La izquierda y los grupos marginales de los que se ha rodeado durante toda la crisis con Irak siguen obstinados en explotar los sentimientos pacifistas de los ciudadanos y convertirlos en un arma arrojadiza contra las decisiones del Gobierno. En un ejercicio de plena manipulación de la memoria –y queriendo creer que el debate en España fue el mismo que en Inglaterra o en Estados Unidos- critican ahora la postura del Gobierno español, y del presidente Aznar en particular, por la no aparición de las armas de destrucción masiva, causa, según los dirigentes socialistas, de la guerra para derrocar a Saddam.
Los miembros del PSOE y de IU olvidan dos cosas sumamente importantes, pero que han quedado guardadas en las actas y boletines del Congreso de los Diputados:
1. que ellos siempre dijeron que las principales razones de la guerra eran otras, ligadas a los intereses económicos en torno al petróleo, negando validez al temor sobre los supuestos programas armamentísticos clandestinos de Saddam , por lo tanto no deberían ser tan demagógicamente reduccionistas ahora;
2. que en el razonado argumentario del porqué de una intervención militar para derrocar a Saddam -expuesto por Bush, Blair y Aznar- lo principal de las armas de destrucción masiva no era su supuesta existencia, sino su virtualidad, al seguir Saddam Hussein empecinado en dotarse de ellas.
Efectivamente, el porqué de la guerra era explicado en su momento –y sigue pudiendo explicarse así todavía- por la conjunción de dos factores:
1. La ambición de Saddam por tener unas armas que le podrían servir para mantener su poder interno y ampliar su influencia externa, en la zona y en contra del mundo occidental. Esa ambición, no puede olvidarse, le había llevado a no declarar nunca, tal y como le impusieron las Naciones Unidas en 1991, la dimensión y localización de su arsenal de armas químicas y de sus programas biológicos y nuclear; también le condujo a preferir el embargo y las sanciones durante 12 años antes que dejar que los inspectores de la ONU pudieran cumplir libremente con sus tareas; y le animó, finalmente, a expulsar en 1998 a los equipos de inspección y monitorización de UNSCOM, que habían estado presentes en Irak desde el 91. Hasta 1991 Saddam había dado reiteradas muestras de amar por encima de todas las cosas sus programas de armas de destrucción masiva. Y, desde la guerra del 91, se había mostrado decididamente partidario de la ocultación y la falta de cooperación con la ONU.
2. La creciente percepción de que el sistema de contención impuesto sobre Saddam tras su expulsión de Kuwait en 1991 se estaba resquebrajando aceleradamente: el régimen de sanciones era incumplido sistemáticamente, sobre todo por los vecinos de Irak, pero también por algunos europeos; las inspecciones habían dejado de operar tras la expulsión de los miembros de UNSCOM en 1998; y la disuasión militar, pura y dura, era cada día más costosa y frágil.
A todo eso se le vino a sumar el temor, avivado tras los atentados de 11 de septiembre de 2001, de que Saddam pudiera llegar a dejar en manos de grupos terroristas algún tipo de armamento de destrucción masiva. El escenario de un 11-S biológico dejaba los ataques de Al Qaeda a la altura de un juego de niños.
Era precisamente esta connivencia futura entre sistemas de destrucción masiva y terrorismo lo verdaderamente preocupante en el fondo. Pero hay que subrayar el carácter de amenaza futura. Sólo que lidiando con Saddam, ese futurible se consideró algo inexorable, salvo que se le obligara a abandonar sus proyectos.
El debate al que quieren ahora aferrarse los grupos políticos que se opusieron a la guerra gira sobre una única cuestión: dónde están las armas de Saddam. Pero saben que ésa es una pregunta falaz, porque hay que distinguir entre diversas familias y tipos de sistemas de armas.
En cuanto a las armas nucleares, las que plantean más problemas desde una perspectiva estratégica, ningún líder de la coalición internacional fue más allá de denunciar las intenciones de Saddam. Nunca nadie dijo que las tuviera, sino que había mantenido la capacidad científica y técnica de llegar a tenerlas, aunque sí advirtieron de que las conseguiría en cuestión de tiempo y, sobre todo, si se le levantaban las sanciones y los controles.
Sobre las biológicas, paradójicamente quien más habló fue la propia izquierda. Aquí en España el ex-vicepresidente de Gobierno y ex-ministro de Defensa de Felipe González, Narcís Serra, repitió en diversas ocasiones que él sabía que Saddam disponía de armas biológicas desde 1983, porque tenía conocimiento de que los propios americanos se las habían facilitado entonces, aunque ahora se diga que era imposible que las tuviera. La coalición anti-Saddam se manifestó, en realidad, tan cauta sobre los programas bacteriológicos iraquíes como sobre los nucleares o radiológicos. Se recordaba, eso sí, que según los propios inspectores de la ONU Saddam había sido capaz de fabricar antes de 1991 una cantidad respetable (miles de litros, de hecho) de diversos compuestos, incluido ántrax y que nunca había ofrecido una prueba fiable o concluyente de que se hubiera deshecho de ellos.
Tema distinto es el relativo al arsenal químico, es verdad. Se tenía constancia de la experiencia del ejército iraquí con armas químicas de todo tipo, empleadas de forma masiva contra la vecina Irán y contra la minoría kurda del propio Irak, así como de la falta de explicación a los inspectores de la ONU de miles de kilos de precursores capaces de ser utilizados en la producción rápida de agentes químicos. Todo ello, unido a las evidencias de elementos de guerra química (o NBQ) entre las unidades más relevantes de las fuerzas militares de Saddam, llevó a pensar que su arsenal en este terreno era importante y que podría, incluso, recurrir a él para defenderse. De hecho, entre los escenarios negros que pintaron los ideólogos socialistas antes de la guerra estaba el miedo a decenas de miles de bajas por las armas químicas de Saddam, en las que entonces también creían con fe ciega.
El problema de las armas químicas es que eran las más preocupantes en términos operativos para las fuerzas aliadas (recuérdese las imágenes de los soldados portando todos sus equipos de guerra NBQ en los primeros días de la guerra), pero siempre han sido juzgadas como las menos relevantes como causa para derrocar a Saddam. Las armas químicas podrían ser empleadas contra los desprotegidos soldados iraníes de los 80 o contra sus desvalidos ciudadanos, pero las que verdaderamente tienen impacto estratégico, las que son capaces de modificar la relación de fuerzas en la zona y en el mundo, son las biológicas y las nucleares. Y de éstas sólo podrán encontrarse desarrollos, que es lo que siempre se denunció. La amenaza de Saddam era una amenaza creciente con el paso del tiempo. Dejado libre de constreñimientos, Saddam se volvería inmanejable y un peligro mayor.
Por eso, concentrarse ahora solamente en la falta de aparición de las armas es querer jugar al engaño, no denunciar una mentira por parte de los gobiernos. Se están tergiversando los hechos no en aras de una supuesta verdad sino para mantener abierta una línea de crítica y ataque contra el Gobierno. Cuando los programas acaben por desenterrarse – y para eso falta que los científicos y técnicos dejen de pensar y temer que Saddam pueda volver a gobernar en Irak- habrá que ver qué es lo que los dirigentes del PSOE dicen entonces. Es más, si tan convencidos estaban de que todo respondía a un montaje, ¿por qué el señor Zapatero calló en el Congreso tras haber oído los informes de Blix, que ahora cita como fuente inexcusable para acusar a José María Aznar?
Nadie puede afirmar con rotundidad en estos momentos dónde están las armas, qué ha pasado con ellas y cuáles eran los desarrollos de los programas prohibidos para Irak. Pero quien ponga en duda que la creencia generalizada antes de la guerra era que Saddam contaba con ellas, no es que tenga la memoria corta, es que está directa y llanamente engañando.