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Un sinvivir suicida
Colaboraciones nº 1223   |  21 de Septiembre de 2006
 
Cuando Ud. entra a un cuadrilátero de boxeo, acepta obedecer las reglas del boxeo. Pero cuando a Ud. lo atacan por detrás en un oscuro callejón, Ud. sería tonto si obedeciese las reglas del Marqués de Queensbury. Si lo hace, podría acabar como un tonto muerto.
 
Incluso con un Irán nuclear en el horizonte y el prospecto de que sus armas nucleares acabarán en manos de terroristas internacionales a los que ha estado patrocinando durante años, muchos en los medios de comunicación y en el gobierno, que se supone está para protegernos, han estado preocupados con si estamos siendo lo suficientemente simpáticos con los terroristas bajo custodia.
 
El asunto ha alcanzado nivel de crisis debido a los esfuerzos de los senadores John McCain, John Warner y Lindsey Graham para que apliquemos las reglas de la Convención de Ginebra a los degolladores que no respetan ninguna Convención de Ginebra y que no están amparados por la Convención de Ginebra.
 
Si éste sólo fuese el caso de un puñado de senadores testarudos, que quieren que usemos las reglas del Marqués de Queensbury mientras nos están pateando en la ingle y cortándonos a cuchillazos, pues estaría bastante mal. Pero el tema de aplicar la Convención de Ginebra a gente que nunca estuvo bajo el amparo de la Convención de Ginebra se originó en la Corte Suprema de Estados Unidos.
 
El Artículo III, Sección II de la Constitución le da al Congreso el poder para limitar la jurisdicción de las cortes federales y el Congreso le ha retirado específicamente la jurisdicción a los tribunales en casos que tienen que ver con la detención de combatientes ilegales, como lo son los terroristas, los cuales no son – y lo repito, no son – prisioneros de guerra bajo el amparo de la Convención de Ginebra.
 
La Corte Suprema ignoró esta ley. Parece que todos deben obedecer la ley excepto los jueces. El Congreso tiene el poder de recusar a los jueces, incluyendo a los magistrados de la Corte Suprema, pero aparentemente no tiene las agallas. Los jueces fuera de control no se van a frenar hasta que alguien los frene.
 
En pocas palabras, el choque entre el senador McCain et al. y el Presidente de Estados Unidos es algo más que otro choque político. Es parte de una confusión y un sinvivir mucho más general y en última instancia, suicida frente a peligros mortales.
 
El argumento es que nosotros debemos respetar la Convención de Ginebra porque si no nuestros propios soldados estarán en peligro de maltrato cuando se conviertan en prisioneros de guerra.
 
¿Es que alguien en su sano juicio cree que los degolladores con los que estamos lidiando respetarán la Convención de Ginebra? ¿O es que al extenderles los derechos de la Convención de Ginebra, eso será visto como otra señal de debilidad y confusión que alentará su terrorismo?
 
Nadie ha sugerido que hagamos caso omiso de la la Convención de Ginebra para gente amparada por la Convención de Ginebra. La pregunta es si un tribunal sin mandato debe incautarse del poder y someter a esta nación, Estados Unidos,  a reglas que nunca fueron acordadas por aquellos a los que la Constitución confió el poder de firmar tratados internacionales.
 
La pregunta mucho más grande – la cuestión de la supervivencia – es si tenemos la claridad y el coraje para salir a por todas en defensa propia, incluso al precio de nuestras vidas, contra aquellos que van a por todas a destruirnos.
 
Hay demasiadas señales de que eso no es así y esas señales son visibles, no sólo en nuestras instituciones políticas y judiciales sino a través de toda la sociedad americana y la civilización occidental.
 
Protegidos durante años de los peligros terroristas que tanto temíamos después de los atentados del 11-S, muchos se han puesto a actuar como si esos peligros no existiesen y creen que ahora nos podemos dar el lujo de desmantelar los medios con los que los hemos mantenido a raya todo este tiempo.
 
En un país en el que todo tipo de personas y organizaciones entran a nuestros ordenadores y a nuestro computerizado historial médico, financiero y demás, algunos se han puesto como locos por el hecho de que el gobierno federal trate de seguirle la pista a los que son llamados por teléfono por organizaciones terroristas internacionales.
 
No existen medidas de seguridad suficientes que nos puedan proteger de todas las miles de maneras en las que los terroristas nos pueden golpear, cuando quieran y donde quieran; finalmente nos atacarán con armas nucleares. Nuestra única esperanza es conseguir información anticipada sacada a aquellos a los que atrapemos para saber dónde están los otros terroristas y cómo operan.
 
Los escrúpulos acerca de cómo lo debemos hacer no es señal de una moralidad más elevada sino de irresponsabilidad frente a peligros mortales.

 
 
 
Thomas Sowell  es escritor prolífico de una variedad de temas desde economía clásica a derechos civiles, autor de una docena de libros y cientos de artículos, la mayor parte de sus escritos son considerados pioneros entre los académicos.  Ganador del prestigioso premio Francis Boyer presentado por el American Enterprise Institute, actualmente es especialista decano del Instituto Hoover y de la Fundación Rose and Milton Friedman
 
 
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©2006 Traducido por Miryam Lindberg


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