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Terror y propaganda en tiempos de tregua
Análisis nº 137   |  22 de Agosto de 2006
 
Desde que los primeros fanáticos nacionalistas decidieron que la única forma de hacer progresar Euskadi era reventando en mil pedazos los cuerpos de seres humanos, el Movimiento Vasco de Liberación Nacional se ha ido constituyendo en una organización estrictamente totalitaria, con comportamientos y características propias del totalitarismo en sentido estricto; una ideología que supera la política para instalarse en la mitología histórica, una estrategia total que abarca desde la titadine hasta la propaganda, y una movilización de masas destinada a subvertir el orden establecido.
 
Recuerdos de Hannah Arendt (Los orígenes del totalitarismo), el totalitarismo es primero un movimiento de masas, una toma del poder mediante la violencia; después, una forma de dominio mediante ella. Ni uno ni otro momento están totalmente desligados; la movilización de masas ya supone cierto dominio mediante la violencia, y el poder mediante el terror incluye la movilización de las masas. El totalitarismo es así un fenómeno socialmente global, que se extiende en el tiempo; el asesinado por ETA ha empezado a morir cuando los aspirantes a entrar en la organización han atacado su coche, han quemado su buzón y pintado su fachada. Después llegará el valiente del tiro en la nuca o el temporizador, y después volverán los cachorros a rematar la memoria del asesinado; aún hoy la tumba de Gregorio Ordóñez es ultrajada de vez en cuando. El totalitarismo es un movimiento total, del que el tiro en la nuca es uno de sus instrumentos.
 
El carácter exhaustivo del fenómeno totalitario incluye la utilización estratégica de dos instrumentos imprescindibles y complementarios; terrorismo y propaganda. El terror paraliza, la propaganda moviliza a unos y a otros. En tiempos del “proceso de paz” que celebran alborozados los medios que acompañan al Gobierno surgido del 14M, ETA parece seguir usando, según la conveniencia, y tal y como lleva haciendo treinta años, uno u otro. Ante la ceguera voluntaria de los pactistas, ETA ha dejado de utilizar titadine para sembrar el terror centrando su estrategia en algo más sutil y despiadado; la manipulación propagandística y el terror silencioso de la kale borroka.
 
 
Terrorismo vasco; Sharansky a orillas del Cantábrico
 
ETA no mata, pero ha desplazado la presión a la calle. La primera función de la kale borroka es terrorista en sentido estricto, es decir, el dominio mediante el terror. El terror con mayúsculas puede pertenecer a ETA; ella es la que asesina, provoca el pánico, hace que los convencidos saquen pecho, los disidentes se escondan y los doblepensadores se lo piensen dos veces. Tres figuras presentes en todo sistema totalitario (Nathan Sharansky, The Case for democracy). Pero ETA no es omnipresente, y uno de sus brazos debe dominar la calle; quemar comercios, realizar pintadas, pegar palizas, enfrentarse a la policía constituyen la táctica revolucionaria básica, en Amorebieta, Munich o Hanoi. El pistolero no llega a las masas, su crimen es aristocrático, asesina sólo a quien ha hecho méritos para ello. Pero las masas, los comunes que pasean por la calle, que beben en bares y compran en tiendas cada tarde, necesitan unos guardianes menos sofisticados, pero igualmente implacables.
 
Dominar la calle; cerrar la posibilidad de que muchos se rebelen contra pocos; dejar que ETA aniquile a los disidentes sujetando a la masa de doblepensadores. Nada se mueve en la Parte vieja donostiarra sin contar con el beneplácito o la indiferencia del mundo etarra. Algo parecido ocurre en Bilbao, Vitoria o las plazas fuertes del nacionalsocialismo vasco, desde Hernani hasta Echarri Aranaz. Dominar la calle es una necesidad a la que ETA no puede renunciar. A veces, los doblepensadores saltan al campo de los disidentes. Ocurre poco a poco desde hace treinta años, y a veces (verano de 1997) lo hacen de manera furiosa y decidida. Así las cosas, los fracasos nacionalsocialistas en la calle vasca (Gesto por la Paz y el lazo azul, Espíritu de Ermua, rebelión constitucionalista) han provocado un cambio de estrategia, no de política; provocación de algaradas callejeras primero, grupos X y guerrilla urbana después, terrorismo de baja intensidad en tiempos de tregua.
 
Mediante la kale borroka, ETA controla la calle vasca; dicta lo que públicamente está permitido y prohibido. Las manifestaciones públicas, desde el periódico que se lleva bajo el brazo hasta las muestras de euforia o indignación social, son controladas férreamente. Cada establecimiento, cada bar o quiosco conoce las normas necesarias para su supervivencia: el que acepta las reglas dictadas por ETA sobrevive; el que las discute desaparece. La sombra de la librería Lagun es demasiado alargada, y las agresiones a españolistas comunes. Mientras, las pancartas proetarras llenan las calles, sencillamente porque nadie se atreve a quitarlas por miedo a la paliza en plena calle. Así se controla a los doblepensadores y a los disidentes, aquellos a los que Rodríguez Zapatero y Rubalcaba exigen callar para no romper la calma del proceso.
 
En las calles vascas, cualquier protesta al margen de ETA o frente a ella está prohibida. A la socialista Gotzone Mora se le intenta agredir en las calles de Getxo, se le quema el coche, se le amenaza de muerte; a María San Gil se le lanzan vasos cuando pasea por un mercado con unos amigos. La geografía vasca es, para políticos e intelectuales vascos, una geografía prohibida; las calles están vedadas para Savater, Iturgaiz, los Redondo, Mayor Oreja, Rosa Díez o Agustín Ibarrola. Los votantes del PP y del PSOE lo hacen por correo, a escondidas; la kale borroka hace que los disidentes lo sean a tiempo completo, y cumple la función pública de castigarles ejemplarmente ante la vista de todos.
 
Pero además de dominar, para el encapuchado, la kale borroka es la continuación de su lucha por otros medios. La calle en llamas es la expresión de un pueblo en lucha; “si continúa la violación de los derechos de los presos, si el estado de excepción no tiene fin, creemos claramente que los ciudadanos vascos deben responder, movilizarse y utilizar los modos que tienen a mano. Creemos que esos ataques son la manifestación del enfado y de la respuesta popular”(ETA en Gara, marzo 2006). Traducido en términos estratégicos; la existencia de los ataques es la demostración de un pueblo enfadado. Conclusión evidente; si existen los ataques, es que detrás se encuentra un pueblo del que surgen. Los incidentes callejeros son la expresión del conflicto vasco.
 
Lecciones asiáticas, el terror va unido a la propaganda; las bandas de matones batasunos crean el estado de excepcionalidad política que recuerda a vascos y españoles que la cuestión histórica esencial está sin resolver; Euskadi está en llamas y lo estará hasta que España se pliegue a los terroristas. Pero la realidad es testaruda; la juventud vasca que se enfrentaba violentamente a la Policía Armada en los años setenta hoy no siente tentación alguna de hacerlo contra la Ertzaintza o las UIP; paga su hipoteca, conduce buenos coches y chiquitea los sábados por la tarde. Juventud ingenua; Arnaldo Otegui y sus camisas pardas les recordaran que si abandonan el terror, el terror les buscará por las calles, y llevará la lucha hasta sus mismas narices.
 
En el juego de la política, Otegi, Barrena y Josu Ternera son conscientes de que la juventud vasca les ha dado la espalda; la izquierda lo hizo en los ochenta, el nacionalismo conservador en los noventa, y la juventud radical abandona ahora el barco en masa. Pero tal análisis no coincide con una interpretación histórica sagrada; ¿no es del pueblo vasco de donde surgen los cócteles-molotov, los comercios quemados?¿No cuentan los asesinos de Miguel Angel Blanco o Flavio Moreno con el apoyo del pueblo?. Bajo las fanfarronadas de Batasuna se esconde la perplejidad ante una época perdida. Herederos torpes de un heredero torpe de Lenin y Mao, los batasunos recogen la idea de Ernesto Guevara de desvelar al pueblo a base de sembrar el terror en la calle, de desestabilizar para despertar a los suyos.
 
Así las cosas, la kale borroka está sociológicamente en quiebra, pero estratégicamente es más necesaria que nunca; cuanto más doblepensadores se pasan a la disidencia, la represión totalitaria debe ser más fuerte, pero basada en un número inferior. Las fuerzas de choque batasunas son cada vez menores; la necesidad estratégica exige que sean más activas, más brutales, más sofisticadas; el pueblo vasco ya no se deja amedrentar como antes, y la tregua exige mostrar entusiastas apoyos. Ya no se abren los telediarios hablando de la lucha del pueblo vasco con la facilidad de antes. La lucha en la calle exige cada vez más a menos, cuando antes exigía menos a muchos más. Todo por mantener viva la llama de la revolución.
 
Llama de la revolución que en tiempos de pacto con el Gobierno no puede pasar a ser incendio. Cuando el Gobierno defiende el pacto con ETA porque ésta ya no mata, los terroristas deben buscar otra forma de amedrentar, y otra forma de dar a conocer que existe un conflicto que hay que resolver. ETA mantiene su acción en equilibrio; tiene que amedrentar y dominar la calle vasca para no perderla en un momento crucial. Pero el terror debe realizarse con sordina, en silencio, para no estropear la coartada de un Gobierno que afirma que tal terror no existe. En tal diabólica estrategia cuenta con la colaboración desinteresada de Rodríguez Zapatero; esconde las cartas chantaje y los ataques del terrorismo urbano con el mismo ahínco con el que ETA los practica.
 
 
Terror como propaganda y propaganda como terror
 
Así llegamos a la segunda característica del dominio totalitario; la propaganda. Bajo los Gobiernos del nacionalismo moderado, la metástasis etarra se ha extendido por toda la sociedad. La red nacionalsocialista vasca es, no sólo amplia, sino exhaustiva; incluye medios de comunicación (Egin, Gara), agrupaciones juveniles de todo tipo (Ikastle Abertzaleak, Jarrai, Segi), sindicatos (LAB), grupos ecologistas o pacifistas (Elkarri, Lurraldea, Itoiz), y por supuesto, los burgueses de la revolución, los portavoces de Batasuna -que pisan moqueta en vez de prisiones- y el frente militar, ETA. Pero más allá de eso, las dificultades policiales para controlar el oscuro mundo proetarra se amplían en el momento en que éste parasita otros sectores sociales que, per se, no pertenecen al entramado nacionalsocialista; agrupaciones de vecinos, grupos juveniles, peñas o asociaciones deportivas han sido durante veinte años ocupados por los enviados de la banda. De nuevo la teoría revolucionaria parece cumplirse; organizados y mantenidos por la organización, llegan, purgan a los desafectos y ocupan las estructuras de poder.
 
Entre la violencia pura y desnuda de ETA y la acción encubierta en asociaciones y organizaciones parasitadas, el nacionalsocialismo etarra abarca una totalidad de ámbitos que se extienden exhaustivamente a toda la sociedad: Políticamente porque la (re)construcción de EuskalHerria debe abarcar todos los ámbitos sociales, culturales, deportivos o económicos; en esto consiste el totalitarismo. Estratégicamente porque la acción revolucionaria exige una totalidad de instrumentos combinados entre sí, de manera que puedan sustituirse, sobreponerse, potenciarse. Llamar la atención a los pacifistas del mundo, en Irlanda o Estados Unidos, se realiza mediante una bomba en Vallecas o Santander; pero también mediante la movilización social en Euskadi, la toma propagandística de los Sanfermines o la ocupación ideológica de San Mamés y la etapa pirenaica del Tour de Francia.
 
La propaganda forma parte de ETA tanto como el asesinato criminal y la agitación callejera. En este extremo, la propaganda va unida al terror, pero no se confunde con él: El terror tiene como finalidad causar miedo, cuanto más intenso mejor; la propaganda lograr dar a conocerse ante unos y otros. Cada verano, las ciudades y pueblos vascos se llenan de pancartas y banderas independentistas y proetarras, bajo las que pasean los miles de turistas que visitan Euskadi; a ellos dedican su exquisitez propagandística los antiespañoles. El uso masivo de la propaganda muestra la complejidad totalitaria. El terror en sí va separado de la propaganda; el terror no es sino una forma de dominación, de paralizar mentes y corazones, mientras que la propaganda tiende también a movilizar y a convencer a ingenuos poco preparados.
 
A veces el terror se aleja tanto de la propaganda que pasa a ser secreto: La omertá, la ley del silencio, forma parte del terror cotidiano; en Sicilia a mediados de siglo, en Varsovia en los años treinta o aún en Euskadi, cuanto las víctimas sufren en silencio, no tienen a quién ni ante quien reclamar, y el terror se perpetúa constantemente. Es decir, en la estrategia revolucionaria el terror puede ejercerse sin buscar con ello la propaganda; la sujeción mediante el miedo puede ser más útil cuando se realiza de manera sutil, matando moralmente y sumiendo a la victima en la soledad. El verdadero terror, de hecho, se produce cuando la víctima no tiene a quien recurrir, ni para reclamar ni en búsqueda de ayuda o defensa. Cuando el conocimiento del terror es inapropiado para la estrategia terrorista, la propaganda lo ignora o lo esconde.
 
La práctica nacionalsocialista incluye la propaganda y el terror, la propaganda por el terror y el terror para la propaganda. Ambos términos son instrumentos de la lucha total de ETA contra el constitucionalismo español. Pero si ambos son instrumentos válidos y necesarios, entonces es necesario concluir que ETA los utiliza según la conveniencia y la necesidad del momento; el asesinato puro y duro sólo es parte de la acción terrorista, de la misma forma que lo es la agitación callejera y la propaganda mediática y cultural. Al fondo, sosteniendo el andamiaje estratégico que va desde el zulo hasta la caseta de Batasuna en la Aste Nagusia, el encapuchado maneja los hilos a conveniencia.
 
 
Terror y propaganda en tiempos de tregua
 
Cuando el Gobierno de la Paz se sienta a pactar con los terroristas y el Presidente Rodríguez Zapatero afirma solemnemente que su único fin es la paz, el terrorista se frota las manos: "A lo único que aspiro como presidente es a que los ciudadanos, cuando juzguen mis años de Gobierno, piensen que hice todo lo posible y lo imposible por hacer de España un país de paz y en paz" (El Mundo, abril de 2004). “Paz, Paz, Paz” parece ser la única obsesión del Gobierno, de tal forma que defiende el proceso de paz afirmando que en el futuro será conseguida, pero lo justifica diciendo que ya la hemos conseguido.
 
Cuando el Gobierno afirma que la paz es su único programa, la estrategia terrorista se aclara. La paz actual, la que celebran el diario El País y los intelectuales de cabecera, esconde el terror desnudo de las amenazas de ETA a los empresarios, y el terror burdo de las pintadas, los ataques a concejales y la quema de sus comercios. Sólo la ceguera voluntaria obvia que el terror como dominación es hoy más necesario que nunca; sólo que es necesario que ésta vez se haga con sordina, en silencio, lejos de las cámaras de televisión. ETA ha renunciado al ejercicio del terror en determinados campos; los españoles ya no desayunan escuchando las noticias del tiroteo en un bar de San Sebastián o de la explosión de un coche-bomba al paso de un vehículo policial. Pero los dueños de los bares vascos, comerciantes, periodistas, policías y concejales se saben vigilados y atacados en razzias que el Gobierno nunca reconocerá, y que ETA mantendrá limitadas para no estropear el “ansia infinita de paz” del PSOE, la reelección de Rodríguez Zapatero y el advenimiento de su nueva democracia.
 
Desde la declaración de alto el fuego, la propaganda ha pasado a ocupar un lugar preponderante; manifestarse en la calle –sin provocar los choques violentos con las fuerzas policiales-, dejarse ver, recordar al Gobierno y a las víctimas de siempre que están ahí y que no van a desaparecer, es la función principal de la propaganda etarra. Los discursos paraetarras y batasunos son hoy calculados, estudiados, buscando causar la sensación requerida en Córdoba, Vigo o Zaragoza. Las concentraciones cuidan las pancartas y mensajes, y la ikurriña desfila junto a la libanesa y la palestina por San Sebastián. Los buitres de siempre ahora se visten de palomas. Quienes repiten entusiasmados que la violencia ya no existe, ni siquiera observan que la propaganda abierta ha ocupado el lugar de la propaganda del terror. Una regla principal observa hoy el mundo abertzale; no traspasar el límite del disimulo, de la violencia camuflada, mantenerla en los límites que el Gobierno de la Paz pueda manejar.
 
Así las cosas, el conglomerado proetarra no hace sino seguir las reglas de la política revolucionaria, incluso las del sentido común: el terror es ahora utilizado como forma de dominio y de coacción, pero no de propaganda. El terror como propaganda, los titulares sangrientos, las imágenes del enfrentamiento callejero está ahora fuera de lugar. Desde la declaración de tregua, el terror ha dejado de tener función propagandística, porque la propaganda debe mostrar precisamente lo contrario; ETA debe proporcionar a Blanco y De la Vega la sensación de tranquilidad para que abran los telediarios tranquilizando al ciudadano que sestea en Benidorm. Y debe hacerlo sin dejar de someter a los de siempre.
 
Sabemos que no es así; los empresarios son hoy chantajeados, y los concejales acosados; tratan de pegar a Gotzone Mora y lanzan vasos contra María San Gil, pero De la Vega dice que “no hay terrorismo”, y los medios que escoltan al Gobierno de la Paz, el surgido tras la pancarta de “No a la Guerra”, repiten con alegría angelical las bondades del proceso. De repente, los empresarios chantajeados enseñan las cartas y nadie les hace caso; los concejales acosados se quejan y el Ministerio del Interior responde que no pasa nada. Los informes policiales muestran que ETA ha suspendido los atentados asesinos, el coche-bomba y el tiro en la nuca, pero que mantiene intacta y plenamente operativa, como corresponde a una situación de tregua, el resto de su organización. ETA no mata; aterroriza, sujeta, domina igual que antes; pero lo hace adecuándose a las circunstancias.
 
Bajo la propaganda de la nana de la paz, el terror ahora debe esconderse, camuflarse, cumplir una función tan indiscutible como inconfesable; ETA necesita mantener el poder en aquellas áreas donde aún lo conserva, reforzarlo para la apuesta final y prepararse para el futuro que Rodríguez Zapatero reserva para Euskadi. Pero el terror callejero deber mantenerse en sordina, cumplir con su función de sembrar el miedo pero sin proporcionar a los medios de comunicación la imagen que el Gobierno trata de evitar.
 
El terror se mantiene con sordina, y la propaganda, la ascensión al estrellato mediático de Otegi, Permach, Barrena o Goricelaia, sus discursos cuidadosamente calculados, la cuidada puesta en escena de las ruedas de prensa, manifestaciones y concentraciones nacionalsocialistas, se ha convertido en el primer instrumento etarra. Bajo ésta, la violencia callejera tradicional ha ocupado el lugar de gendarme de la revolución que en otros momentos ocupa ETA. Terror sí, pero en silencio. Gobierno y terroristas tienen en mente la primera regla de la negociación: La kale borroka puede ocultarse; el crimen no. Pero tal regla funciona hasta que una de las partes considere que el terror abierto sirve mejor a sus fines que el terror escondido, o hasta que las dos consideren que el umbral de lo tolerable debe subir un escalón más. En cualquiera de los dos casos, el futuro es oscuro, al menos para los de siempre, que son los mismos para los que el presente “en paz” es igualmente oscuro.
 
 

 
Óscar Elía es Analista Adjunto del GEES en el Área de Pensamiento Político.


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