(Publicado en La Razón, 30 de agosto de 2006)
Por una vez los israelíes de a pie y sus enemigos están de acuerdo. Los judíos perdieron, los islamistas ganaron. Verdad ya archiconvencional que se merece un examen por el derecho y el revés. Se basa en el principio de que la guerrilla gana si no pierde, el estado y sus fuerzas armadas todo lo contrario. Se basa también en las expectativas. El pequeño país judío nos tenía acostumbrado a hacerlo igual de bien en la guerra que en la economía, la cultura, la ciencia y otras cosas. De Hizbulá no se esperaba tal capacidad de resistencia.
La victoria que Hizbulá se atribuye y otros le reconocen no pasa de lo simbólico. Eso es importante, porque las percepciones cuentan y mucho, pero no tanto como para despreciar la realidad. Y ésta consiste en que Israel les ha propinado una buena paliza a los radicales chiíes libaneses de la que tardarán tiempo en recuperarse militarmente. Paliza incompleta, victoria incompleta. Retórica aparte, el comportamiento y finalmente las palabras del liderazgo del Partido de Alá han venido a corroborarlo. Su entusiasmo por el alto el fuego indica que el castigo les estaba afectando seriamente. Las declaraciones de Nasralá el 27 de agosto van más lejos: «No pensábamos, ni en un 1 por ciento, que la captura llevaría a una guerra en este momento y de esta magnitud. Si me preguntan si lo hubiera hecho de haberlo sabido… digo que no. Absolutamente no».
Muy falaz e interesante. Que quería guerra en ese momento y la provocó fría y calculadoramente, no me cabe duda. Se preparó para ello durante seis años y las operaciones israelíes en Gaza le proporcionaron la ocasión de oro. Las circunstancias internacionales eran propicias para su patrón iraní, con el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas a punto de decidirse sobre su tema nuclear. En cuanto a la magnitud y naturaleza de las reacciones, no sólo las del enemigo sionista, lo normal es que, como todo el mundo, haya cometido los errores que ahora confiesa y otros que calla. Siguiendo una lógica basada en la experiencia esperaría un asalto terrestre que por razones políticas no podría penetrar muy profundamente en el territorio libanés, no que desde el aire le infligieran tamaña destrucción de sus estructuras en sus santuarios en el valle de la Bekaa, al Este, y en el sur de Beirut. Esperaría probablemente una solidaridad árabe más temprana y enérgica, como hubiera correspondido a una invasión por tierra, con un rápido alto el fuego de Naciones Unidas.
Hay que dar por seguro que desconocería, como los propios ciudadanos de Israel y observadores varios, las deficiencias que el aparato militar enemigo ha dejado patentes, mostrando así que a éstos la guerra les vino impuesta. Una preparación genérica ciertamente existía y lo contrario hubiera sido absurdo. La información sobre todos los objetivos que la Fuerza Aérea ha bombardeado no se improvisa. Pero la defectuosa inteligencia sobre el sistema de fortificaciones a dos pasos de la frontera ha resultado muy grave, mientras que las tácticas defensivas de la guerrilla y su extraordinaria capacidad misilística anticarro y antibuque los ha cogido completamente por sorpresa. Pero lo que hizo inevitable la guerra por parte judía y muestra el grado de deliberación del lado chií fue el incesante diluvio de katiushas sobre todo el Norte del territorio judío, y más aún el bombardeo de Haifa, la tercera ciudad israelí, junto con la promesa de llevar la destrucción hasta Tel Aviv y Jerusalem. El eje N-S de la primera a la segunda y el O-E de la segunda a la tercera concentra el 60 por ciento de la población y más en términos económicos y de recursos humanos. Ésa es la verdadera escalada que no dejaba escapatoria al gobierno de Olmert, y Nasralá de ninguna forma podía desconocerlo.
En la borrachera de la simbólica victoria que el no ha haber tenido que rendirse le ha deparado, sus palabras no sólo son humildes sino también humillantes. Si las pronuncia en el momento en que se ve como el nuevo Náser, a la cabeza del arabismo, y vencedor por puntos del suní bin Laden en la pugna intraislámica, es porque siente la presión de sus compatriotas e incluso alguna parte de sus correligionarios. En lo personal nos revela que al contrario que muchos otros árabes, su astucia y sentido pragmático se imponen sobre su fanatismo y sus sentimientos.
Uno de sus grandes éxitos ha sido el mediático: el bulo de la «desproporción» israelí, del arrasamiento de Líbano, de la contabilización de sus bajas como víctimas civiles, así como los grandes silencios sobre la índole de su organización, objetivos e ideología, el uso masivo de escudos humanos por parte de todo sus dispositivo militar así como la búsqueda sistemática de destrucción civil al otro lado de la frontera. Entre esos éxitos hay que contabilizar la imagen de un Líbano unido en apoyo a la heroica resistencia. Poco creíble y nada matizado, dadas las intensas rivalidades étnicas. Aunque muchos se duelan de la reacción israelí, Nasralá siente que también muchos lo culpan por su provocación. Y eso es un tanto para Jerusalén.