A nosotros los americanos no parece preocuparnos deber miles de millones de dólares a los chinos, o que nuestro hambre petrolero esté enriqueciendo a regímenes hostiles, o que nuestro déficit presupuestario anual continúe sumando a nuestra deuda nacional.
¿Por qué preocuparse ahora? Durante casi un cuarto de siglo, los americanos han llegado a dar por sentada la buena vida. El paro nunca debería superar el 5%. Se espera que los tipos de interés permanezcan siempre alrededor del mismo porcentaje reducido, la inflación incluso por debajo -- y todo esto acompañado por un marcado crecimiento de la economía y derechos gubernamentales en expansión. Los tipos de interés de dos dígitos, el paro y la inflación -- el estancamiento que caracterizó a las administraciones Nixon y Carter - aparentemente son historia antigua.
Junto con el sorprendente avance de la economía post-Guerra Fría, la tecnología ha hecho mucho más disfrutables los avatares de la vida -- teléfonos móviles, internet, televisión de alta definición por cable, iPods y similares. La entrada de 2000 millones de trabajadores de China y la India al sistema capitalista global, junto con el crédito fácil, hacen los bienes materiales más accesibles que nunca para el consumidor.
El lujo está hoy disponible para la clase media. Las revistas se dedican a remodelar cocinas con placas de granito y electrodomésticos a juego de acero inoxidable. Las casas de los suburbios a menudo tienen tuberías de aire caliente y jardineros. Los garajes que aparecen ahora en las nuevas construcciones no tienen una sino dos puertas de garaje -- y en ocasiones tres o incluso cuatro.
¿Cuáles son las consecuencias de esta opulencia?
Para empezar, una cierta ausencia de aprecio a nuestra recompensa. Nadie elogia a Reagan, Clinton o Bush por el sorprendente avance pasado de la economía norteamericana. En su lugar, se toma como un nuevo derecho de nacimiento de América.
Esperamos el éxito casi instantánea en todo lo que hacemos. La mayoría en los medios está por tanto cansado de las actuales guerras en Oriente Medio, y piensa que el enorme coste humano no vale el objetivo de ofrecer libertad a millones, incluso si nosotros hemos sufrido muchas menos bajas en Irak y Afganistán que la generación que se sacrificó en Vietnam.
Al acercarnos al quinto aniversario del 11 de Septiembre, la mayor parte ha olvidado los peligros de un ataque terrorista. A menudo el público parece preocuparse más por las grabaciones y la Patriot Act, como si nuestros propios líderes supusieran una amenaza mayor para Estados Unidos que los terroristas islamistas asesinos de masas.
¿Pero podría llegar a un final en algún momento nuestra buena vida realmente - como sugieren las historias de las pasadas sociedades opulentas? Imagine a al-Qaeda atacando el New York Stock Exchange o un misil sorpresa norcoreano cobrándose alguna ciudad de la Costa Oeste ¿Qué pasa si Beijing decide súbitamente que tiene que deshacerse de los miles de millones de dólares americanos que acumuló? ¿O qué tal una recesión a la antigua usanza del estilo de los años 70, en la que los tipos de interés alcancen el 20% con la inflación y el paro cada uno rozando el 10 %? ¿Qué harían millones de americanos más jóvenes - gente que sólo ha conocido la prosperidad, el exceso material y sobre todo la paz y la seguridad de los años 80 y 90?
La prosperidad también puede ser engañosa. Muchos americanos, a pesar de la opulencia superficial, están endeudados y a menudo están a un salario de la insolvencia. Según los estándares históricos, están bastante indefensos. La mayor parte de nosotros no sabe cultivar su propia comida, no sabe cómo funcionan los coches, y no tiene ni idea de dónde o cómo se genera la electricidad. En pocas palabras, pocos tienen las habilidades para sobrevivir si la delgada capa de civilización se pierde, y de vez en cuando se ha perdido en lugares como el centro de Nueva Orleáns.
Remóntese hasta la era romana de "los cinco emperadores prósperos" - entre el 96 y el 180, bajo los reinados de Nerva, Trajano, Hadriano, Antonious Pius y Marcus Aurelius - cuando todos los problemas del pasado turbulento parecían por fin haberse solucionado. Había una paz general, incluso más prosperidad del comercio por todo el Mediterráneo, y un cierto hastío y cinismo ocasional entre la élite romana. Pocos entonces tenían idea alguna de los tres siglos de guerra, revolución, pobreza y emperadores aterradores como Commodus o Caracala que aguardaban a sus descendientes - todo un preludio al colapso general posterior de la propia sociedad romana.
En nuestra propia era de guerra, terrorismo, enorme deuda, gasolina de precio alto y terroríficas armas y virus que intentamos ignorar, deberíamos recordar que el progreso de la civilización no es siempre lineal. La condición humana no evoluciona inevitablemente de bueno a muy bueno pasando por mejor, sino que siempre permanece precaria a sus avances cíclicos.
La buena vida puede perderse en ocasiones de manera bastante inesperada y abrupta cuando la gente exige más derechos de las responsabilidades que acepta, o vive para el consumo de hoy en lugar de sacrificarse para la inversión futura, o cree que su propia cultura no es particularmente excepcional, y por tanto cree que no hay necesidad de constante apoyo y defensa.
Deberíamos actuar con cuidado en estos días desafiantes de nuestra mayor riqueza - y vulnerabilidad aún mayor.