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Naufragio en política exterior
En Libertad Digital nº 879   |  17 de Septiembre de 2006
 
Rodríguez Zapatero se está convirtiendo en una especie de bufón internacional al que todo el mundo le ríe las gracias, pero al que nadie respeta ni le toma en consideración. Desde Washington al África subsahariana, pasando por Bruselas y el resto de capitales europeas, se sabe que al presidente del Gobierno español no hay que tomarle muy en serio, ni tampoco tratarle con mucha seriedad. Hoy el Gobierno va dando volteretas entre la cumbre de no alineados en La Habana y la alianza con las dictaduras en Teherán. Pero a España sólo se la toma ya en serio en el despacho de un cuestionado Secretario General de Naciones Unidas de inminente retiro.
 
En Washington nuestro país simplemente ha desaparecido del mapa. España ha pasado de ser un competidor con el   Reino Unido como aliado europeo preferencial de Estados Unidos a un aliado inconsistente que lo único que hace es generar problemas allí donde pisa, ya sea Cuba, Venezuela, Siria o Irán. La diplomacia norteamericana apenas puede mantener las formas con el Gobierno Zapatero, de hecho Bush ni siquiera contesta las llamadas del presidente español, pero mantiene la confianza en que Zapatero sea un mal pasajero y que España pueda pronto recuperar unas relaciones de normalidad y cooperación con la primera potencia mundial. Por ahora, la principal preocupación que se respira en Washington es que el proceso abierto de disgregación interna en nuestro país pueda degenerar en inestabilidad para todo nuestro entorno estratégico.
 
En la Unión Europea Rodríguez Zapatero genera sentimiento encontrados. Por un lado, Zapatero es un chollo siempre dispuesto a sacrificar los intereses de España en las difíciles negociaciones comunitarias. Se vio en los acuerdos finales para el Tratado constitucional y de forma aún más clara en la negociación de los fondos comunitarios. Es más, Zapatero siempre está dispuesto a cargar con la mochila que otros declinan, ya sea enviando tropas al Congo o en la reciente operación en el Líbano. Incluso sobre Gibraltar está dispuesto a encontrar un apaño que satisfaga a los británicos.
 
Pero al mismo tiempo Zapatero genera profunda desconfianza en algunas capitales europeas. La política migratoria de “papeles para todos” ha sido criticada abiertamente en varias capitales europeas, especialmente por el Ministro del Interior de Francia. El afán intervencionista en la economía ha generado un enfrentamiento abierto tanto con Bruselas como con Berlín con motivo de la OPA sobre Endesa, una crisis que ha obligado a Zapatero a rendirse, pero que ha dañado fuertemente nuestra imagen en Europa. La demagogia que el Gobierno sigue destilando en relación con la guerra de Irak nos invalida como un aliado fiable para el Reino Unido.
 
La crisis migratoria originada por la masiva afluencia de inmigrantes desde las costas africanas ha puesto de manifiesto que España no es ni siquiera respetada por los gobiernos de los países subsaharianos. España ha sido incapaz de lograr con ninguno de estos países un tratado de repatriación como los que Aznar pudo firmar en 2003 con Nigeria, Guinea Bissau o Mauritania. Pero lo que es peor aún, Zapatero ni siquiera logra que se cumplan los acuerdos que ya están firmados o los compromisos que se anuncian de forma solemne. Las sucesivas cancelaciones de repatriaciones a Senegal y algunos otros países han resultado bochornosas.
 
La situación en el norte de África no es mucho más esperanzadora. Con Argelia, nuestro principal suministrador de gas, las relaciones han entrado en una fase de mucha mayor frialdad, a la que no es ajena nuestro cambio de posición sobre el Sahara, una tirantez que se plasmó en el plantón argelino a la cumbre euro-africana sobre inmigración impulsada por Zapatero. Marruecos, el aliado preferencial del Gobierno socialista, sigue sin cumplir el acuerdo de 1992 por el que se comprometió a readmitir a los nacionales de terceros países que lleguen ilegalmente a España y tampoco a los menores marroquíes no acompañados. El rey alauita se permite además cancelar sucesivamente las cumbres con Zapatero en función de su agenda.
 
Pero no todo es negativo en nuestra política exterior. España se ha convertido en un pilar fundamental en la defensa de la moribunda dictadura castrista. Estamos contribuyendo decisivamente al éxito de la revolución bolivariana, no sólo políticamente, sino incluso vendiéndole armas al coronel Chávez. Somos también un apoyo importante para la revolución cocalera de Bolivia, aún a costa de sacrificar nuestros intereses económicos en el país. Parece que estamos apoyando a Irán en su pulso nuclear. Podemos convertirnos de hecho en líderes del movimiento de los no alineados. Y, lo que es más importante, algunos líderes internacionales nos siguen riendo la gracia de la Alianza de Civilizaciones.     
 


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