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Líbano: guerra inconclusa
En letra impresa nº 618   |  19 de Septiembre de 2006
 

(Publicado en La Razón, 18 de septiembre de 2006)

Los israelíes hablan de ella como la Segunda Guerra del Líbano pero podrían muy bien denominarla inconclusa, porque quedó tan inacabada como la séptima de Schubert. También podría ser la guerra atípica, distinta o incluso rara, porque se ha desviado de lo que se esperaba en su desarrollo y desenlace y ha traído muchas sorpresas. Es difícil decir cuál es más importante, si la ausencia de la erróneamente supuesta ofensiva terrestre o la valoración generalizada de derrota. La primera, en su inexistencia, es cierta, la segunda se encuentra más en el reino de las apariencias que en el de la realidad, sin que ello quiera decir que haya que tomarse lo que parece a humo de pajas. Las percepciones son hechos sociales de primera magnitud y un componente básico de la vida política. Lo mismo que las ideas, cuentan tanto si son acertadas como si resultan falsas.

El mundo árabe e islámico (Irán, de árabe nada, tiene papel destacado en el reparto), está convencido de que «ellos» vencieron y eso tiene la potencialidad de cambiar el mapa geopolítico de Oriente Medio. Empecemos por el «ellos». Los suníes, que podríamos traducir aproximadamente por ortodoxos, los de la opinión recta o verdadera, desprecian intensamente a los chiíes y con frecuencia los consideran peores que infieles, apóstatas. Tampoco hay un ápice de ternura entre persas y árabes. Que ahora la proteica «calle árabe» se acuerde repentinamente de que «todos somos musulmanes», para hacer suya la hipotética victoria de unos chiitas que actúan como lunga mano de Irán, dice mucho del estado mental en el que se encuentra esa religión/civilización. Pero el meteórico desvanecimiento de esas erizadas barreras tendría una enorme importancia si no reapareciesen tan deprisa como se esfumaron.
 
De entrada, esos exultantes ánimos de ganadores circunstanciales les han tapado la boca a sus autocráticos líderes que comenzaron la función, a contrapelo del ritual antisionista, atribuyendo la guerra a los desmanes de Hizbulá. Y eso cuando la política de la zona está dominada por los temores de la formación de un arco chií que desde Irán alcance hasta el Líbano, pasando por el predominio de sus correligionarios en Irak, que son mayoría absoluta, con Siria como eslabón intermedio, más por conveniencias del régimen que por fervores religiosos. Ese amenazador creciente extendería luego sus tentáculos por la orilla sur del golfo Pérsico, perdón, arábigo, donde hay importantes núcleos chiíes, que en muchos casos constituyen una mayoría gobernada por los de la secta rival. Con razón los Mubarak y Abdalás coronados, saudíes o jordanos, pasan más de una noche de insomnio. Demasiados cambios, excesivos peligros.
 
El «estado mental» al que nos referíamos muestra como, o es consecuencia de que, por aquellos pagos las frustraciones y el hambre de afirmación sólo son comparables a la compasión de sí mismos y capacidad de autoengaño. El resultado es que cuando se trata del «viva yo» todo les vale. Basta con no haber tenido que decir «me rindo» aunque hayan recibido un vapuleo de aúpa. La importancia del fenómeno real y del psicológico se ve doblada por el hecho de que entre los israelíes y sus amigos muchos opinan lo mismo o algo muy parecido. Según esa escuela, en las antípodas de sus antagonistas en términos de exigencias, nada por debajo de la captura del enemigo y sus armas puede ser considerado victoria por Israel. Las implicaciones de una misma apreciación convergen respecto a la probabilidad de una guerra futura pero discrepan como el día y la noche en cuanto a los posibles resultados. La victoria engendra complacencia; la derrota, espíritu de superación y sabias lecciones. La famosa calle medio-oriental corre un serio peligro de que se le atragante su triunfito y crean que repetirlo es coser y cantar, mientras que es altamente probable que los israelíes aprendan las lecciones pertinentes y paguen los precios necesarios para que no se vuelva a reproducir una situación tan comprometedora para su futuro.
 
Uno de los aspectos en los que es poco discutible esa valoración tan negativa para el estado judío de los resultados de la guerra es en lo que respecta a la disuasión. Varias motivaciones pesaron en el espíritu de sus dirigentes y ésa fue una de ellas. Con incursiones por el norte y el sur matando y raptando a sus soldados dentro de su territorio, se tambaleaba el imponente respeto que su ejército necesita infundir para asegurar su supervivencia. Había que restaurarlo pero salió maltrecho. La capacidad de disuadir ha menguado. La necesidad de restablecerla puede volver a ser imperiosa.
 
Pero no es probable que los líderes se dejen arrastrar por ilusiones en la misma medida que sus masas. Las declaraciones del Jeque Nasralá proclamando que si llega a conocer las consecuencias no hubiera ordenado los secuestros hablan volúmenes. Se refiere naturalmente a las consecuencias para sus compatriotas, calla respecto a su organización. Pero está confesándonos que los vítores islámicos no son tan sonoros ni perdurables como quieren hacernos creer. Y de Teherán sabemos que el indudable júbilo se ha visto empañado por el conocimiento detallado de los grandes éxitos de los bombardeos de precisión de israelíes y los aciertos de su Inteligencia para localizar los blancos. No todos pero sí muchos. Un poco de remojo para las barbas de los ayatolás parece ineludible.


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