(Publicado en La Razón, 26 de agosto de 2006)
Para una fuerza militar su sofware es tan importante como el equipo del que está dotada. Se compone de muchas cosas, pero lo primero es la misión y lo segundo las reglas de enfrentamiento. La del Líbano es confusa, imprecisa y contradictoria donde las haya. El texto va por un lado y la realidad por el opuesto. La auténtica misión imposible desde la primera línea de la resolución 1701 del Consejo de Seguridad que la engendra. Está por ver si podrá hacer algo bueno o si su razón de ser no pasa de representar una costosa farsa. Con razón dice ahora Chirac, coautor principal de ese guión, que 15.000 son demasiados. Para hacer de comparsas, desde luego, aunque inicialmente habían hablado de 20.000. Para observar cómo Hezbolá se afana durante años en sus minuciosos preparativos para la liquidación de Israel y para darles cobijo a su vera, de forma que los judíos no puedan atacarlos, los 2.000 actuales, allí instalados desde hace dos décadas, se sobran y se bastan.
En la naturaleza de las cosas está, así como en la letra de la resolución, que el propósito central no puede ser otro que desarmar a Hizbulá, pero no hay corredor de apuestas en este mundo que acepte una puja en contra, aunque soñaría con encontrar a un primo que la hiciera a favor.
La formidable organización terrorista y mafiosa, ampliamente internacional en ambas facetas, así como política, caritativa, islamo-fascista y todo lo que se quiera, ha dicho que nones y que no es lo que va a ser. ¿Alguien se imagina a Zapatero limándole los colmillos a su amigo el feroz jeque Nasralá? Ni por todas las suelas de botas que Chirac le dejase lamer, por mucho que le gustase al francés darle un buen revolcón al barbudo.