, esto abre una perspectiva preocupante: ¿es Musharraf incapaz de poner en movimiento su ejército para ir tras bin Laden y al-Qaeda, o es que no está dispuesto a dar ésa orden a su ejército? Ninguna alternativa reconforta. Si lo primero es cierto, entonces las fuerzas de seguridad y el ejército de Pakistán quedan más allá del control del General. Si lo segundo es cierto, entonces el General está jugando con Estados Unidos a un juego al que tenemos que poner fin - un juego mucho más peligroso y con muchas más implicaciones de las que dice.