Mucho se ha dicho y escrito en los últimos meses sobre la fractura entre Europa y Estados Unidos con motivo, sobre todo aunque no exclusivamente, de la crisis y guerra para derrocar a Saddam Hussein. En las últimas semanas se han sucedido las declaraciones de personalidades relevantes y conocidos analistas de uno y otro lado del Atlántico a favor de restañar las heridas recientes, impedir un mayor deterioro de las relaciones transatlánticas y favorecer un clima de mejor entendimiento mutuo. Nada reprochable hay en ello. Sin embargo, para poder mejorar el diálogo transatlántico es imprescindible recomponer previamente las relaciones entre los propios europeos, aún más divididos si cabe a causa de las enfrentadas posturas durante la guerra en Irak.
Ahora bien, lo primero que se debe tener en cuenta es que la división de los europeos, casi en dos bloques perfectos, tiene menos que ver con la guerra contra Saddam que con la naturaleza y el tipo de relaciones que cada uno quiere para Europa con Washington. La línea francesa claramente definida por una política antihegemonista y tendente a limitar, si no obstaculizar la capacidad de acción norteamericana; y la línea tradicionalmente “anglosajona” aunque liderada esta vez por España y el Presidente Aznar, mucho más proclive a la alineación estratégica con los Estados Unidos.
Las declaraciones para un renovado entendimiento transatlántico no abordan explícitamente esta división intraeuropea, posiblemente porque sus signatarios piensen que el tiempo se encargará de cerrar las heridas en este lado del Atlántico y porque crean que el mismo proceso de acercamiento a Washington sea ya, de por sí, una buena terapia para reconducir las relaciones en el seno de la UE. Sin embargo, es posible plantear seria dudas al respecto.
En primer lugar, porque lo que se ha perdido en gran medida durante estos últimos meses es la autoridad y legitimidad de la locomotora franco-alemana como impulsor del proceso político de construcción de Europa. Incluso los más cercanos a las tesis galas reconocen que el eje franco-alemán es imprescindible para el futuro de Europa, pero ya no suficiente.
No obstante, si dicho eje sigue siendo imprescindible se debe a la ausencia de un polo alternativo en Europa. Italia es un país con una imagen exterior débil y de escasa fiabilidad; el Reino Unido, particularmente tras su rechazo temporal al euro, continúa ocupando una posición influyente pero excéntrica; España no cuenta con la potencia y el peso necesario; y los centroeuropeos son débiles tomados de uno en uno y carecen de una tradición política y diplomática que les permita ejercer un cierto liderazgo en Europa. El eje franco-alemán se beneficia del vacío de alternativas creíbles y estables.
A pesar de esto último, el influjo de París no es suficiente hoy por hoy. Las veleidades de constituir un eje global París-Moscú-Beijing, o la incapacidad de generar un núcleo duro en temas de defensa, más allá de la asociación con Luxemburgo, Bélgica y Alemania, dan buena prueba de ello.
Para recomponer Europa se abren dos posibilidades, una incorrecta y otra más apropiada. La incorrecta, intentar dar cierta legitimidad al papel de Francia en el futuro de Europa aunque sea de una manera oblicua e indirecta. Por ejemplo, el Reino Unido puede sentirse tentado ahora, tras el revés experimentado en la política de Blair hacia su integración en el euro, de volver a activar los compromisos bilaterales en materia de seguridad y defensa con Paris, adormecidos en la práctica en el último periodo. El eje Londres-París se constituiría como el núcleo realmente duro sobre el falso núcleo constituido en Bruselas el pasado 29 de abril entre Alemania, Bélgica, Luxemburgo y Francia y cuya fuerza reside básicamente en ésta última.
Hay quien quiere presentar esta opción como una salida pragmática a la presente crisis, puesto que volvería a sumar los esfuerzos defensivos de las dos principales potencias militares del Continente, hecho que serviría para aglutinar al resto de europeos tras de sí. Sin embargo, el peligro de que esa posible cooperación reforzada aliene a los centroeuropeos y excluya a España no sólo la vuelve poco atractiva, sino que la hace altamente inestable.
La segunda posibilidad va en la dirección de aceptar política y públicamente que Europa es algo tan rico en percepciones, voluntades y capacidades, que debe construirse sobre múltiples capas y niveles y que de éstos, la política común de seguridad y defensa es el menos urgente de acometer.
Europa necesita vital y urgentemente una política común para la seguridad de su territorio, aguas jurisdiccionales y fronteras, eso que los americanos llaman la “homeland security” porque, por desgracia, nadie puede asegurar hoy que los europeos nos encontramos a salvo de un ataque terrorista de efectos catastróficos. Desgraciadamente, la PESD no aborda estas misiones.
Es más, la PESD aspira a poner en marcha un instrumento militar para el desarrollo de misiones de paz y estabilización, algo sobre lo que no hay excesivo disenso entre los miembros de la UE, pero no aborda una situación de combate como la efectuada en Irak. En caso de un conflicto de esa naturaleza, los europeos o bien miran a la OTAN o, sobre todo, hacia Washington. Y lo hacen, como no puede ser de otra manera, directa y bilateralmente.
Admitiendo que cada cual es libre de perseguir las alianza y coaliciones que considere imprescindibles para su seguridad nacional, lo mejor sería, por tanto, sacudirle de encima a la PESD la carga política y simbólica con la que nació, reconocer la limitación de sus ambiciones y capacidades y dejar que Europa se construya sobre lo que la caracteriza, el terreno económico y el softpower, no sobre el sueño de una fuerza militar que colectivamente no tiene. Aunque sus miembros sí, Europa hoy no necesita del componente militar para existir.