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¿Señal de alerta o alarma transitoria?
Colaboraciones nº 1243   |  29 de Septiembre de 2006
 

(Publicado en The Hill, 20 de septiembre de 2006)

Con la encuesta de Gallup ilustrando una remontada en los niveles de aprobación de Bush y el estrechamiento de la diferencia entre Republicanos y Demócratas en las preferencias partidistas al Congreso, una pregunta acuciante es lo sólido que es el cambio. ¿Durará hasta noviembre?
 
Los niveles de apoyo presidencial y preferencias de partido a pie de urna son notoriamente volátiles, cambiando con frecuencia en un sentido u otro en cuestión de semanas. Recuerdo vivamente cómo pensaba Clinton que sus niveles habían mejorado tras su arreglo del acuerdo de paz en Oriente Medio entre Jordania e Israel una semana antes de las elecciones de 1994. Volvió a casa pletórico por la bonanza y determinado a dar a los Demócratas la campaña que merecían. Pero su campaña salió por la culata e hizo que el recién acuñado hombre de estado pareciese un político de partido, y su popularidad se hundió de nuevo abriendo el camino a la debacle de los Demócratas en el 94.
 
El crecimiento del capital de los Republicanos no se basa en ningún cambio real, ya sea en la economía o en la guerra contra el terror. Muy poco distingue a septiembre de junio o julio. El crecimiento de la popularidad de Bush y las posibilidades de los Republicanos se debe por completo a un cambio en las percepciones del votante, provocado por la coincidencia temporal de 3 sucesos:
 
1.      El desmantelamiento de un plan serio de al-Qaeda para volar por los aires aviones comerciales sobre el Atlántico;
2.      El renovado debate nacional en materia de encarcelamiento e interrogatorio de sospechosos de terrorismo; y
3.      El aniversario del 11 de Septiembre, el discurso de Bush de ese día y el docudrama de la ABC que denuncia el fracaso de los esfuerzos de Clinton por cazar a bin Laden.
 
Estos 3 sucesos no han servido solamente para cautivar la atención pública en la guerra contra el terror, sino que también han suspendido el esfuerzo nacional por proteger nuestra seguridad nacional de la guerra de Irak. Ya no es necesario aprobar la guerra para querer mantener a los Republicanos en el poder con el fin de evitar la disolución de nuestras iniciativas anti-terror.
 
El problema para los Republicanos es que el votante de este país desea con entusiasmo que los Demócratas ganen en lo que respecta a casi cualquier tema distinto del terror. A pesar de la buena economía, confían más en los Demócratas en materia de empleo. El déficit se está encogiendo, pero aún confían más en los Demócratas en materia presupuestaria. Y en temas como la Seguridad Social, Medicare, el precio de los medicamentos, la educación, el cambio climático o el medio ambiente, confían más en los Demócratas y siempre lo han hecho.
 
Solamente en inmigración los Republicanos salen victoriosos. Pero su capacidad para apuntalar sus esfuerzos se ve minada de manera fatal por su fracaso a la hora de componer y aprobar una reforma de inmigración cuando controlaban ambas cámaras y la Casa Blanca.
 
De modo que, con la situación subyacente sin grandes cambios, es probable que el ánimo pase y que los Demócratas recuperen su dominio de las elecciones del 2006.
 
El problema para los Demócratas es que realmente sí afrontamos una enorme amenaza terrorista y que realmente existe una diferencia clave entre los partidos a la hora de cómo gestionarla. Una victoria Demócrata que les diera el control de ambas cámaras minaría en la práctica nuestros esfuerzos por mantener segura a América. La necesidad de la Patriot Act, los pinchazos de la Agencia de Seguridad Nacional y la necesidad de resistir las tentativas Demócratas por minarlas nunca ha sido más obvia que en el informe de la Comisión del 11 de Septiembre, como destaca la mini-serie de la ABC.
 
Los americanos han sido mucho más arrogantes a la hora de despreciar las posibilidades de otro ataque terrorista importante, y los Demócratas han llegado a cotas insospechadas a la hora de oponerse a los esfuerzos de Bush por interrogar a sospechosos de terrorismo y pinchar llamadas telefónicas internacionales (a propósito, el Senador John McCain, R-AZ, puede estar a punto de cargarse sus posibilidades de nominación al Partido Republicano y la Senadora Lindsay Graham, R-S.C., puede estar en mitad de la destrucción de sus posibilidades de reelección a causa del mismo tema). La realidad de estas amenazas bien puede aclararse conforme se aproximen las elecciones, destacada por los recordatorios del quinto aniversario del 11 de Septiembre.
 
De modo que, ¿despertaron los americanos ante la necesidad de mantener a los Republicanos en el cargo con el fin de defenderse frente al terror? ¿O fue solamente una alarma transitoria y se volverán a dormir? Las encuestas de las próximas semanas lo decidirán.

 


Dick Morris es autor y comentarista político conocido por haber sido consultor de la exitosa campaña de Bill Clinton en 1996 para la reelección en la presidencia, aunque la relación se remonta a mucho antes, ya que dirigió la campaña de Clinton para gobernador de Arkansas en 1978, y permaneció en e equipo en 1980 y 1982. A Dick Morris se debe la estratagema política conocida como “triangulación”, en la que Bill Clinton apeló a un grupo distinto de votantes distanciándose tanto del Partido Demócrata como del Republicano. Muchos percibían así al candidato como de centro, incluso aunque practicase una política más progresista. Escribe una columna semanal en el New York Post y aparece con frecuencia en Fox News Channel. Morris ha escrito diversos libros criticando a los Clinton, entre los que destaca “Despacho oval”.


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