(Publicado en ABC, 8 de septiembre de 2006)
¿Se puede «entender» y «justificar» el programa nuclear iraní? Así lo hacen algunas voces españolas como las del ex presidente Felipe González, que creen que la Republica Islámica de Irán está en su derecho. La verdad es que resulta difícilmente comprensible que un país que cuenta con una de las mayores reservas de petróleo se embarque en un costosísimo desarrollo nuclear cuyo resultado sería un kilowatio bastante más caro que el producido por otros medios a su alcance, y hay fundadas razones para sospechar de las intenciones de los ayatolás.
Para empezar, Irán no tiene ahora mismo ninguna planta nuclear que necesite uranio enriquecido como fuente de alimentación. Cuando acabe la que está en construcción, presumiblemente a mediados del año que viene, tendrá ya asegurado el material para sus primeros diez años de funcionamiento. Y Rusia le ha prometido suficiente uranio para que siga funcionando hasta el 2044. En segundo lugar, Irán, por lo que ha declarado a la Agencia de la Energía Atómica, tampoco tiene necesidad alguna de plutonio, pues no sólo no dispone de ninguna central que funcione con agua pesada que lo requiera, sino que no tiene planes para construir una.
Además, la talla de los programas en curso supera con creces los propósitos científicos de llegar a controlar la tecnología nuclear y, de hecho, la única explicación plausible para las actividades iraníes es su finalidad militar: hacerse con la bomba atómica. Si todo se debiera a fines pacíficos como ahora se nos quiere hacer creer, ¿porqué los clérigos iraníes han mantenido tantos años en secreto sus programas? ¿Por qué tendrían que haber engañado a la OIEA al respecto? ¿Por qué han negado lo que sabemos gracias a opositores y disidentes? Los hechos no mienten, pero lo que está claro es que las autoridades islámicas iraníes sí.
Irán se ha obligado al firmar el Tratado de No Proliferación a no fabricar ni poseer armas atómicas. Desde luego, podría retirarse del mismo y fabricarse un arsenal nuclear, pero eso traería consecuencias muy negativas para toda la zona, empezando por Arabia Saudí y siguiendo por Egipto e Israel, entre otros. Y cualquiera en su sano juicio se estremecía ante la posibilidad de que Teherán cediera sus capacidades nucleares a alguno de sus títeres terroristas. Irán no necesita una bomba atómica bajo ningún cálculo racional. Y aún la necesita menos bajo la mentalidad apocalíptica que inspira a su actual presidente Mahmud Ahmadineyad. Durante décadas, las armas nucleares han sido sistemas de disuasión. Para Ahmadineyad son instrumentos de aniquilación. De nuestra aniquilación. Lo que de verdad necesita Irán es un cambio político que le devuelva la democracia. Eso es lo que habría que apoyar, no las peligrosas ambiciones de los ayatolás.