Sugería que Blair podría luchar contra el terrorismo mejor si reconocía que la presente política gubernamental británica, especialmente con respecto a "la debacle de Irak" proporciona "munición para extremistas". Los redactores de la carta exigían que cambiase su política exterior para "hacer que todos estemos más seguros". Un destacado firmante, el diputado Laborista
Sadiq Khan, añadía que la reticencia de Blair a criticar a Israel incrementaba la reserva de personas de la que los terroristas pueden reclutar.
En otras palabras, los islamistas que trabajan dentro del sistema rentabilizaban el complot del terror islamista frustrado con el fin de presionar al gobierno británico para implementar sus deseos conjuntos e invertir la política británica en Oriente Medio. Los islamistas legales sin vergüenza presionaban con la casi muerte de miles para impulsar su agenda.
A pesar de sus
temores fundados de inquietud en la calle musulmana, el gobierno Blair rechazó tajantemente la carta. La Secretario de Exteriores
Margaret Beckett la llamó "el error más grave posible". El encargado de la Oficina de Exteriores
Kim Howells la desechó como "superficial". El Secretario de Interior
John Reid juzgaba "un error de juicio total [pensar que] la política exterior de este país debe ser modelada en parte, o en conjunto, bajo la amenaza de la actividad del terrorismo". El Secretario de Transporte
Douglas Alexander rechazaba la carta como "peligrosa y precipitada".
Sin darse por aludido, el estamento musulmán "moderado" presionó aún más en el frente nacional. En una reunión del 14 de agosto
con altos representantes gubernamentales, incluyendo al primer ministro en funciones, hacía dos exigencias adicionales: que un par de festividades religiosas islámicas se convirtieran en fiestas oficiales y que las leyes islámicas relativas a la vida marital y familiar se aplicasen en el Reino Unido. Un musulmán presente en la reunión advertía más tarde al gobierno contra cualquier plan de
fichar a los pasajeros de los aeropuertos, por temor a que esta medida radicalizase más a los jóvenes musulmanes.
¿Por qué estos ultimátums y por qué en este momento? El líder de la delegación musulmana del 14 de agosto,
Syed Aziz Pasha, explicaba la lógica de su grupo: "Dijimos [a los políticos] si nos concedéis derechos religiosos, estaremos en una posición mejor para convencer a los jóvenes de que son tratados con igualdad con respecto a otros ciudadanos". Más amenazadoramente, Pasha amenazaba a los líderes del gobierno. "Estamos dispuestos a cooperar pero debería haber una sociedad. Deberían comprender nuestros problemas, después entenderemos sus problemas".
La prensa reaccionaba furiosamente a estas exigencias. Polly Toynbee, del
Guardian, condenaba la carta abierta como "arriesgadamente próxima a sugerir que el gobierno se lo merecía". Sue Carroll, del
Daily Mirror, retrataba la posición de Pasha como "peligrosamente próxima al chantaje".
Esta no fue la primera tentativa de traducir la violencia islamista en rentas políticas por parte de líderes musulmanes británicos "moderados" a la gresca política. Lo mismo sucedía, aunque menos agresivamente,
después de los atentados de julio del 2005 en Londres, donde a instancias de la muerte de 52 inocentes exigían sacar a las fuerzas británicas de Irak.
Esa presión sí tuvo éxito, y de dos maneras principales. En primer lugar, la Oficina de Interior difundió posteriormente un informe redactado por musulmanes "moderados", "
Prevenir juntos el extremismo", que aceptaba formalmente este enfoque apaciguador. Como resume el documento
Dean Godson, de Policy Exchange, el terror islamista "brindó una maravillosa e inesperada oportunidad para que estos moderados exigieran al Estado más poder y dinero".
Imponer condiciones a instancias del terror funcionó, en segundo lugar, en que una encuesta reciente muestra que el 72% de los sujetos británicos
acepta ahora la opinión islamista de que "el respaldo a la acción en Irak y Afganistán" por parte de Blair ha convertido a Gran Bretaña en un objetivo más probable para los terroristas, mientras que un nimio 1% afirma que las políticas han mejorado la seguridad del país. El público respalda con solidez a los islamistas, no al primer ministro.
He argumentado que
el terrorismo obstruye en general el proceso del Islam radical en Occidente estimulando la hostilidad hacia los musulmanes y colocando a las organizaciones islámicas bajo un escrutinio no deseado. Tengo que admitir, sin embargo, que las pruebas de Gran Bretaña - donde el terrorismo del 7 de julio inspiró más auto recriminación que furia contra la jihad - sugieren que la violencia también puede reforzar al islamismo legal.
Y he aquí otra reconsideración: mientras que sostengo que
el futuro de Europa - ya sea continuar en su identidad cristiana histórica o convertirse en un anexo del Norte de África musulmán - aún es una cuestión abierta, el comportamiento del público británico,
el eslabón más débil de la cadena occidental, sugiere que, cuando menos, puede estar demasiado confundido como para resistirse a su destino de Londrenistán.
Daniel Pipes es licenciado en Historia por la Universidad de Harvard (1978) con el grado de doctor, y ha impartido clases en la Universidad de Chicago, la Universidad de Harvard y el U.S. Naval War College. Tras servir en varias instancias de los Departamentos de Estado y de Defensa, incluyendo la vicepresidencia de la
Fulbright Board of Foreign Scholarships y ser miembro por designación
Presidencial del Institute of Peace de los Estados Unidos, actualmente dirige el
Middle East Forum. Colabora con frecuencia en ABC World News, CBS Reports, Crossfire, Good Morning America, NewsHour o Nightline, además de la BBC y Al-Jazira. Ha escrito doce libros, traducidos a 19 idiomas.