Es un hecho indiscutible que la relación estratégica entre los Estados Unidos de América y España ha cambiado cualitativamente a mejor en los últimos años. En gran medida gracias al buen entendimiento entre el presidente Bush y el presidente Aznar. Pero más allá de la cercanía personal que ambos líderes puedan sentir mutuamente, también es cierto que ambos comparten valores e intereses que permiten pensar que la relación entre las dos naciones trasciende lo meramente personal, por muy importante que ésto sea. Así y todo, en el año 2004 se producirán dos acontecimientos que afectarán –o pueden afectar según se desarrollen- profundamente el actual entendimiento entre Washington y Madrid. Esos dos acontecimientos son, obviamente, la sucesión del Aznar y las elecciones de marzo de 2004 aquí en España; y, en segundo lugar, las elecciones presidenciales norteamericanas de noviembre del próximo año.
El entendimiento que caracteriza esta etapa de relaciones bilaterales se ha construido, en el lado español, sobre la voluntad explícita del presidente Aznar de reconocer la hegemonía americana y lo positivo de ésta para la paz y seguridad en el mundo, particularmente en todo lo referente a la lucha contra el terrorismo internacional y su derivación al que nos es más próximo; pero también por una cierta sensibilidad americana hacia el liderazgo del presidente Aznar y el papel que nuestro país ha jugado y puede jugar en asuntos de máximo interés para América, desde la mencionada guerra contra el terror a las relaciones transatlánticas y la construcción europea o la estabilidad institucional en Latinoamérica..
En ese sentido, que continúe profundizándose la cooperación bilateral actual depende de factores de continuidad en ambos lados del Atlántico. Para empezar, en el Gobierno español, su nuevo presidente debe asumir la línea pro atlántica definida por José María Aznar y primar, sobre toda las cosas, la relación bilateral con Washington. Y esto depende, a su vez de dos factores clave: el primero, la personalidad del sucesor de Aznar frente al Partido Popular, donde todavía los potenciales candidatos presentan un amplio abanico de matices y opciones, según se ha podido observar durante la crisis de Irak; el segundo, el resultado de las urnas en marzo del año que viene. Si el PP sigue gozando de la mayoría del electorado –como apuntan las encuestas- la continuidad será más fácil que si se llegara a producir una alternancia en el poder y el PSOE accediera al gobierno. Particularmente un PSOE que se ha ido progresivamente radicalizando en torno al eje de Irak y se ha manifestado crítico y opuesto a la política del presidente Bush. Es verdad que cuando se llega al poder se produce un proceso de ajuste a la realidad (que el PSOE ya experimentó en su día con el tema de la OTAN), pero aún así, esa adaptación lleva su tiempo, tiempo crítico en el que se puede perder fácilmente el favor de Washington.
Por su parte, en Estados Unidos también tienen que concurrir unas circunstancias de continuidad política a fin de mantener el mismo grado de comunicación y, sobre todo, de confianza como la que hoy existe con el gobierno español. La primera de ellas es la victoria electoral del Presidente Bush de tal forma que revalide su puesto para un segundo mandato. Ese hecho ya de por sí permite pensar en la continuidad de su línea hacia nuestro país; pero más importante aún es que tras esa victoria de Bush se consoliden en torno a la Casa Blanca y los puestos de influencia de la Administración americana los llamados “neoconservadores” desplazando así, definitivamente, a los realistas y aislacionistas del partido republicano.
Efectivamente, los aislacionistas se ven en un país, superpotencia, cuyo destino es autoprotegerse de un mundo turbulento a través de una política de distanciamiento y retraimiento o abandono, puesto que creen que gran parte del odio antiamericano está relacionado con la continua visibilidad y presencia de Estados Unidos en zonas calientes del planeta. Para ellos, no hay amigos importantes y, por lo tanto, España pasaría automáticamente a un lugar muy relegado en sus preocupaciones y prioridades. Como, dicho sea de paso, todos los demás aliados. Su auge en la nueva administración –que podría llegar a producirse si la situación en Irak no deja de empeorar- no favorecería en nada a los intereses globales españoles.
Por su parte, la tendencia más apegada a las tesis realistas tradicionales – a las cuales, dicho sea de paso se adscribía el equipo de Bush durante los primeros meses de su mandato y antes del 11-S- entiende las alianzas de una manera circunstancial y define los intereses de los Estados Unidos de una manera muy estrecha o limitativa. Eso hace que, desde una indiscutible posición de hegemonía mundial, los aliados lo sean en función de sus intereses y que varíen en su importancia según la propia evolución de los mismos. Un poco como la descripción de Lord Palmerston acerca de los intereses del Imperio británico, según el cual Inglaterra no tenía ni amigos ni enemigos permanentes, sino sólo intereses. Los realistas apreciarían a España en la medida que contribuyese a la consecución de sus objetivos e intereses, como por ejemplo, la guerra contra el terrorismo, pero no gozaría de una comunión de valores indiscutida, factor que hoy prima. España sería juzgada no tanto por lo que es y representa, sino por su contribución práctica. En la medida en que nuestro país dispone de pocos valores estratégicos de interés para los Estados Unidos, nuestro status se vería disminuido o puesto en entredicho continuamente. Algo que tampoco interesa a España.
Por eso, y a pesar de lo denostados que están en el terreno mediático, quien mejor puede llevar adelante la relación bilateral desde América son los neoconservadores. En primer lugar, porque representan una visión de compromiso activo y de largo alcance con los problemas del mundo; en segundo lugar porque valoran enormemente la relación con aquellos a los que consideran “amigos” y entienden por amigos a los países “like-minded”, es decir, a las naciones que comparten valores y visiones frente a los problemas del mundo en línea con sus diagnósticos y proposiciones. Y de entre estos, se encuentran más unidos con aquellos que, además, también en lo doméstico presentan una sensibilidad política en línea. Eso explica, entre otras cosas, por qué Aznar tiene una audiencia mejor que la de Tony Blair en la Casa Blanca. Y eso explicaría a su vez por qué un líder español del PSOE nunca podría alcanzar el grado de confianza que hoy disfruta el presidente Aznar.
En suma, el futuro de la relación bilateral depende en estos momentos de factores políticos que sólo se podrán despejar en los próximos meses. Pero sí parece claro que para los españoles y los intereses de España en un mundo unipolar cuya potencia hegemónica son los Estados Unidos lo mejor es la continuidad de la actual línea política en Madrid y en Washington y que, por tanto, cuanto más haga se haga para favorecer esa continuidad tanto en el gobierno español como en el norteamericano, mejor.