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Moralismo y cinismo: de Beirut a Bagdad
Análisis nº 144   |  26 de Septiembre de 2006
 
Para el cinismo disfrazado de moralismo, Irak no es el pecado original de la derecha: es la consecuencia de un pecado mucho anterior, el del liberalismo, el del capitalismo, el del patriotismo. Los guardianes de la paz son también los guardianes de la democracia; una y otra les pertenecen por historia y por ideología, y nada tiene la derecha que enseñar en ambos asuntos.
 
Moralismo, cinismo, política exterior
 
La política exterior no se identifica con la moral, como la política no se identifica con la ética. Dimensión esencial de la naturaleza humana, el ser humano debe buscar hacer el bien para sí mismo y para sus semejantes; dimensión también esencial del hombre, la política es la búsqueda del bien común. Verdades evidentes, pero demasiado evidentes: dialéctica y problemáticamente unidas, política y moral son, sin embargo, dos realidades conceptualmente distintas de la vida humana; es necesario que un príncipe que se quiera mantener aprenda a no ser bueno, y a utilizar esa capacidad según la necesidad (Maquiavelo). Pesimismo matizable, dirá el clásico; por lo menos, que no sea sólo bueno. Lo que Maquiavelo intuyó entonces es que la paz es un bien moral deseable; construirla de acuerdo a unos fundamentos mínimamente dignos y duraderos es un objetivo político en una práctica específica, no siempre edificante.
 
El gobernante no es el sacerdote; sus instrumentos no son la Biblia y la confesión, sino los impuestos y los carros de combate. La política reclama un orden, el orden el poder, el poder, la violencia. El ideal de Gandhi -Sacrificarse a sí mismo es infinitamente superior que sacrificar a los demás- puede ser un deseable propósito humano; constituye una peligrosa tendencia en un gobernante inmerso en el desorden constitutivo de la política internacional. Abogar por la amistad universal es facultad papal y misión eclesial; es un suicidio en el gobernante que no declara enemigos, pero que es susceptible de ser declarado como tal por los demás, y cuyas consecuencias sufrirán sus ciudadanos.
 
En el siglo XXI esto parece tan cierto como en el XX; hoy, el sacerdote puede ser el escritor de reconocido prestigio, el intelectual comprometido, el pacifista orgánico presente en tertulias y debates. En Estados Unidos, sectores demócratas recuperan hoy la figura de John Lennon y su postura contra la guerra de Vietnam; la guerra ha terminado,( si tu quieres) es el lema resucitado en la era de la guerra de Irak. Pero se dirige al ciudadano americano, olvida al terrorista que volatiliza niños en las calles iraquíes. Este moralismo se dirige al corazón, olvida la razón: la letra pacifista por excelencia, Imagina que no hay países. No es difícil de hacer. Nada por lo que matar o morir. Y religiones tampoco. Imagina a toda la gente. Viviendo la vida en paz, provocará la sonrisa irónica del pesimista tanto como la carcajada grosera del islamista que lanza por internet el visto bueno al próximo atentado suicida. El gobernante, simplemente, se encogerá de hombros.
 
El moralismo no analiza problemas y ofrece soluciones; la poética o la música constituyen una emotiva denuncia que escapa a cualquier crítica racional, y que por evidente y rotunda se impone en el corazón obviando la razón. Como Lennon antes, escritores, cantantes, actores o periodistas no tienen hoy más conocimientos estratégicos que los que escuchan en las noticias o en las tertulias de café; ello no es obstáculo para convertirse en santones de la reflexión política, para propugnar verdades tan evidentes como estériles; sólo la fuerza de la razón puede combatir la razón de la fuerza afirma el escritor Goytisolo mientras los talibanes destripan a decenas de personas en Kabul y Al-Qaeda renueva sus amenazas contra un Occidente al que, por lo demás, el escritor no muestra excesivo apego.
 
Hoy, en la era del 11S, los moralistas florecen por el mundo, y aunque no ofrecen solución alguna, sermonean descubriendo a la humanidad cuál es el mal en el mundo, y exigiendo soluciones mientras se escandalizan solemnemente pronunciando obviedades vacías de contenido. Su indignación les permite saltarse cualquier argumento racional en beneficio del insulto o el exabrupto: Mientras no se resuelva el problema de Palestina, que tenga su Estado, no habrá paz allí (...) Ojalá los organismos internacionales comprendan esto de una puta vez (Saramago 20-08 en El País, tras hablar de judeonazis). Además de emitir juicios categóricos y las más de las veces estériles, los moralistas otorgan certificados de virtud; promocionando su film, Oliver Stone reprocha a Steven Spielberg y Ridley Scott que sus películas bélicas no desagradan lo suficiente al demoníaco Pentágono (The Sunday Times, 13-08-06)
 
Ejemplos ilustres del nuevo moralismo, José Saramago y Oliver Stone abominan de las decisiones políticas de unos regímenes políticos sin los cuales morirían de hambre o vegetarían en las cárceles en las que se pudren miles de personas en todo el mundo, desde Irán hasta Cuba. Lo ignoran casi todo en relación con Oriente Medio, el armamento nuclear o las tácticas del terrorismo. Pero emiten juicios incuestionables. Se regodean en la denuncia moral, en las comparaciones estéticas, en los juegos literarios. Calman conciencias y movilizan a la gente, pero hacen poco más: imaginar un mundo en paz pertenece al mundo de la conciencia; desear que todo se solucione de una puta vez poco ayuda a solucionarlo. Mantener la existencia de la comunidad política mediante instrumentos desagradables pertenece al mundo de la realidad. Entre ambos extremos, el gobernante lo debiera tener claro.
 
Moralismo pacifista o ideológico, recita dogmas, pero no consejos. Poco o nada sacará el gobernante de los sermones sacramentales de Antonio Gala (Que EEUU haya apoyado la guerra preventiva es, en el fondo, la causa de todo ese desmadre). Estupefacción causarán los comunicados de Cultura contra la guerra, enfermos de analfabetismo estratégico e imitadores aficionados de los anteriores. Defensores de una nueva religión, su imaginario político incluye los santos progresistas y los demonios conservadores, pero escaso valor presentan para el diplomático o el gobernante que deben tomar decisiones en un mundo real. La política de la moral, coherentemente pacifista o ideológicamente sectaria, puede calmar conciencias y movilizar voluntades, pero más allá de ello presenta escaso valor estratégico, y en el peor de los casos conduce a una situación bastante peor que la guerra de la que dicen abominar.
 
¿Significa que la política exterior es la política del cinismo, del realismo descarnado? La política del cinismo acostumbra a acompañar a la política totalitaria; Hizboláh exige que se cumplan el derecho internacional y el derecho de guerra, y lo hace violándolos voluntariamente y sistemáticamente. La historia de la humanidad es así la historia de los movimientos totalitarios y su política desgajada de cualquier atisbo de moralidad o de respeto a la verdad o a la dignidad del ser humano. También la historia de la falta de vergüenza en declararlo: esto no es una deportación; es una reorganización urbana (Tarik Aziz, el bueno del régimen baazista).
 
Alejado de cualquier moral, el cinismo estratégico otorga buenos réditos; Hitler prometía conferencias de paz a Gran Bretaña y Francia para solucionar los conflictos que él sucesivamente iba creando, de los que hacía responsables a las democracias, y con los que engordaba su poder en el continente. Hoy, al-Qaeda acusa a Estados Unidos de sembrar el terror en Irak, cuando las bombas que destrozan mercados con mujeres y niños son las suyas. Más cerca, ETA acusa al Gobierno de hacer peligrar la tregua que ella misma romperá asesinando seres humanos inocentes. La peor escuela del maquiavelismo político comete las políticas más bárbaras  haciendo apología de ello y culpabilizando sin inmutarse a los demás de las consecuencias. Frente al moralismo, el cinismo agota el razonamiento en la acción táctica o estratégica, se convierte en una razón instrumental, válida o no para los objetivos propuestos.
 
Ante el furioso totalitario, el moralismo se disuelve como un azucarillo. Las manos alzadas provocan satisfacción moral, pero aniquilación física. Moralismo político y cinismo estratégico, se aparecen como dos posturas antitéticas, cuya diferenciación en la realidad es, sin embargo, compleja y aún imposible. Pero desde cierto punto de vista, moralismo y cinismo no sólo no son contrarios, sino que son solidarios. El cínico se salta las mínimas normas de la decencia y del rigor intelectual o moral; queda en el fondo justificado por una moral absoluta por la que dice actuar. Cuando el objetivo de la política es la liberación de la humanidad o la recuperación del reino de Alá sobre la tierra, cualquier política, cualquier estrategia está permitida. Hizboláh puede esconder misiles bajo las panaderías libanesas, disparar contra Haifa y exigir inmunidad humanitaria para sus milicias; el objetivo supremo, a medio camino entre la divinidad y la dignidad palestina, se lo permite. Al-Qaeda se felicita de la muerte de limpiacristales y oficinistas en Manhattan, de albañiles y estudiantes en Atocha.
 
En el aniversario del 11S, cualquier piedad brilla por su ausencia, y al-Qaeda anuncia orgullosa muertes de inocentes; con el permiso y consejo de Alá darán a luz nuevos acontecimientos Todo parece darle igual, porque precisamente algo por encima de todo no le da igual y le permite hacerlo. ¿Acaso los genocidas de la historia no justifican sus crímenes aludiendo a una moral que las decrépitas democracias occidentales no son capaces de comprender? Para los revolucionarios de ayer y de hoy, la toma violenta del poder, en Bagdad o en Darfur está plenamente justificada; es Alá quien lo ordena.
 
Moralismo y voluntad de poder
 
Pero el cinismo no es patrimonio totalitario, sino comportamiento humano. Afecta a la democracia, a la derecha o a la izquierda tanto como al dictador o al terrorista; éstos sólo hacen del uso de la fuerza y del dominio por el poder su instrumento político favorito. En términos mas relativos, la política del cinismo es la política llevada a cabo sin referencia alguna al bien, a la moral o a la finalidad pretendida. Para el moralista, toda política lo es; para el nihilista moral, ninguna política lo es.
 
Moralismo y cinismo están también presentes en democracia. En el fragor de la política diaria, el moralista puede estar equivocado; pero nadie clamará contra su conciencia cuando la coherencia alcanza sus pensamientos. La búsqueda de la verdad y de la responsabilidad no es condición suficiente para una buena acción; sí es, en cambio, una condición necesaria, a la que el moralista, el pacifista convencido o el objetor de conciencia deben sujetarse para no traicionarse a sí mismos; buscar hacer el bien que uno dice defender es la mínima condición para no estar haciendo el mal. Abominar de la paz puede ser un error en el gobernante; no será un pecado hasta que utilice el discurso pacifista para esconder una finalidad distinta a la de la propia paz que dice defender.
 
El moralismo clama por unos principios sin preocuparse de cómo llevarlos a la práctica, pero ni siquiera puede excusarse como tal cuando hace lo contrario de lo que dice. Cómodos en su estilo de vida burgués y acomodado, los nuevos moralistas europeos dan lecciones de ética y de estética, pero dan rienda suelta a una ira que dicen no poseer. A medio camino entre el agitador de masas y el gobernante, dictan sentencias contra el poder al tiempo que suben a él; Llamazares puede clamar contra el capitalismo para después sumergirse en los placeres capitalistas. Después clamará contra George Bush al tiempo que espera ansioso compartir mesa con los asesinos de mil españoles inocentes. Saramago clama contra el liberalismo; poco esfuerzo le cuesta vivir a su costa, utilizar el mercado, rentabilizar sus intereses y utilizar los resortes del sistema que dice rechazar.
 
España; de Beirut a Bagdad
 
La nana de la Paz suena por España desde hace meses; Paz en Irak, Paz en Líbano, Paz en Palestina. El moralismo parece haberse instalado en los discursos oficiales desde el 14M. Así las cosas, la mayoría parlamentaria no pudo menos que clamar indignada contra la agresión israelí al Líbano. A su lado, la miríada de ONG’s que se opusieron a la guerra de Irak comenzaron pronto a denunciar las violaciones de los derechos humanos. Los medios de comunicación, en fin, mostraron las imágenes de los niños palestinos en una cuidada puesta en escena preparada, se supo después, por los milicianos de Hizboláh.
 
La coalición gubernamental, preocupada por la paz, señaló pronto culpables, juzgó criminales, dictó sentencia contra Israel y su Ejército. Sus discursos se tiñeron de moralismo, de preocupación indignada por la paz. ¿Acaso no claman por ella desde el 14M?¿No pusieron de rodillas al malvado Aznar por la guerra de Irak? Para la constelación de políticos convertidos en estrellas mediáticas, la paz es patrimonio exclusivo. Por lo demás, los servicios de propaganda de Hizboláh fueron más hábiles que los de Israel; proporcionaron a los moralistas las imágenes de los niños muertos bajo las bombas israelíes: ¡pensad en los niños!, repetían los responsables de Hizboláh tras haber preparado cuidadosamente la escena del crimen y haberse ocultado tras sus cunas.
 
Luchadores por la paz, remedo postmodernista, analfabeto y anacrónico del Comité de vigilancia Antifascista, los guardianes de la virtud tienen claro quién es culpable y quién no. Abominando de cualquier argumentación, la armada mediática del Gobierno de la Paz parece incapaz de comprender la esencia del pluralismo; ¿acaso no estaba ya claro que Israel ha cometido crímenes de guerra con el apoyo entusiasta de Estados Unidos? ¿No eran las Naciones Unidas la encarnación moral de la política sobre la tierra? Mañana, tarde y noche los profetas de la paz se cuelan en nuestros hogares. En la orgía pacifista que se inicia en Irak y acaba en el País Vasco, los gemidos suenan altos, y se convierten en dogmas incuestionables: Israel, Estados Unidos, Aznar, la guerra; el pueblo palestino, Naciones Unidas, Zapatero, la paz. ¿Acaso no queda ya claro? ¿No lo repiten las radios más poderosas, las televisiones solemnemente concedidas, los periódicos más independientes? Paz; paz en Irak; paz en Líbano; paz en el País Vasco.
 
Pero ¡cuidado!¡Alguien se salta el dogma de la paz!¿Es posible? Sí, lo es. Patología anormal, desviación peligrosa, fruto de una conspiración oscura. ¿cómo sino explicar el apoyo a Israel, el escepticismo ante la ONU, la defensa de la democracia liberal occidental? Los profetas de la paz, en discursos, artículos y reflexiones asumen para sí mismos la defensa de la paz y de la democracia, y arrojan al lado oscuro a todos aquellos que conciben la paz y la democracia de manera distinta a cómo lo hacen los comunistas de Llamazares, los nacionalistas de Uxúe Barkos, los republicanos de Carod Rovira.
 
El País (31-08-06) descubre la pavorosa conspiración-GEES, versión española del peligro neocón. Pero ¿acaso una conspiración que se precie no debe incluir el cerebro gris, la mano negra, el manipulador en la sombra? Una inteligencia escondida, hábil, maquiavélica, sin escrúpulos. Los guardianes de la paz ya la tienen; Aznar. En la mente de los profesores de democracia, el círculo se cierra, y cualquier discusión pública se cierra con el oscuro contubernio de las fuerzas de la derecha. Los moralistas de la libertad de expresión, jueces supremos de la vigilancia democrática descubren a los enemigos de la paz, siempre al acecho, siempre escondidos en la sombra.
 
Desde la justificación moralista, desde la pureza de los dogmas que empujaron a Rodríguez Zapatero a dejar a los iraquíes en manos de Al-Qaeda y a pactar con los terroristas etarras, cualquier tibieza está castigada; desde el 14M, los certificados de pacifismo se otorgan en los despachos y en las redacciones del Frente de la Paz. Del discurso a los hechos, la coherencia de la coalición gubernamental salta por los aires cuando al argumento moralista comienzan a suceder comportamientos poco edificantes: la paz que promete se vuelve extraña, desasosegante. José Blanco, De la Vega emplean el lenguaje de los moralistas; lo hacen acusando a sus adversarios de situarse fuera de toda moral, fuera de cualquier humanidad política.
 
La coalición gubernamental habla de amistad universal, pero señala a un enemigo, al peor de todos ellos; al enemigo de la paz. Y señala un pecado inexpiable en todos ellos; la guerra de Irak. Es entonces cuando los moralistas, aquellos que niegan tener ningún enemigo, que buscan la comprensión con el terrorismo islámico y acabar con el desacuerdo histórico con ETA, señalan con el dedo a los culpables de que la violencia exista sobre la tierra. Los incautos ya no parecen tener motivo para seguir expectantes ante la bruma ideológica del Gobierno de la Paz; el moralismo de los profetas de la paz desemboca en la política de mantener alejado del poder a todo aquel que no merece tenerlo por el crimen iraquí.
 
Para el cinismo disfrazado de moralismo, Irak no es el pecado original de la derecha: es la consecuencia de un pecado mucho anterior, el del liberalismo, el del capitalismo, el del patriotismo. Los guardianes de la paz son también los guardianes de la democracia; una y otra les pertenecen por historia y por ideología, y nada tiene la derecha que enseñar en ambos asuntos. Si la socialdemocracia española puede conciliar una política con la derecha liberal-conservadora, no será con el discurso de los miembros de la coalición gubernamental, que más allá de buscar la paz, buscan un culpable inexcusable a la violencia en el mundo, y lo encuentran en la derecha y sus conspiradores.
 
Para los profetas de la paz, el apoyo a la Resolución 1701 no lavó los pecados de la derecha, y el mismo Rodríguez Zapatero se encargó de recordar que ésta ha sido ya juzgada y condenada, y a la que ahora toca cumplir condena; intento vano casi patético de justificar sus errores del pasado fue el agradecimiento del Presidente en el Congreso. Desde el 14M, cada operación, cada política, cada movimiento diplomático del Gobierno de la Paz está y estará justificado por un pasado que se hace presente en cada ocasión. Para los guardianes de la paz, la guerra de Irak no fue una acción política equivocada; fue un crimen del que culpabilizar a una derecha que estaba destinada a cometerlo. Rodríguez Zapatero en el Congreso a Mariano Rajoy: si usted pretende que con el debate para enviar las tropas a Líbano van a restituir sus decisiones políticas, éticas sobre Irak se equivocan.
 
Para los profesores de virtud, el apoyo de la derecha a la Resolución 1701 no es ni un acto de confianza ni un acto de moderación. Para los guardianes de la paz, es parte de la pena impuesta; ilegal, ilegítima, inmoral es el padrenuestro del Gobierno de la Educación para la ciudadanía y el ansia infinita de paz. En la era del pacifismo militante y militar, no queda tregua para quien apoyó la guerra de Irak, ni arrepentimiento posible, porque la guerra está inscrita en los genes de la derecha.  Intérpretes melifluos e iletrados de Lenin, los guardianes de la paz no juzgan al Partido Popular por el apoyo a la aventura iraquí. Lo juzgan por ser la encarnación institucional de unas ideas belicistas: la derecha en este país no distingue entre la guerra y la paz, y ese es el problema más importante que tiene (Rodríguez Zapatero, 3-09-06)
 
Mientras tanto, en Irak, los devoradores de hombres colocan bombas en mercados, asesinan a mujeres y niños y atacan a los trabajadores que hacen cola para firmar un contrato. La alternativa sobre las ardientes arenas iraquíes oscila entre un sistema quizá no democrático pero sí medianamente decente y un nuevo agujero negro de los derechos humanos sobre la tierra. Afirmación discutible, que escandaliza al moralista convencido en las virtudes de la paz y la democracia, que es incapaz de entender que el encapuchado se puede plantar en su casa para asesinar a los suyos como hoy lo hace en Faluya. Al mismo tiempo, el cínico desprecia cualquier pretensión democrática en Irak o Líbano, acepta la violencia del mundo y anima a jugar con sus reglas. Pero la suerte de millones de seres humanos también deja indiferente al cínico moralista demasiado embarcado en buscar e identificar a los enemigos de la paz como para preocuparse por pensar su contenido. E identificados, recordar a todo el mundo que el pecado capital de la derecha es un pecado existencial, liberal y capitalista, que está abocado irremediablemente al empleo de la violencia y a permanecer alejado de cualquier centro de poder


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