Mucho está en juego en la guerra de Israel-Hezbolá. Ningún bando lucha exclusivamente por sí mismo. Ambos arrastran una larga cola. Si Israel logra sus objetivos no sólo vuelve a despejar su futuro por un puñado de años sino que le asesta un duro golpe a la causa del islamismo expansivo y violento y contribuye a mejorar la situación en todo el Oriente Medio. Si gana Hezbolá todo lo contrario es cierto. Por ahora el tanteo militar es, sólo probablemente, favorable a Israel. El mediático y propagandístico va inclinándose abiertamente hacia la organización islamista. La tragedia de Qana ha sido un filón de oro para ellos. Washington ha sentido la presión y se la ha trasladado a Jerusalém.
El objeto de Israel no ha sido nunca eliminar por completo al enemigo que desea borrarlo del mapa. Sabe que eso no es posible. Hezbolá es muchas cosas pero también una organización política enraizada entre los chiíes libaneses. Hasta dónde llegan sus raíces es difícil decirlo porque la coacción juega un papel en su voto y no todo el apoyo que recibe es ajeno al miedo. Si la reacción antiisraelí aumenta y consolida las adhesiones entre sus correligionarios o libera una mayor cantidad de voto cautivo es imposible saberlo. Cada posibilidad cuenta en las definiciones de victoria o derrota.
Israel busca devastar la infraestructura militar y gran parte de la política de la organización enemiga y desplazarla por completo de una franja de menos de treinta kilómetros entre la frontera y el río Litani, cerca de Tiro. De manera más inmediata y específica, acabar con el arsenal de misiles que baten el norte de Israel y con la densa red de fortificaciones subterráneas en las que se refugian los luchadores chiíes. De momento los cohetes siguen disparando y las incursiones terrestres de los judíos se han encontrado con una tenaz resistencia.
A partir de un punto quizás ya rebasado el tiempo trabaja en contra de Israel. Ha sabido ganar brillantemente todas sus guerras pero su modus operandi ha estado íntimamente asociado con la rapidez. Esta guerra es distinta no sólo porque no combate naciones sino fuerzas irregulares más poderosas que las del estado que parasitan, y mucho más motivadas, sino también porque ha elegido una estrategia diferente, que rompe con sus tradiciones. También es distinta porque la reacción internacional le ha sido inicialmente mucho más favorable, al menos entre los responsables políticos. Pero las imágenes de los horrores de la guerra van corroyendo esa actitud. No importa que en otros sitios las cosas puedan ser mucho peores: el consabido pero ya rutinario Irak, el ignoto y despreciado Darfur, el tantos años terriblemente silenciado Congo. Ojos que no ven, corazón que no siente, conciencia que no se inquieta. Y toda imagen anti-israelí también lleva carga antiamericana, lo que es un apreciable valor añadido para los muchos Zapateros que pueblan los medios de comunicación.
No sólo el deterioro en la opinión pública internacional y la presión que ejerce sobre sus gobiernos pesa sobre el tempo militar israelí. La velocidad de su método bélico tradicional viene también condicionada por el gravoso coste que supone para la economía del país una campaña larga y una movilización prolongada. Por eso resulta desconcertante que las fuerzas terrestres judías no hayan entrado todavía en masa a limpiar el terreno que quisieran ver despejado. No sabemos la cuantía del daño infl igido por la campaña aérea, si ha dejado la infraestructura organizativa enemiga hecha trizas, necesitando muchos años para recuperarse, pero lo cierto es que la vanguardia sigue aparentemente impertérrita disparando su dosis diaria de un centenar de misiles contra la población, no contra objetivos militares, y atrincherada en sus bien pertrechados escondrijos.
En los primeros momentos hubo analistas simpatizantes con el estado judío que consideraron un error ir a por las milicias de Hezbolá y no a por Damasco. Mucho más oscuramente se barrunta ahora en el interior del establishment militar israelí un debate sobre la estrategia elegida, la utilizada por los americanos en los últimos 15 años, con muchos más medios y sin tanta presión diplomática. Por primera vez en su historia Israel tiene un jefe de estado mayor que es un general del aire. Es bien sabida la firme creencia que comparten la práctica totalidad de los oficiales de esa arma en todo el mundo sobre el carácter absolutamente decisivo de sus aviones en la guerra moderna. Llevan defendiéndolo casi desde que se empezaron a utilizar en combate. Sólo en Kosovo resultó cierto y está por demostrar que sea prueba suficiente. No era esencial para la supervivencia de Milosevic y menos de Serbia.
Líbano puede evidenciar lo contrario. Mientras el debate se aclara, el callejón sin salida del juego diplomático está dejando de ser suficiente para proporcionarle a Israel el tiempo que necesita, por aire o tierra. En las mil y una declaraciones que suponen que con buenas palabras todo se arregla, el hueso duro de roer es que no hay solución imaginable sin fuerzas de interposición de verdad. Pero eso no importa a los que no buscan una solución o la buscan al revés.