La ronda de conversaciones que ha comenzado el Secretario de Estado norteamericano, Colin Powell, en búsqueda de un posible consenso en el seno del Consejo de Seguridad para poder pasar una nueva resolución sobre el Irak post-Saddam, ha reabierto con renovada fuerza el debate sobre el papel de la ONU, vis a vis las potencias ocupantes, en la reconstrucción del nuevo Irak. Colin Powell ya se equivocó reiteradamente sobre lo que podía conseguir y esperar de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU en los meses inmediatamente anteriores a la guerra con Saddam y en este nuevo intento vuelve a equivocarse. Simplemente, la ONU no es ni puede ser por diversas razones, la solución a los problemas que aquejan al Irak actual.
Para empezar, hay una importante razón de operatividad: la situación sobre el terreno hoy en día requiere algo más que la simple patrulla de los peace-keepers, cascos azules, de la ONU o la gestión de la asistencia directa y la ayuda humanitaria. Irak está atravesando una campaña de hostigamiento y violencia causada por los núcleos de resistencia ligados al antiguo régimen, por un lado, así como una auténtica batalla por parte de grupos terroristas vinculados al fundamentalismo. La situación podría calificarse muy bien como un conflicto asimétrico de baja intensidad. Al menos en ciertas partes del país. Para dar solución a esta problemática, la ONU tendría que convencer a sus miembros para que aportaran presumiblemente unos 200 mil soldados y que les permitieran unas reglas de enfrentamiento no sólo que les capacitara para defenderse, sino también para poner en marcha operaciones ofensivas y contraterroristas. La ONU, aunque consiguiera esas condiciones de sus miembros, lo cual es altamente dudoso, nunca ha desarrollado una acción similar o parecida a lo largo de su historia. No cuenta con experiencia alguna en el campo de librar una batalla de estabilización. Peor aún, nadie sabe con precisión cuánto tiempo se llevaría hasta que Nueva York pudiera tener listo los mecanismos y procedimientos, así como el contingente, para poder hacerse cargo de la misión, pero a tenor de lo consumido en otras situaciones, podría muy bien tratarse de meses. Y nadie dice nada de cómo gestionar ese periodo que va entre el hoy y la hipotética gestión de Naciones Unidas en el futuro mediato.
Hay también una segunda razón poderosa de naturaleza política: Habida cuenta de la división en el Consejo de Seguridad y la decidida posición antihegemonista de Francia, ¿cuáles serían las concesiones y el costo que deberían admitir los estados Unidos para obtener una nueva resolución? Es más, yendo de nuevo a la ONU, después de varios meses de intentar gobernar la situación iraquí, se le está dando un premio a Naciones Unidas, una organización que se ha mostrado durante toda la crisis con Saddam incapaz de superar sus debilidades y de encontrar una solución a sus propios problemas. Volver a la ONU significa quitarle el peso de su irrelevancia y olvidar la necesidad de que dicha organización se reforme en profundidad. Volver al Consejo de Seguridad es aceptar un papel legitimador que la ONU ha sido incapaz de hacer valer por sus inconsistencias y ese es un regalo no sólo innecesario sino contraproducente. Para que naciones Unidas desempeñen un papel relevante en el mundo tienen que saber adaptarse a las nuevas circunstancias.
La tercera gran razón es de índole geoestratégica: Pasar por la ONU merma la imagen y el liderazgo de los Estados Unidos en el mundo, lo que contribuye, de hecho, a disminuir su capacidad de actuación y de servir de factor de estabilidad global. Con el chalaneo de la ONU, la credibilidad y la firmeza que han proyectado los Estados Unidos en la zona del Golfo y de Oriente Medio serían puestas en entredicho, lo que repercutiría muy negativamente tanto en el propio Irak, como el el conflicto árabe-israelí y en la guerra contra el terrorismo islámico. El mundo necesita un líder para salvarlo de sus turbulencia y, guste o no, esa potencia es América. Contribuir a generar imágenes de debilidad sólo puede acrecentar a sus enemigos, que son los nuestros. Y no cabe duda que reemplazar las tropas americanas con cascos azules de la ONU alimentaría la idea de que Norteamérica no es capaz de encajar las bajas, que es incapaz de aguantar el esfuerzo humano y financiero de la reconstrucción de Irak y que no sabe o no se permite ofrecer soluciones políticas a largo plazo para los problemas de muchos países y regiones. Y eso, no puede olvidarse, está en la estrategia de gentes como Osama Bin Laden.
En Estados Unidos puede perfectamente haber líderes que aspiren a tener un paraguas de la ONU para forzar una mayor contribución internacional bajo el mandato tranquilizador del Consejo de Seguridad; puede haber también quien espere tener más tropas internacionales para poder retirar a parte del contingente americano, pero eso tampoco puede ser una buena razón para darle a la ONU mayor protagonismo. Ni la legitimización de la ONU va acabar con los fedayines de uno u otro signo, ni los miles de cascos azules de Fidji, India y otras países podrían sostenerse sin la contribución directa de las fuerzas del Pentágono.
El cambio de régimen lo han comenzado los Estados Unidos y, aunque se les ayude, son ellos quienes deben culminarlo y llevarse el debido crédito. Es lo mejor para Irak y para el futuro del mundo. Todo lo demás, por mucho que se tiña del azul de ONU, no sólo no va a resolver nada, sino que es peligrosamente contraproducente. Para Irak y para el mundo.