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El Líbano: la única estrategia de salida
Colaboraciones nº 1151   |  21 de Agosto de 2006
 
Hay una crisis y hay una oportunidad. En mitad de los aspavientos generales a causa de la aparentemente incesante escalada de la lucha Israel-Hezbolá, todo el mundo pregunta: ¿dónde acabará?
 
La respuesta, prístinamente clara, empieza por comprender que esta crisis representa una oportunidad poco frecuente y quizá irreproducible.
 
Toda parte relevante en la región y en el mundo, a excepción de los islamistas radicales de Teherán y sus filiales de Damasco, quiere a Hezbolá desarmado y retirado del sur del Líbano, de modo que ya no sea capaz de desestabilizar la paz tanto en el Líbano como en Oriente Medio en general.
 
¿Qué partes? Empiece por las grandes potencias. En septiembre del 2004 aprobaban la resolución 1559 del Consejo de Seguridad de la ONU, exigiendo que Hezbolá se desarme y permita tomar el control del sur del Líbano al ejército libanés.
 
La resolución disfrutó del patrocinio de Estados Unidos y, sí, Francia. En calidad de ex potencia colonial en el Líbano, Francia fue importante a la hora de ayudar a los libaneses a expulsar a Siria durante la pasada Revolución de los Cedros, pero entiende que la independencia y la seguridad del Líbano están en el aire mientras Hezbolá -- una milicia ilegal, terrorista y privada que responde ante Siria e Irán -- ocupe el sur de Líbano como mini-estado criminal.
 
Después están los árabes, empezando por los libaneses, que quieren fuera a Hezbolá. La mayoría de los libaneses -- cristianos, drusos, musulmanes sunníes y seculares -- acusan amargamente el secuestro de su país por parte de Hezbolá y su transformación en zona de guerra. ¿Y en el nombre de qué interés libanés? Israel abandonó cada pulgada del Líbano hace seis años.
 
Los restantes árabes también han hablado. En un sorprendente suceso, los 22 miembros de la Liga Árabe criticaban a Hezbolá por provocar la presente crisis. En el caso de la Liga Árabe, criticar a cualquier parte árabe mientras está implicada activamente en hostilidades contra Israel carece de precedentes. Pero los estados árabes saben que Hezbolá, una milicia chi'í al servicio del Irán persa, no solamente es una amenaza para el Líbano, sino también para ellos. Egipto, Jordania o Arabia Saudí han criticado abiertamente a Hezbolá por iniciar una guerra según lo que esencialmente es la agenda de Irán (distraer la atención de la remisión pendiente de Irán al Consejo de Seguridad para sanciones a causa de su programa nuclear). Están mucho más preocupados por Irán y sus filiales que por Israel. Por tanto están ansiosos por ver a Hezbolá desarmado y sin poder.
 
Bien. Todo el mundo está de acuerdo en que tiene que hacerse. ¿Pero quién lo hace? Nadie. Los libaneses son demasiado débiles. Los europeos no invaden a nadie. Tras sus amargas experiencias de hace veinte años, Estados Unidos tiene alergia al Líbano. E Israel no podría actuar de la nada porque inmediatamente sería etiquetado como agresor y obligado a retirarse.
 
De ahí la oportunidad de oro sin precedentes. Hezbolá comete un error fatal. Cruza la frontera internacional trazada por la ONU para atacar a Israel, matar soldados y tomar rehenes. Esta agresión es tan desnuda que incluso Rusia se une al comunicado del G8 culpando a Hezbolá de la violencia y pidiendo la restauración de la soberanía libanesa en el sur.
 
Pero solamente un país tiene capacidad para hacerlo. Es Israel, hoy reconocido por el mundo como forzado a esta lucha por la agresión de Hezbolá.
 
El camino a una solución es por tanto claro: Israel libera el sur del Líbano y respalda a los libaneses.
 
Empieza por preparar el terreno con fuerza aérea, igual que la Guerra del Golfo empezó con una campaña aérea de 40 días. Pero si todo lo que sucede es la campaña aérea, el resultado será el fracaso. Hezbolá seguirá en su sitio, Israel permanecerá bajo fuego y el Líbano permanecerá dividido y sin libertad. Y esta guerra comenzará de nuevo en el momento que Irán y Hezbolá prefieran.
 
Igual que en Kuwait en 1991, lo que debe seguir a la campaña aérea es una invasión por tierra para limpiar el terreno y expulsar al ocupante. Israel tiene que retomar el sur del Líbano y expulsar a Hezbolá. A continuación declara lo obvio: que no tiene interés en territorio libanés y que está dispuesto a entregar el sur de Líbano al ejército libanés (hinchado quizá por una fuerza internacional), finalizando por fin lo que ha exigido el mundo -- implementación de la resolución 1559 y restitución a la soberanía libanesa del sur del Líbano.
 
Sólo quedan dos cuestiones: la voluntad de Israel y el sentido común de América. ¿Tiene el Primer Ministro Ehud Olmert la valentía para hacer lo que obviamente es tan necesario? ¿Y forzará el inminente viaje de la Secretario de Estado Condolizza Rice a Oriente Medio un alto el fuego prematuro que le ahorre la humillación de volver a casa con las manos vacías, pero que evitará precisamente el tipo de resultado militar decisivo que garantizaría los intereses de Israel, el Líbano, Occidente, y los estados árabes moderados?

 
 
Charles Krauthammer estudió Ciencias Políticas y Economía en la Universidad de Oxford y medicina en Harvard, es ganador del Premio Pulitzer de 1987, escribe una columna sindicada para el Washington Post Writers Group que se publica en más de 150 periódicos.
 


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